EL BLOC DEL CARTERO
Emoción
Vivir en un mundo inclinado al cinismo y entre personas que llevan a gala estar de vuelta de todo nos ha llevado a olvidar el ... lugar que en la vida ocupan –y a la vez crean– las emociones. La propia palabra se ha vuelto sospechosa, como si toda emoción, preventivamente, pecara de ñoña o sensiblera. Y, sin embargo, como apunta un lector y confirma la carta de la semana, es en los dominios de la emoción donde encontramos el asiento que nos permite asumir las pérdidas, sobreponernos a nuestras omisiones y nuestras carencias y hasta desafiar a la ausencia y la muerte de quienes nos importan. Cuando olvidemos y se olvide todo lo que hemos logrado –y malogrado– en otros ámbitos de la vida, quedará el rastro de las emociones que suscitamos y las que dejamos que nos embargaran. Y muy poco más.
LA CARTA DE LA SEMANA
Hola, mamá. Te escribo esta carta porque hace más de un año que no te veo, la última vez me fui sin despedirme y llevo esa espina clavada en el corazón y nunca podré quitármela; nunca porque ya no te acuerdas de mí. Cada día lloro recordando lo que has sido para mis hermanos y para mí y los 'regalos' que te está dando la vida en forma de enfermedades, primero un cáncer y ahora alzhéimer, cuando nunca has hecho daño a nadie, ni queriendo ni sin querer. No es justo. Como te decía, llevo más de un año sin verte también por culpa de este virus que nos ha cambiado la vida y el paso, pero por eso no dejo de quererte y recordarte, aunque tú ya no sepas quién soy o me confundas con uno de tus nietos cuando te llamo por teléfono. Bueno, mamá, no me quiero liar mucho; solo decirte lo que nunca te he dicho de viva voz: te quiero mucho y solo espero que no sufras en el final de tu vida, no te lo mereces.
Luis Ramón Castro Pérez. Zaragoza
Por qué la he premiado… Por mostrar, con su historia, cómo este año nos ha recordado lo que de veras importa.
Vivir sin compromiso
Desde la adolescencia empezamos a tener miedo al compromiso, una palabra demasiado fuerte para nuestro tiempo. Y muchos seguimos eludiendo el compromiso hasta la vejez, que ahora llamamos 'tercera edad'. Ese miedo casi neurótico tiene ya un nombre, FOMO (fear of missing out): miedo a elegir, como recordaba el otro día Carmen Posadas en su página. Ahora entendemos la libertad como una veleta sin fijeza que no se casa con nadie y así lleva una vida aburrida; porque la libertad humana está para gastarla y es condición necesaria para la madurez de la persona. Y aquí aparecen dos palabras malditas para muchos: 'madurez' y 'persona'. La madurez requiere dominio de sí, voluntad directiva, inteligencia despierta y emociones cultivadas. La persona resulta hoy difícil de precisar, aunque define a cada uno como ser humano irrepetible en su dignidad y responsabilidad. Y esto requiere esfuerzo, sinceridad y compromiso. En la pseudocultura del emoticono –recordaba Posadas–, todo son corazoncitos y besitos, sin saber a quién entregar de por vida el propio corazón.
Javier Ortigosa Lezáun. Correo electrónico
Palear
Durante tres años residí en Estados Unidos, en una región en la que la temperatura media en invierno es de –10 grados. Recuerdo que a finales de enero de 2019 una ola polar la desplomó hasta los –34 grados. Los que han sufrido esas temperaturas saben de sus peligros y posteriores consecuencias. Tras la histórica nevada, contacté con antiguos compañeros de nuestra etapa americana que hoy viven en Madrid. Me contaban cómo al amainar la nevada organizaron un grupo de vecinos para, antes de que el frío creara una capa de hielo indestructible que los dejara completamente aislados, despejar pala en mano la rampa de acceso al garaje comunitario. Su experiencia y la solidaridad de otros vecinos consiguieron evitar, sin duda, más de un quebradero de cabeza. Ante situaciones catastróficas solo necesitamos que alguien con experiencia y conocimiento nos explique la situación, las previsibles consecuencias y las medidas que se deben tomar. La responsabilidad y la voluntad de colaborar en el bien común deben hacer el resto.
María Paz Haro Gándara. Santander
Me emociona cada vez
Quiero agradecerles por publicar la carta del 23 de enero La mano de mi padre, de Eduardo Martín Goitia. Sé que quizá no puedan transmitirle esta gratitud o igual esta no es la vía apropiada, pero también perdí a mi padre hace tres años, y cuando se pierde un ser querido, piensas que tus sensaciones son únicas o que nadie entiende la magnitud de la pérdida y hasta reprimes tus sentimientos por no dar 'la nota', pero leer la carta de Eduardo me ha enseñado que sus emociones son las mismas que siento al recordar a mi padre. Una vez leí que uno vive mientras alguien se acuerda de ti. He leído cinco o seis veces la carta y me emociona cada vez que la leo. Muchas gracias por todo.
Óscar Alfredo Serrano Sánchez. Correo electrónico
Ha cruzado la raya
Como ciudadano español con familia americana, con una inmensa tristeza, escribo sobre el asalto al Capitolio de los partidarios de Donald Trump durante la sesión para aprobar a Joe Biden como nuevo presidente. Sentía una especie de shock, bochorno y vergüenza por el parecido de mi país con una república bananera. Trump ha dañado una de las democracias más consolidadas del mundo. Ha alentado a sus votantes a manifestarse en contra de los resultados claros y limpios de las elecciones de noviembre pasado y, como ha admitido Biden, esto ha bordeado la sedición. Donald Trump no es digno del puesto que ejerció, ya que incitó a sus partidarios a la violencia, utilizándolos como meros juguetes en su afán de seguir con la supremacía blanca y sus ansias narcisistas de poder. Ha cruzado la raya que representan la legalidad vigente y la decencia, y debería tener que pagar por sus delitos. Como últimamente se dice aquí con frecuencia, dura lex, sed lex.
Juan Pérez Losada. Madrid
Coherencia
¿Los universitarios no tenemos derecho a alzar la voz? Parece que no, que a nadie importa, que no existe un acuerdo para evitar hacernos ir en la tercera ola a hacer los exámenes presenciales. ¿Qué no les importa lo suficiente? Pues les voy a decir una cosa: no somos unos jóvenes a los que les dé igual su futuro, no somos unos vagos que creen que todo les va a caer del cielo. Lo que somos es personas dispuestas a vencer sus miedos y a tirar hacia delante, aunque no esté la cosa en el mejor momento. Estudiamos, creemos en nosotros, nos ayudamos a no decaer, porque no queremos entrar en la desmotivación absoluta a la que nos negamos a acostumbrarnos. Necesitamos apoyo y coherencia, alguien al que parezca que les importa nuestro hueco en el mundo. Aceptemos que vivimos en tiempos de pandemia, que no es fácil, pero no nos hagan meter en un aula con un mínimo de cientos de alumnos a hacer un examen con capas de ropa y de miedos. Miedo a que salga mal, miedo a estar en peligro, miedo a poner en riesgo a los demás y a nuestras familias. Háganlo por todos nosotros, háganlo por los sanitarios agotados o por las fuerzas de seguridad del Estado. Háganlo por la seguridad que creamos en marzo y que pueden echar por tierra. Por nuestro futuro, por el vuestro y por el de todo el país.
María Orús. Madrid
Nada es gratis en Internet
Dice el refrán español que «nadie da duros a cuatro pesetas», y es también aplicable a Internet. Acciones tan cotidianas como conectarse al correo electrónico, publicar una fotografía en una red social o consultar el tiempo no son gratuitas porque las pagamos con nuestros datos personales. Esta información –a primera vista poco relevante– es un tesoro para empresas y gobiernos, que la utilizan para promocionar sus productos comerciales o influir en las campañas electorales. Expertos en la materia calculan que este modelo de negocio mueve actualmente más de 700.000 millones de euros y va en aumento. Pero, además, existe un mercado negro de venta de datos en la deep web: la red oscura utilizada por todo tipo de delincuentes para evitar a la Policía. Se calcula que nuestra identificación personal vale medio dólar. Un negocio redondo para los ciberdelincuentes que obtienen grandes beneficios realizando actividades maliciosas a través de la suplantación de nuestra identidad. El Reglamento (UE) 2016/679 del Parlamento Europeo y el Consejo, y su transposición en España a través de la Ley Orgánica 3/2018, tratan de proteger los datos de Internet del usuario, pero su aplicación resulta muy complicada, especialmente en las plataformas gratuitas. Por eso, la legislación debería obligar ahora a los servicios de Internet a dar la opción de permitir al usuario decidir libremente si quiere intercambiar sus datos personales o rechazar las cookies, pues a través de ellas obtienen los perfiles de la gente. Hasta entonces debemos ser cuidadosos cuando naveguemos por la Red, porque nuestra información personal está a la venta. No olvidemos que nada es gratis en Internet.
Paula Santolaya del Burgo. Pamplona
Cristianofobia y arte
El Museo Reina Sofía ha inaugurado una exposición sobre el argentino León Ferrari. En la muestra se presentan varias obras que ofenden los sentimientos religiosos de cualquier católico: Cristo crucificado a la parrilla, el Juicio Final con excrementos de aves, imágenes de la Virgen María mezcladas con escenas de sexo explícito... Ya en 2014, el actual director del museo, Borja-Villel, organizó otra polémica exposición en la que se podía ver una caja de cerillas con el dibujo de una iglesia en llamas y una frase: «La única iglesia que ilumina es la que arde, ¡contribuya!». Valoraciones artísticas aparte, a mi entender, estas obras son una muestra de la creciente cristianofobia en nuestra sociedad. Desde esta postura, el director del Reina Sofía dice defender la libertad de creación cuando se trata de ofender a los católicos. No creo, en cambio, que se atreviera a algo semejante, por ejemplo, con musulmanes, judíos o el colectivo LGTBI.
Luis Somarriba. Santander