EL BLOC DEL CARTERO
Infancias
Uno nace en un país desarrollado y en paz y puede hacer proyectos que tal vez sea capaz de cumplir. Uno nace en un país pobre y puede que ni siquiera sea capaz de proyectar nada. Uno nace en un país al que llega la guerra y da igual lo que en su día hubiera proyectado: le ponen un uniforme, le dan un arma, lo mandan al frente y, dándose mal el combate, lo que no es difícil, allí se queda. Esta última es la triste historia que nos trae la carta de la semana, de alguien que no hace tanto era niño en Ucrania. Pero no es la guerra, ni la pobreza, lo único que se lleva por delante las infancias de nuestros días. Otras se malogran en retos absurdos, con los que aumenta la viralidad y el valor bursátil de redes sociales irresponsables. Otras, en la soledad de carecer de verdaderos referentes. No hay fracaso más terrible.
Cartas de los lectores
Algo bueno
Nos lo contó la otra noche en la celebración de su cincuenta cumpleaños. Había estado de crucero por Venecia, Roma, Pisa... casi calcando nuestro viaje ... de estudios de COU, pero en barco, y no pudo evitar acordarse de Paquita, de Arregui y de Cebrián, la profesora de Arte, el de Geografía y el de Matemáticas, que nos llevaron hasta allí en autobús hace más de treinta años. Era imposible, dijo, visitar el Panteón de Agripa y no echar de menos aquellas explicaciones con las que nos enseñaron que había un mundo más allá de los libros que valía la pena explorar. Cogió el móvil y se lo contó en un mensaje al profesor con el que aún conserva el contacto y Pepe, ahora lo llama Pepe, le respondió casi al instante: «Creo que hicimos algo bueno con ese grupo». Todos asentimos y levantamos nuestra copa para brindar por ellos y por todos los que nos aportaron sus conocimientos y su buen hacer durante aquellos años maravillosos. Ahora, ellos están jubilados y nosotros somos los que damos clase a nuevos alumnos. Ojalá sirva esta carta para agradecerles todo lo bueno que hicieron por nosotros y hacerles sentir que su legado continúa.
Juan José Pérez Pérez. Rincón de Beniscornia (Murcia)
El pobre Archie
Como creyente que soy, he rezado por el pobre Archie, por sus padres y resto de su familia, y también por los científicos y jueces de quienes han dependido sus últimos días. Por quien no he orado, mea culpa, es por los desalmados y por los sinvergüenzas que permiten que alguien apueste la vida en una red social, jugando a ver quién hace más el burro (pobres asnos). Sobre todo si, como es el caso, se trata de un niño de doce años que, en los ratos libres que le dejen sus estudios, sus juegos al aire libre, su deporte y su descanso, lo que tendría que hacer es formarse leyendo La isla del tesoro, Las aventuras de Tom Sawyer o cualquiera de tantas otras obras maestras de literatura juvenil. Descanse en paz el pobre chaval.
José Luis Karag Machuca. Zaragoza
Niños tristes
Leo con pesar, pero no con sorpresa, el artículo titulado El suicidio antes de los doce años, firmado por Priscila Guilayn. Sin sorpresa porque llevo treinta años trabajando como profesor de secundaria con adolescentes y compruebo lo que en él se afirma cada año. Estoy de acuerdo con las cinco orientaciones que se dan a padres y adultos para ayudar a toda una generación de niños y niñas tan bien formada como debilitada. Ahora bien, para que estas orientaciones sean efectivas considero básico aclarar a esos niños y niñas algo capital relacionado con las identidades y los roles. Tienen que aprender (¿solo ellos?) que los amigos son algo más que nicks o avatares, que los padres son algo más que amigos, que los profesores son algo más que colegas o amigos de los padres y, sobre todo, que las familias son algo más que redes sociales. Que sepamos transmitir con claridad en qué consiste ese 'algo más' o, seguramente, ese 'mucho más' de naturaleza cualitativa, va a determinar la salud mental de toda una generación y, por lo tanto, su futuro y el nuestro.
Javier González. Oviedo
El ciudadano orquesta
Ante ustedes, el ciudadano orquesta. El ciudadano orquesta acude a una gasolinera y se sirve la gasolina. El ciudadano orquesta acude al banco y tramita en el cajero pagos y recibos, solicita on-line certificados y documentos de la Administración pública. El ciudadano orquesta llega a casa y selecciona en compartimentos sus residuos, para después bajar a la calle y distribuirlos en sus respectivos contenedores. Ese es el ciudadano orquesta. El ciudadano orquesta no es un intruso que realiza faenas asignadas a otros: es un ciudadano ejemplar. El ciudadano orquesta atina en dar bien la nota asignada, acata la melodía, el ritmo, pero para el ciudadano orquesta no hay nuevas melodías, nuevos ritmos: para el ciudadano orquesta siempre suena la misma partitura. Nadie toca para él nada nuevo. Aun así, al ciudadano orquesta parece no disgustarle el sonido. He aquí el ciudadano orquesta. Un ciudadano ejemplar. Veremos a ver cuando llegue el trombón, dónde carajo lo guarda, pues el trombón llegará. Veremos.
Francisco García Castro. Estepona (Málaga)
Luchadores del fuego
Con el paso de los días, las desgracias van quedando olvidadas, pues las batallas diarias imponen nuevas noticias de miserias, y los malos recuerdos se esfuman en el horizonte del tiempo. Atrás queda el recuerdo de un virus desconocido, que humilló nuestra soberbia y redujo el mundo a su justa medida. Pero, ahora que disfrutamos de un verano sin restricciones, aparece un viejo enemigo: el fuego, capaz de transformar un monte lustroso de vegetación en un terreno yermo en poco tiempo. Inmisericorde por naturaleza. Para prevenirlo, existen diecisiete métodos diferentes en nuestro país, y una única forma de lucha para conseguir su extinción una vez se ha propagado. La que realizan los brigadistas. Estos incansables luchadores del fuego, al igual que lo hicieron los sanitarios en su día, nos obsequian con su esfuerzo diario y sin descanso, a veces hasta la extenuación, para sofocar el exceso de gula de unas llamas voraces que no hacen distinción alguna entre aquello que reducen a ceniza tras su paso. A todos esos brigadistas les dedico un merecido aplauso como muestra de agradecimiento y admiración por el trabajo que realizan.
José Miguel Esparrell Rodríguez. Torre Pacheco (Murcia)
Cumplir sus sueños
En los primeros días de agosto, en mi pequeño pueblo había vuelto la alegría de las vacaciones. Al lado de mi casa, una numerosa familia reía, conversaba, hacía planes para el día. Algo más lejos, unos jóvenes años jugaban al fútbol. Después, irían a la piscina y, más tarde, de fiesta. De pronto, el WhatsApp me reclamó: escuché la voz de mi hija de acogida ucraniana, que con solo doce años y entre sollozos trataba de contarme que su primo Sasha, al que estaba muy unida, había muerto en el frente. Me invadió una gran tristeza e impotencia. Me parecía imposible que aquel adolescente que conocí en ese maravilloso país estuviera muerto. Tenía casi la edad de mi hija, era un buen chico lleno de vida e ilusiones. Pensé en la injusticia de la vida, en las circunstancias que colocan a los jóvenes en lugares diferentes, en la incapacidad de los dirigentes de hallar soluciones pacíficas. En esta Torre de Babel convendría tener más visión histórica y un conocimiento más profundo del pasado para evitar errores. Es una utopía, pero los jóvenes como Sasha, al margen de donde nacieran, deberían tener las mismas opciones de cumplir sus sueños.
Lola Subías Barrado. Salas Altas (Huesca)