EL BLOC DEL CARTERO
Campo
El campo nos da un toque de atención. No es el primero, ni mucho menos, pero la situación de algunos de quienes intentan vivir de ... él es tan desesperada que se han visto en la necesidad de alzar la voz hasta hacerse oír por una sociedad concebida y gestionada por y para urbanitas que casi han llegado a creerse que la comida brota en los lineales de los hipermercados. No es su problema que suba el SMI y salga de ese nivel de indigencia en el que algunos –que no lo cobran– postulan que habría que mantenerlo. El problema es que los márgenes de los gigantes se hagan una y otra vez apretando hasta la asfixia a los pequeños. Una inercia del tardocapitalismo que empuja a la España vacía y su sostén, el campo, al borde del despeñadero. Ahora que ya hay Gobierno, ahí tiene, para probarse, un bello desafío.
LA CARTA DE LA SEMANA
Entro en la oficina del Servicio Público de Empleo Estatal. Al cruzar la puerta, oigo cómo el guarda de seguridad le cuenta a un señor que han delegado en él una responsabilidad que no le corresponde y que haría con gusto si no lo tratasen tan mal… Cuenta también que el anterior guarda decía que, al jubilarse, aprovecharía para estar más con sus nietos, y que a la semana de cumplir los ansiados 65 años ha muerto de un infarto. Empezamos bien. Suspiro y me siento, cansado. He venido andando: pagar un tique de metro para tres paradas está fuera de mi alcance. Algo triste, ya que en tres meses cumpliré treinta años y desperdicio mi mejor edad en contratos precarios que no me alcanzan ni para pagar a medias un alquiler. Y eso que al haber hecho un grado universitario, un máster y una mención me las prometía felices. La cruda realidad me ha abierto los ojos de una bofetada. Llevo seis meses percibiendo el paro y ahora me lo van a reducir al setenta por ciento los seis siguientes. A eso he venido. A consultar mis alternativas: conseguir algo de lo mío se ha convertido en una ilusión inalcanzable. Entonces, un pitido. El B-55, mi turno.
Eneko Arellano, Bilbao (Vizcaya)
Por qué la he premiado… Por el retrato, en primera persona, de una realidad que no deja de interpelarnos.
Soluciones para no desaparecer
El hartazgo del campo se está expresando en las movilizaciones de agricultores y ganaderos. No les queda otra que hacerse oír a ver si las administraciones hacen algo. La mayoría son pequeños y medianos agricultores que quieren vivir dignamente de su trabajo. Se habla mucho de la España despoblada; los políticos hablan de arbitrar medidas y ayudas; todo es demagogia. Claro que se vacía, quién va a quedarse en los pueblos con la incertidumbre de si tendrán para comer. Se siembra, pero no se sabe si se recogerá. Y hay que hacer una fuerte inversión en maquinaria; los seguros son cada vez más caros y solo cubren a partir de un 20 por ciento de pérdidas; los abonos y el gasóleo también se encarecen; los jornales, igual; los precios son muy bajos en origen; los aranceles para la exportación, muy elevados; los vetos, como el ruso, impiden la salida del producto; las importaciones pactadas en Bruselas hunden los precios de aquí… ¿Quién puede afrontar un desfase de hasta el 700 por ciento entre el precio de producción y el de distribución? Los márgenes comerciales solo van a la distribución, no a la producción, por eso es más rentable no coger las naranjas u olivas. ¿Se imaginan qué sería de España si la agricultura y la ganadería desaparecieran? Tanto con el cambio climático y no se cuida el campo. Hasta la contundencia de las cargas policiales es mayor que contra los CDR. Pobres agricultores, siempre mirando al cielo, siempre con la incertidumbre, ninguneados por los políticos, vapuleados por exigir unos precios justos. Y si no hubiera sido por ellos, en la pasada borrasca Gloria muchos pueblos de Teruel y Zaragoza aún seguirían incomunicados. Es digna de elogio su solidaridad: despejaron calles y vías con sus tractores y sus palas.
Pilar Fraj Gascón, Luco de Jiloca (Teruel)
Coronavirus e 'informademia'
La OMS ha alertado de una «informademia» en torno al coronavirus y ha anunciado una campaña contra la desinformación. Abundan las noticias al respecto, no todas de fuentes fiables. Cuestiones sanitarias al margen, es cierto que las redes sociales son el principal foco de propagación del tema a nivel mundial. La vacuna no la conocemos; pero el antídoto sí: informarse con responsabilidad. No es adecuado creer todo lo que se oye, se cuenta y se comparte en la Red. Nos bombardean con informaciones que se hacen víricas sobre un riesgo inminente para la población. Sin embargo, la letalidad del coronavirus se mantendría en un 2,3 por ciento en el momento de declararse la emergencia mundial. Sin ir más lejos, las complicaciones de la gripe común en España generan al año más muertes; lo mismo pasa con los infartos. En un informe de la OMS se decía que cada 39 segundos muere en el mundo un menor por neumonía tratable. Sin olvidar las defunciones que provocan las enfermedades derivadas del hambre y la pobreza. El miedo, además de ser libre, es una de las emociones básicas en las personas y cumple una función eficaz para protegernos de los peligros. Pero cuidado: existen miedos propagados deliberadamente en la sociedad para ablandar a las personas y así controlarlas mejor.
Miren Bilbao Notario, Getxo (Vizcaya)
Eugenio
Eugenio B. es un sevillano que tiene el récord de donaciones de sangre en España. Desde los 18 hasta los 65 –máxima edad permitida– no ha fallado una sola vez. Ha conseguido lo máximo, 47 años seguidos con las máximas donaciones permitidas, cuatro al año: 188 veces, y otras 188 de donación de plasma sanguíneo; en total, 376 donaciones. Un récord insuperable que ojalá sea muchas veces igualado. Además, ha sido siempre un voluntario muy participativo en el centro de donantes de nuestra ciudad. En la última promoción en el CEU San Pablo de Bormujos, con sus 67 años, se puso a bailar, delante de los universitarios, disfrazado de gota de sangre, todo con tal de animar a los universitarios a donar sangre, a donar vida. Ejemplos como este nos animan a ser generosos, especialmente con aquello que nunca se podrá pagar porque el dinero es demasiado pequeño para un corazón tan grande.
Rafael de Mosteyrín Gordillo (Sevilla)
¿Por qué no nos cuentan (toda) la verdad?
Los coches eléctricos y la contaminación. El tsunami ecologista nos advierte, entre otros, de que los automóviles propulsados por motores de combustión son una de las principales causas de la reducción de la capa de ozono. Cierto. Los coches con motor eléctrico son el futuro. Cierto (a medias). ¿Cómo reciclar las baterías obsoletas de aquellos? ¿Nuevos cementerios de litio? Un sistema de recarga pseudouniversal necesitará millones de metros de cable de cobre. ¿Será el cobre más valioso que el oro? Para una recarga rápida se necesita una alta intensidad (amperios, no voltios) y, por tanto, cableado de unos cinco centímetros de diámetro. ¿Horadaremos calles, edificios, parkings para su instalación 'sin contaminar'? Pero los 'eléctricos' seguirán necesitados de neumáticos, frenos, que contaminan casi tanto como los residuos de la combustión. ¿Estamos guiados por unos personajes sin formación para sustituir el lobby de las petroleras por el de las eléctricas? Hay que estudiar más e investigar mucho más.
Emiliano Álvarez Alonso, Terrassa (Barcelona)
Detenerse a mirar
Ya es por todos sabido que vivimos rodeados de imágenes. Imágenes que se solapan frenéticamente en el televisor, en las redes sociales y en el bullicio del día a día. Incluso cuando miramos los escaparates solo echamos un vistazo rápido si no hay algo que nos atrape. Colores, música, parpadeos, destellos. Hoy he sido capaz de quedarme más de dos segundos mirando una foto. Realmente aún estoy pensando en ella y no he podido quitármela de la cabeza. Se trata de un cartel de una desaparecida, Regina. Pero lo que tengo dentro, lo que me ha llevado a escribir esto, tiene también nombre de varón, Virgilio, desaparecido ya desde finales de noviembre. Un cartel, un simple folio pegado a una columna, me ha hecho pararme y pensar. ¿Dónde está el verdadero valor de las imágenes? ¿Por qué hemos dejado de darles importancia? Sé que para muchos esos carteles de desaparecidos son una imagen más en su día a día, algo que ven reiteradamente en una marquesina de autobús. Por favor, volvamos a dar importancia a las imágenes que nos rodean. Quizá un segundo de más delante de esas imágenes de nuestro día a día cambie algo. Nos ayude a reflexionar, a ser más humanos, más empáticos. Nos ayude a que estas dos personas no sean 'solo una imagen más'. Detengámonos a mirar.
Elisa Rodríguez Brau, Magallón (Zaragoza)
El niño del Madelman
Aquel niño que fui, con un Madelman en la mano y una pelota en los pies, con recuerdos en color, nunca hubiera pensado que en el año 2020 vería lo que hoy veo de adulto. El Madelman actualmente sería sexista y discriminatorio –algún joven ya me lo ha indicado– y la pelota es hoy sustituida por dispositivos electrónicos colocados en las manos de preadolescentes y niños que apenas hablan, colocados, además, por padres y abuelos descerebrados, incapaces de educar –y de cocinar– que se sumergen en los nuevos tiempos sin valorar los perjuicios tantas veces anunciados. Por otro lado, en lugar de un mundo más racional y mejor, los doctos de las nuevas pedagogías permisivas del 'buenismo' que tanto daño han hecho nos quieren obligar a la plebe infiel a, por ejemplo, comprender a quienes nos atropellan por la acera con sus bicicletas y patinetes ecológicos; a dejar pasar antes a los telezombis; a no reprender a los ensuciadores de asientos o, en su defecto, a utilizar con ellos palabras no molestas; a usar un neolenguaje políticamente correcto para no ofender a colectivos y 'costillas', que empezó siendo una estrategia electoral y ahora es una dictadura desesperante; a ver cómo algunos extranjeros –estudiantes y no tanto– vienen a España a hacer lo que en sus países no pueden (fiesta y destrozos); nos quieren obligar a entender que las aceras deben estar llenas de defecaciones y orines de cánidos y homínidos, porque los tiempos cambian y hay que ser tolerante... Mi reino no es de este mundo. Me vuelvo a jugar con mis Madelman, los que mi madre no regaló a mi primo.
Alejandro Benítez Martín (Madrid)