El bloc del cartero
Heroísmos
Reflexiona una madre que atiende a su hijo, aquejado de una enfermedad rara, acerca de los heroísmos de nuestro tiempo, reducidos en buena medida a mercancía expendida en el escaparate de las redes sociales. Se pregunta hasta qué punto no hemos entronizado lo irrelevante, olvidando lo sustancial, lo admirable de veras, lo que resulta auténticamente inspirador. Y se hace otra pregunta, más incómoda: si nuestro deslumbramiento por el heroísmo de cartón piedra y nuestra mirada desde lejos a las que se publicitan como las grandes proezas de nuestros días no nos traen de paso la incapacidad de ver e identificar las causas y las necesidades que nos interpelan desde más cerca, y nos invitan si no a ser héroes, sí a honrar a los que de veras lo son y arrimarles el hombro, por si se nos pega algo. Ahí queda.
titulosecundario titular="Las cartas de los lectores
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La felicidad
Como madre de un hijo con una grave enfermedad rara, tu vida transcurre como en un mundo ... paralelo, desde donde observas como las pequeñas quejas de las personas por cosas banales te resultan hasta ofensivas; su poca empatía, su falta de tacto, su egocentrismo... todo te lleva a pensar qué clase de valores se están inculcando en una sociedad en la que se exalta a las personas que más dinero han ganado, a los más guapos y a los que más likes tienen en las redes. En la realidad en la que vivo, mi hijo es mi héroe, como en la de tantas personas que tienen una enfermedad rara. Son luchadores incansables: su coraje, su fuerza, sus lecciones de vida hacen que tus problemas resulten irrisorios y muestran que esos valores son los que tendríamos que inculcar. Tal vez un día seamos capaces de tener la empatía suficiente para no quejarnos tanto y arrimar más el hombro a personas que lo necesitan y que, muchas veces, están más cerca de lo que creemos, tal vez así podamos conocer el sentido de la felicidad.
Marivi Rivero Pedrero. Bilbao
Un semestre sin Marías
Cada semestre empezaba mi primera clase de Literatura Española narrando a mis alumnos la historia del Reino de Redonda y les daba a conocer, con admiración, al rey, a Javier Marías. El pasado septiembre empecé de modo muy distinto mis clases: narré, sí, la historia de Redonda, expliqué mi viaje en verano a ese mismo islote, un quijotesco acto de homenaje a tan singular monarquía, y les di la noticia de la muerte de su último monarca. Les conté que, tras pisar la isla de Redonda y dejar allí unos cuantos libros de Marías, observé el cielo y encontré cientos de gaviotas en el azul inmenso del Caribe. «En ese preciso instante intuí qué es la felicidad, qué es la buena literatura. Y se lo debo a Marías», les dije. Este 11 de marzo se cumplen seis meses de su muerte. Recordémoslo.
Javier Diéguez Suárez. Mollet del Vallés (Barcelona)
Bellaterra
Cuando ya doblo la que tal vez sea la última esquina de mi vida, miro atrás y recuerdo mi paso por la Universidad Autónoma de Barcelona. Tuve el honor de integrar la primera promoción y, pese a la represión del régimen, la atmósfera era muy democrática y liberal. Nunca podré agradecer todo lo que me ofreció esa brillante institución. Tuve unos profesores excepcionales que eran, además, inmensamente humanos. Era normal comer con ellos y debatir sobre cualquier tema. Siempre estaban disponibles. Las autoridades académicas, a su vez, se mostraban dialogantes y tolerantes. Se preocuparon, ante todo, de impulsar nuestro desarrollo humano y profesional. Les debo muchos favores. Algunos incluso inmerecidos… La deuda que contraje fue tan inmensa como impagable, y dejó en mí una huella indeleble: el deber de restituir a la sociedad parte de lo que ella nos había dado con tanta generosidad. Ese es el principal valor que ha guiado mi vida.
Salvador Martínez Ortiz. Lleida
Hábitos (ordinarios) de la vida urbana
Hay actos que pueden resultar más que irritables. Ordinarios. Y empiezan a establecerse y enraizarse como situaciones comunes de la vida urbana. Por ejemplo, ver que alguien pasea a su perro, en rituales cotidianos, pero resulta incapaz de levantar los restos fecales de su adorable mascota y continúa el recorrido como si nada. Pobres perros, no tienen la culpa del gesto de irrespeto comunitario de sus dueños. Y pobres de los transeúntes que nos atrevemos a protestar si somos testigos del hecho: siempre las reacciones son de desafío, agresión o cinismo. No es el único hábito que enerva en estos días. ¿Quién no ha ido a ver una película en las salas de cine, un verdadero placer tras la etapa del covid, y se ha topado en la butaca cercana con un espectador que enciende y apaga su celular luminoso una y otra vez para leer sus mensajes? Podríamos imaginar que con pedirle en voz baja a esa persona que detenga su proceder todo quedaría resuelto. No. De inmediato, nos convertimos en enemigos en la oscuridad. ¿Otro hábito igualmente deleznable en nuestra vida urbana, y este con signos de peligro? Los ciclistas en las banquetas: creen que también es una vía que les corresponde... ¿Cómo nos atrevemos a cruzarnos a su paso? Para qué detallar más estas humillaciones, no son las únicas, solo hay que encontrar estrategias que impidan que se conviertan en la normalidad. ¿A alguien se le ocurre una idea pragmática? Y bueno, con cierta benevolencia para estos infractores. Yo soy un neurótico, lo confieso... ¡no los tolero!
Norberto Bogard. La Sagrera (Barcelona)
Sin hablarnos
Son las ocho de la mañana de este frío jueves de febrero. Me desperezo poco a poco en la cama y, como siempre desde hace casi 40 años, encuentro el calor en el cuerpo de mi compañera de vida. Ella nota el mío. Toma mi brazo para que la rodee por la cintura, y entrelaza los dedos de su mano con los de la mía. Estamos así, diez, quince minutos. Sin hablarnos. Solo sintiéndonos el uno al otro. Justo antes de levantarme, acaricio su cara con mi nariz, y la beso en su mejilla y labios. Desconozco lo que ella pensará en esos momentos. Nunca nos lo hemos preguntado. Yo, nada. Solo siento. Pero si sé que, cuando por circunstancias no se produce este ritual nuestro matutino, mi ilusión por afrontar y disfrutar de un nuevo día es menor. El 26 de este mes de febrero se cumplirá nuestro 40 aniversario. Y no concibo mi vida sin ella.
Patxi Rojo. Bilbao
Por qué la he premiado… Por la invitación a reconocer lo que sostiene y perdura en tiempo de fugacidades.