El bloc del cartero
Humanidades
Son tantas las informaciones, las cuestiones y las querellas que reclaman hoy nuestra atención, a todas las horas del día y por tantos canales, que ... todo el mundo anda como pollo sin cabeza, escrutando miniaturas, más o menos extensas o significativas, y perdiendo de vista el sentido del cuadro general. Algo que se va cumpliendo por doquier, más allá de los litigios y controversias particulares, es el retroceso de lo humano y cuanto con ese dominio se relaciona, en beneficio de agentes invasivos como la tecnología y sus despliegues, el interés económico y sus dinámicas, o la disputa ideológica y su guerra de posiciones. Las personas, cuando no sobran, carecen de valor, y lo que aportan, si no es lo último, lo más potente, lo más deslumbrante, se descarta cada vez con más soltura. Allá nosotros.
LAS CARTAS DE LOS LECTORES
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Prioridad nacional
Cada mañana hablo con una madre nicaragüense, que tiene dos hijos. Uno de ellos, con un autismo muy marcado, no habla y necesita pañales. Vive sola con sueldo a media jornada cuidando a dos ancianos enfermos, pero no recibe ni la mitad del salario mínimo. Completa sus ganancias realquilando una habitación de su casa y limpia por las tardes, y así llega a 1200 euros mensuales «a los muchos», como ella misma dice. Admiro el coraje que esa mujer pone en el cuidado de su pequeño, al que viste y peina como un pincel. El autismo de mi hijo debe de ser una delicia para ella. Y en ese momento me vienen a la memoria las décimas de La vida es sueño en las que un sabio mísero ve cómo otro recogía como alegrías las penas que a aquel le aquejaban. Entiendo que cuando ese niño tenga los años de mi hijo necesitará como el mío una residencia, y no me gustaría que esa madre se perdiera en la impotencia de la desesperación de años sin respuesta. En este momento siento aquello de la prioridad nacional como un mazazo de egoísmo. Pienso en los recursos que se necesitan ante la regularización de migrantes, y no vale solo ser generoso de boquilla. Como siempre pintan bastos en recursos sociales, resulta fácil lanzar un envite de órdago a la grande con lo de la prioridad nacional: un as debajo de la manga, tal vez un señuelo en la partida electoral, que palidece ante la verdad de esa madre con un niño autista que cuida y limpia las casas de nuestros mayores. | Javier Fatás Cebollada. Zaragoza.
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Superprotección o supervivencia
Bullying... acoso escolar. Mareos, dolor de cabeza, temblor, autolesión, recreos, violencia ácida, ironía, redes sociales, provocación, temor, miedo, pavor, suicidio. Parte de lesiones... Centro de salud. Investigación policial. Diálogo. Educación. Hayque llegar a esto. Ahí quedó. | Sebastián Roldán Ordóñez. Córdoba.
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Cuánto hemos vivido
Está sentada en la cocina. Concentrada, escudriña sus ojos mientras lee las cada vez más diminutas letras de su libro. En un momento dado alza su vista y me pregunta sonriendo: «¿Te acuerdas de cuando la guerra? ¡Cuánto hemos vivido!». Hace ya tiempo que la memoria le falla. Mezcla historias y recuerdos, intercambia protagonistas y confunde algunas fechas. Sin embargo, aún hay cosas de las que sí se acuerda. Se acuerda de su marido, de sus hijos, de sus amigas. De su boda, de su viaje a Málaga y de su pueblo natal. Escuchándola, me pregunto de qué y de quiénes me acordaré yo si alguna vez llego a su edad. Mientras reflexiono sobre todo esto de camino hacia mi casa, pienso: «¡Qué razón tienes, abuela!, ¡cuánto hemos vivido!». | Alejandro del Castillo Beorlegui. Pamplona (Navarra).
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Quizá soy el último que te recuerda
La vida puede ser un regalo, o una oportunidad, o un castigo; o las tres circunstancias. En 1995 nos fuimos a vivir a la Ruzafa exterior, más allá de Peris y Valero, con la vía del tren como frontera. A tres calles del cuartel de Zapafores y junto a la huerta. Donde mi padre me llevaba, saltando acequias, a buscar setas de chopo y lombrices para pescar. Ocupamos el quinto izquierda de una finca de cinco plantas sin ascensor. Pegado a ella estaba el almacén de la lejía Los Tres Ramos. En el tercero derecha vivían Rosita, su hermana Fina, y sus padres: la señora Rosita y el señor Pepe. Rosita Molina trabajaba como secretaria de dirección en la lechera Nutricia de Valencia. Era «una mujer de bandera», como se decía entonces; alta, morena, nariz y pómulos perfectos, piernas esculturales, carnes bien puestas, risueña, con carácter, inteligente y autosuficiente. Los hombres se giraban y la piropeaban a su paso. Nunca se casó. Se compró un R5 rojo, uno de los primeros que hubo en Valencia. Su padre, taxista, había sido jugador del Valencia F.C. Cuando la conocí Rosita tenía 25 años, la edad de mi madre, y consentía que muchas tardes de verano, este niño, bajara a su casa a jugar, a mirar la plaza desde el balcón, a merendar, y luego hacer la siesta en una habitación fresca. Un día nos contó muy enfadada que, de camino al trabajo, la había abordado un hombre, le había dado un pellizco en un pecho y había salido corriendo. «¿Qué placer ha podido obtener el muy desgraciado?». A Rosita, en lo mejor de la vida, cuarenta y cinco años, se la llevó con prisa un ejército devastador de células malignas. Hace más cincuenta años que te echo de menos. Me temo que soy el último que te recuerda. Para mí no eras una rosa; eras un jardín de afecto, generosidad, respeto y alegría. Gracias por cuidarnos, por haberme aficionado a la leche condensada y al chocolate con cromos de Las Maravillas del Mundo. Gracias por llenar mi infancia de amor y sonrisas. No sé si estarás en algún lugar del universo, pero en mi corazón vivirás siempre. | Víctor Calvo Luna. Valencia.
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En el interés general
Últimamente se habla mucho de la vivienda. Desde la llegada de la democracia a estos lares nadie ha sido capaz de regular este asunto, todos hemos tratado de manipular las correspondientes leyes en beneficio propio, En primer lugar, las propias instituciones que son las que están obligadas a cumplir y a hacer cumplir las normas, utilizando los recursos adecuadamente; en segundo lugar, eso que vulgarmente se llama dinero, que sólo ha servido para llenar la cartera a unos pocos, sin importarles lo que podría suponer al resto de la sociedad; en tercer lugar, las diferente aplicación que se da a las leyes, tanto en el Estado como en las propias autonomías, ayuntamientos, etcétera. A quienes compete buscar la mejor solución, pónganse el mono de trabajo, déjense de diatribas, que confunden, a ustedes mismos y al resto de la sociedad, y busquen, a la mayor brevedad posible, la mejor solución. Gracias. «En el interés general». El artículo 47 de la Constitución Española significa que la gestión del suelo y la vivienda debe priorizar el beneficio colectivo frente al lucro privado, impidiendo la especulación. Esto obliga a los poderes públicos a regular el uso del suelo para garantizar el derecho a una vivienda digna. | Juan José Arrieta Villar.
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El campo que estamos dejando atrás
Un país que abandona su campo, su agricultura, pone en riesgo su propio futuro. Cada vez hay menos personas dispuestas a trabajar la tierra. No les atrae el campo por diversos motivos y tiran hacia otras profesiones. La agricultura exige esfuerzo, largas jornadas y una dependencia constante del clima, que en muchas ocasiones acaba con el esfuerzo de trabajar la tierra durante un periodo largo de tiempo. Después de años de estudio, muchos jóvenes buscan profesiones más estables, mejor pagadas, y menos sacrificadas, y el campo deja de ser una opción para ellos. Mientras tanto, las explotaciones agrícolas encuentran cada vez más dificultades para reunir mano de obra, y más aún, la cualificada. Muchas cosechas salen adelante gracias a trabajadores extranjeros cuyo esfuerzo resulta imprescindible. Pero esta situación también revela una realidad preocupante: nuestra propia sociedad se está alejando de la actividad que produce algo tan básico como los alimentos, teniendo que comprarlos en países lejanos, cuando aquí se pueden producir a menor coste, lo que revierte económicamente, en favor de la gente Al mismo tiempo, aumenta la entrada de productos agrícolas procedentes de otros países, que incluso no se someten a las normas sobre pesticidas que manda Europa, haciéndolos peligrosos para la salud, y nos acostumbramos poco a poco a depender del exterior. Quizá no le estamos dando la importancia que merece producir alimentos en nuestro país. Porque cuando un país deja de trabajar su tierra, la deja de secano, tarde o temprano termina dependiendo de otros incluso para algo tan simple como poder comer. | Cayetano Peláez del Rosal.
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LA CARTA DE LA SEMANA
¿Por qué la he elegido…? Porque hay ruinas que brillan más, y más perdurable-mente, que ciertas novedades.
Se hacía corto
Solo quiero volver atrás en el tiempo cuando paseo por las piscinas viejas de mi pueblo. Me vienen recuerdos nítidos al mirar las ruinas de las pistas de frontón y baloncesto, de las escaleras o del viejo bar. Se nos hacía tantas veces de noche que corríamos en las bicis para coger el bocadillo y seguir jugando en la calle. Las puertas de las casas se llenaban de vecinos. Los críos nos escondíamos, sacábamos las bicis y alguna vez nos volvíamos sin ella. Al día siguiente la recuperabas para volver a la piscina y tomar el sol sin cremas, meterte al agua sin ducharte, llevar los ojos rojos por el cloro, la piel arrugada y el bañador mojado hasta la noche. Esos años en los que aún no eras adolescente y sí más libre porque no te importaba si ibas a la moda. El reloj era el sol, o la luna. Aprovechabas cada hora para estar con tus amigos y el verano se te hacía corto. Siempre muy corto.
Alexia Garví Soler. Villanueva de Gállego (Zaragoza).