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El bloc del cartero

Comisionistas

Lorenzo Silva

Coinciden dos de nuestros lectores en aludir a estos personajes que se han ganado en los últimos tiempos un lugar de excepción en la fauna patria. Como recuerda la primera, blasonar de patriota –o de estar con el pueblo– no solo no cambia nada, sino que se convierte en escarnio cuando la bandera en la muñeca –o el puño en alto– no son más que la pantalla para despistar al contribuyente y meterle con más ventaja y provecho la mano en la cartera. Y no deja de ser amargo, como dice el segundo, que los verdaderos defraudadores paguen tarde, mal y a medias por sus desmanes, cuando en cambio funcionan cual trituradora los mecanismos para pedir cuentas a ciudadanos sin malicia a los que tan solo les salieron mal las cosas o dejó de sonreírles la suerte. Se menoscaba así el ejemplo. Y se exaspera el agravio.

Mamá, quiero ser comisionista

En el aula de la facultad me frotaba las manos sin cesar: en vez de estudiar, me daba solo por planear. Esa niña en Babia ... era yo, y pensaba con toda la razón que hay dos clases de gente en esta sociedad: los jetas y los demás. Intentaba hacer amistad con lo más granado de la sociedad para luego dedicarme a negocios varios de pollo, mascarillas y demás. A la saca metía sin cesar lo ganado con tesón y con algo de suerte, si así se le llama a conocer a alguien para mediar. Mamá, quiero ser comisionista. ¡Oh, mamá, ser bróker sin parar! Con muchos contactos para lidiar. De 'gran empresaria' que se haga multimillonaria. Tener yates de lujo, cuentas en Suiza. Eso sí, en la muñeca una patria pulserita. Mamá, por favor, compréndeme: quiero ser comisionista.

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