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El bloc del cartero

Invisibles

Lorenzo Silva

Están ahí, pero como si no estuvieran. Algunos pueden hacerse oír y, aunque sea a duras penas, consiguen que se les haga caso, como la señora de edad avanzada a la que quieren torear en la Administración y en el banco, pero que logra hacer valer sus derechos, empezando por el de no tener ordenador. Otros tienen pocas esperanzas, como ese chaval de trece años que ya está enganchado a las drogas y a quien sus educadores tratan a la desesperada de salvar, espoleando a una burocracia que no es lo bastante ágil para alcanzarlo. Y otros se quedaron sin esperanza, como ese hombre del que no pudo despedirse la compañera de su vida, cuando el virus corría desbocado por los cuidados intensivos, y a quien un médico recuerda hoy. Son ellos, los invisibles. Gracias a quienes escriben aquí, lo son un poco menos.

Cartas de los lectores

Nunca debimos permitirlo

Ocurrió hace unos dos años. De guardia de Anestesiología para la atención de pacientes críticos de COVID, informaba telefónicamente a una mujer sobre la situación ... de su familiar, en la UCI desde hacía varios días. Todo iba mal. Tras referirle lo mejor que pude los pormenores de la situación, yo esperaba sus preguntas, pero no hizo ninguna. «Dígale que le amo, doctor, que le amo muchísimo. No deje que se muera sin decírselo». Desconcertado, sin saber qué replicar, perdí el valor y mentí: «Tiene que ser fuerte, esperamos que pueda decírselo usted, haremos todo lo posible». Nada más colgar, comprendí mi error. No, yo no esperaba que ella pudiera volver a decirle palabras de amor. Nunca. Solo había una cosa que podía hacer. Me vestí con todo el equipo de protección y aguardé a que la enfermera se alejara un poco del paciente. Entonces me acerqué a él, me quité la careta de plexiglás y la mascarilla y susurré en su oído: «Ella le ama, le ama muchísimo». Eso fue todo. En la terrible locura colectiva de aquellos días no volví a tener nunca más aquel paciente a mi cargo. No sé si sucedió algún milagro. No recuerdo sus nombres. ¡Ni siquiera recuerdo sus nombres! Solo recuerdo la fuerza de aquellas palabras: «No deje que se muera sin decírselo». Sé que nadie escuchó mis palabras y que ella nunca sabrá que las dije. Cuánto lamento no haberme saltado las reglas, no haber permitido que aquel amor tuviera un último momento de expansión, de comunicación, de vida. Cuántas veces ese día pensé en llamarla, en pedirle que viniera a verle, en dejarla pasar a escondidas para que le hablara al oído, para que tomara su mano. Pero opté por dar ejemplo y no hacer excepciones. No me atreví a ser médico. Nunca debimos permitir algo así. No supimos hacerlo de otro modo.

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