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Pequeñas infamias

¡Viva Banksy!

Carmen Posadas

No soy gran fan de Banksy. En cambio, mi hermana Dolores dice que es un gran artista capaz de remover conciencias con solo una imagen, y seguramente así sea. Pero a mí me produce rechazo ese tipo de creador –sea pintor, escritor o músico– que, jugando al anonimato, se fabrica una reputación y luego, escondido tras ese manto de misterio, se dedica a hacer excentricidades. Banksy, por ejemplo, ha llegado a subastar una de sus obras por un millón y pico de euros, hacer que se autodestruya delante de todos los presentes y, un mes más tarde, revenderla, mutilada, por 21 millones… En fin, ese tipo de numeritos mediáticos que causan furor, ya saben.

Dicho esto, confesaré que a punto estoy de tragarme mis palabras, entonar el mea culpa y hacerme devota del tal Banksy quienquiera que sea. ¿La ... razón? Una noticia que acabo de leer, hace un par de días. Por lo visto, Banksy ha prohibido que los visitantes de la Galería de Arte Moderno de Glasgow (GoMA) que asistan a la exhibición de sus obras usen sus teléfonos móviles mientras están en la sala, para, según sus palabras, «permanecer en el momento». O, lo que es lo mismo, para que, en vez de tomar fotos, hacerse un selfi o un TikTok junto a uno de sus cuadros, hagan algo tan elemental como mirarlos. Como se ha hecho toda la vida, disfrutando de lo que se ve en ese momento y en directo.

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