EL BLOC DEL CARTERO
Okupados
Sucede una y otra vez en la historia de los asuntos humanos. Alguien invoca una justa causa para tomar un atajo, este se generaliza y ... acaba sirviendo para provecho de quien carece de causa justa y perjuicio de quien no causó injusticia alguna. Que nuestra sociedad no tiene garantizado como debiera el derecho a la vivienda, que se ha favorecido una especulación irracional y antisocial con ella, son realidades que no podemos ignorar. Que la solución a ese problema sea facilitar el despojo de aquellos propietarios que no tengan recursos para vigilar y defender su propiedad es un argumento estrafalario que acaba una y otra vez en odioso atropello. La carta de la semana nos ofrece un ejemplo sangrante. Su autora acierta a transmitir en ella la desolación del okupado y avasallado. Tome nota quien corresponda.
LA CARTA DE LA SEMANA
'Mi casa'
Mi padre trabajó desde los 14, se casó, formó una familia. Emprendedor y trabajador, le fue bien. Mi madre, con la economía doméstica, y en unos años se compraron una casita en la sierra: pasábamos los fines de semana y las vacaciones. Con los años, y ahorros, la fuimos mejorando. Y llegó el maldito enero de 2020: unos jóvenes la vieron ideal para vivir a nuestra costa. Y llegó la primera factura de la luz: 114,29 euros, y recordé mi pijama bajo la almohada, porque mi casa no está abandonada ni es de un banco. Y la segunda factura: 275,26 euros. Y no puedes cortarles la luz: sería coacción (?). Y sientes que la ley no te protege. Y con el coronavirus se suspende la actividad judicial. Tú en casa teletrabajando, y otra factura: 307,01 euros. Y otra, 226,83 euros. Y tu madre, de 84 años, cuánto mejor estaría en la sierra. Y otra factura: 176,84 euros. Y llegará el verano y, por no viajar, te irías allí, pero no. Otra factura, 206,07 euros. Y el 25 de junio admiten por fin tu demanda de febrero, y te acuerdas de tu pequeña piscina, de los azulejos traídos de Lisboa, del derecho constitucional a la propiedad privada, del señor de Galapagar. Y te ves en Madrid, a 40 grados porque tu casa de la sierra 'es' de ellos, y vuelves a llorar, a no dormir, un día más, un mes más. Y otra factura: 209,56 euros.
Silvia de la Torre Villegas, Madrid
Por qué la he premiado… Porque hay cuestiones que solo se aprecian poniéndose en los zapatos ajenos.
La okupación que no cesa
Blade Runner: todo un clásico. «Yo he visto cosas que vosotros no creeríais». He observado que en España las leyes sobre propiedad privada tienen más 'tomates' que el calcetín de un peregrino. Prescindamos de ciencia ficción y ciñámonos a una realidad social cuyo peso y final son imprevisibles: la okupación de viviendas. Es un problema grave y, salvo medidas drásticas, se hinchará. Convendría subrayar que existe un principio incontestable en este asunto: el derecho a la propiedad privada, recogido en textos constitucionales de todos los países democráticos. Aplicar otros derechos a costa de este, como es disfrutar de una vivienda digna (artículo 47), por ejemplo, no otorga la okupación, ya sea a particulares o entidades. El debate sobre el escollo de acceso a una vivienda es lógico, pero también lo es diferenciar una familia vulnerable de la de unos tramposos que se atrincheran y chantajean con dinero al propietario por marcharse o no 'realquilar' la vivienda, desperfectos intencionados aparte. La laxitud de las leyes ad hoc es desesperante y la paciencia tiene límites. Los justos arrebatos de ira de muchos vecinos hastiados están haciendo necesaria la intervención policial para evitar desgracias. Primero, patinamos y nos estrellamos y, después, cambiamos las ruedas. Somos diferentes…
Alberto Fdez Araújo, Barakaldo (Vizcaya)
Lo bueno que he sacado
Recuerdo enero, febrero… Las noticias en España, las de siempre: críticas políticas, crecimiento económico, fútbol… y un pequeño runrún de un virus que ponía a una región china patas arriba. Mientras, yo a lo mundano, mi hijo de cinco meses empezaba a querer gatear. Llegó marzo y el confinamiento, siempre creí que pasé el virus porque en enero estuve en Milán trabajando y tuve un resfriado fuerte, así que no tuve miedo. Sí mucho por mis padres, ambos contrajeron el virus y tuvieron neumonía; a mi padre lo ingresaron varios días; recuerdo que cuando, conduciendo su propio coche, fue al hospital aconsejado por su médico de cabecera al ver la placa de su pecho, pensé que conducía hacia el matadero, y le dije que se llevara el cargador del móvil, pues ya se oían horribles historias de personas que ni siquiera podían despedirse de sus familias. Gracias a Dios, todo salió bien, con secuelas, pero bien. Aunque hemos pasado días indescriptibles, insoportables. Hoy mi hijo ha dado sus primeros pasos, a los diez meses. Se confinó en cuna y sale andando. Esa será la historia que le contaré para que él la cuente a sus nietos. Este año no hay vacaciones. Lo mejor, los fines de semana en casa de los abuelos en la piscina. Disfrutan y lloran ellos, disfrutan los enanos y disfrutamos los demás. Es lo bueno que he sacado de todo esto, disfrutar más de tu gente, que nunca sabes hasta cuándo podrás. Y ojalá lleguen pronto las noticias de siempre: críticas políticas, crecimiento económico y fútbol.
Jesús Muñoz, Madrid
Conservar lo que tenemos
Recordaba estos días algunas frases mágicas de mi padre, rescatadas por la pandemia. Tenía solo dieciséis años al fin de la Guerra Civil. Vivió la 'reconstrucción' de su país y de su vida entera. Se apuntó de flecha en La Falange con el beneplácito de sus padres, republicanos (uno de ellos, encarcelado), por ropa y derecho a comida diaria. Seguramente, mi abuela respiró tranquila con una preocupación menos. Muchos años después, lo recuerdo asomado a nuestro balcón, un 23-F, atisbando en la negrura de la noche la incertidumbre que se cernía en el futuro de España. Entonces, lo escuché decir: «Otra vez no». No tenía yo los años suficientes para entender y calibrar la angustia que lo envolvía. Pero acusé su ánimo vencido, por lo general optimista. Ya mayor, pocos años antes de dejarnos, paseaba con él por una conocida cadena de alimentación, cuando, señalando las estanterías repletas, me dijo: «Mira, cuántas cosas a nuestra disposición». Entonces sonreí al ver la expresión de felicidad y seguridad en sus ojos. Sus palabras, cargadas de sentido, me hacen pensar en la importancia de conservar lo que tenemos, lo que con tanto esfuerzo depositaron en nuestras manos.
María Luisa Navarro Lorente, Valencia