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EL BLOC DEL CARTERO

Domingo

Lorenzo Silva

No se refieren estas líneas al día de la semana en que posiblemente serán leídas por la mayoría de quienes se tropiecen con ellas. Hablan de otro Domingo, de apellido Villar, que traía a nuestras vidas con sus letras, sus personajes y sus historias esa luz reconfortante que la jornada dominical tiene también para muchos. Se nos ha ido antes de tiempo, mucho antes de tiempo y con demasiados libros por escribir, dejándonos a sus lectores con muchas páginas por disfrutar. Aquí lo recuerda uno de esos lectores, también escritor, de cartas enviadas a esta revista a lo largo de los años y ahora de novelas, esa especie de carta larga que uno arroja al océano en busca de la conversación con un desconocido. En ese arte era Domingo Villar un maestro cumplido y discreto. Por eso no se fue, jamás se irá del todo.

Cartas de los lectores

Uno de los nuestros

La noticia llegó en dos partes, como dos derechazos que te noquean, dejándote la cabeza embotada por la tristeza y el caminar desorientado. Un lunes ... nos despertamos con la noticia de que estabas ingresado en estado muy grave en un hospital de Vigo; el miércoles siguiente, con la noticia de que habías fallecido. Entre medias, un día, un martes en el que se celebraba el Día de las Letras Gallegas. Un día de fiesta, un día en que tu tierra celebraba la memoria de un escritor casi caído en el olvido de la frágil memoria de los pueblos. No, Domingo Villar no podía irse ese día, no podía robarle la merecida atención a Florencio Delgado. Hasta en eso fuiste generoso. Supongo que, como le ocurre a todos los que te conocieron y trataron, todavía no lo he asimilado. Los días pasan y los recuerdos quedan, la última charla en un restaurante de Morella, la última foto, la última mesa de firmas de un festival que tuve el honor de compartir contigo. Te vas, te llevan en realidad, muy pronto. Ojalá allá en donde estés huela a mar, los cormoranes de la ría se acerquen a los barcos que pescan en la orilla y la niebla acaricie con delicadeza las rocas de la costa. Seguro que Carlos, el del Eligio, te esperaba con una taza de vino y unas xoubas rebozadas.

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