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Pequeñas infamias

Víctimas de su propia crueldad

Carmen Posadas

Carmen Posadas

Por lo visto, Vladímir Putin está pensando cambiar el nombre de la ciudad de Volgogrado por «el más glorioso con el que figura en la historia de nuestra sagrada nación: Stalingrado». Así lo dejó entrever con motivo del 80.º aniversario de la crudelísima batalla homónima en la que los rusos vencieron a los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Desde que llegó al poder con la secreta (o no tan secreta) intención de reconstruir la Unión Soviética, la admiración de Putin por José Stalin no ha hecho más que crecer. Por eso, después de pasar por unos años de olvido (sobre todo durante la perestroika y más tarde con Borís Yeltsin), ahora y gracias a tan insigne valedor en Rusia vuelven a erigirle estatuas, a cantar sus glorias y a correr un (es)tupido velo sobre sus muchos desmanes y crímenes.

Desde que llegó al poder para reconstruir la Unión Soviética, la admiración de Putin por Stalin no ha hecho más que crecer

Es tal la admiración de Putin por Stalin que posiblemente no se dé cuenta de que su afán de emulación le puede jugar una mala ... pasada: acabar siendo, como él, víctima de su propia paranoia, también de su infinita crueldad. En ese sentido, el caso de Stalin es paradigmático de lo que algunos llaman 'justicia poética'. Tras sembrar el terror y poner en marcha depuraciones que acabaron incluso con sus propios compañeros de partido (en la Gran Purga de 1936 a 1938 perecieron casi todos los bolcheviques que tuvieron una función importante en el gobierno de Lenin, y de los seis miembros del politburó solo él sobrevivió), el pavor se apoderó de todos sus allegados, incluida su propia familia. No es de extrañar. A Stalin no le tembló el pulso a la hora de condenar a muerte a amigos íntimos, parientes muy cercanos, así como a los médicos que lo atendían, a los que acusó de judíos y de traidores. Pero hete aquí que una madrugada, después de una trasnochada cargada de vodka, al quedarse solo en su dacha sufrió una hemorragia masiva que lo dejó paralizado, pero consciente. No podía mover un músculo y empezaron a correr las horas. Bien entrada la tarde sus ayudantes comenzaron a inquietarse, era muy extraño tanto silencio, pero ninguno se atrevía siquiera a llamar a la puerta. Cuentan que cerca de cuarenta y ocho horas estuvo allí tirado, agonizando sobre sus propios orines y excrementos sin que nadie abriera aquella puerta. Cuando por fin lo hicieron, los médicos no querían tocarlo (meses atrás había mandado fusilar a su galeno de cabecera). Su agonía se alargó durante días. Estaba paralizado de pies a cabeza, pero podía ver la cara de satisfacción de sus herederos políticos rodeando su cama. Tal fue su fin. Sucumbió víctima del mismo miedo reverencial que había generado.

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