EL BLOC DEL CARTERO
Parot
Para algunos, puede que solo sea el nombre de una teleserie; una que, dicho sea de paso, apenas cuenta nada del horror real que esas cinco letras esconden y prefiere recrearse en el relato de horrores irreales, como buena parte de la ficción que producimos, por algo será. Sin embargo, lo que esa palabra encierra, como nos recuerda un lector, es el espanto de una mente capaz de despreciar en grado sumo la vida humana, sin más muleta que una ideología, pobre y objetable como todas, en cuanto se rasca un poco. Una mente que no dudó al provocar la muerte dolosa de niños, extremo último de la barbarie. Que haya quien se sienta en condiciones de homenajear a un verdugo así, y a otros semejantes, es indicio rotundo de lo grave que puede ser la enfermedad de la desmemoria.
Cartas de los lectores
• Falta de empatía
Me comenta una amiga de Nicaragua que está muy contenta porque su madre, por fin, ha recibido la primera dosis de ... la vacuna contra el coronavirus. Se trata de una mujer de 56 años con pluripatología: padece hipertensión, diabetes y arritmias idiopáticas. Me intereso por el tema y le pregunto cuál de todas las vacunas le han puesto. «La rusa», me contesta. ¡Pero si la Sputnik aún no cuenta con la aprobación de la Agencia Europea de Medicamentos ni de la Administración americana de Medicamentos y Alimentos!, le digo. «Bueno, es que en Nicaragua las vacunas solo llegan por donaciones. No hay dinero. Es la que le han puesto». ¿Y cuándo se la dan? «Cuando llegue la próxima donación». Aprieto los dientes y callo. La vergüenza me hace mirar al suelo. Sé que no tengo la culpa de la corrupción que anida por aquellos y otros lares de Latinoamérica. Creadores de estos lodos. Pero vivo en la cuarta potencia de Europa. Y me enoja que mi país siempre se esté poniendo de perfil ante lo que allí sucede. No nos importan ni sus vidas. Y para muestra, un botón: leo en un diario digital que el presidente Sánchez va a donar 7,5 millones de vacunas de AstraZeneca a Latinoamérica. ¡Estupendo!, me digo. Y después paso a leer los comentarios. Ninguno era bueno. Que si el Falcon, que si los indultos, que si las cuarenta maletas de Delcy Rodríguez. Este grado de egoísmo y de falta de empatía que sufrimos raya en lo patológico.
Jon García Rodríguez. Bilbao
• Súplica y grito
Sirvan estas líneas como una súplica y un grito para evitar la realización de un acto repugnante y vil. El próximo 18 de septiembre está programado en Arrasate-Mondragón un homenaje al terrorista más sanguinario; este individuo es el responsable de decenas de asesinatos; entre ellos, los que acabaron con la vida de cinco niñas mientras dormían. Los organizadores de tan macabro evento tienen prevista una marcha en la que se escenificará un acto de enaltecimiento, loa y solidaridad para con semejante individuo. ¿Puede caerse más bajo? No debemos permitir otro insulto y escupitajo. ¿Qué opina de ello la llamada sociedad civil? ¿Se va a movilizar? Es de esperar que las autoridades –la Delegación del Gobierno, la Consejería de Interior del Gobierno vasco y la Judicatura– estén a la altura de las circunstancias, se pongan manos a la obra y prohíban tal infamia. Reclamo y exijo con humildad no exenta de firmeza un mínimo de dignidad y de sensibilidad para con las víctimas. Sugiero a los organizadores, perpetradores, que lleven cruces y ataúdes, cinco de ellos blancos; por Silvia, Rocío, Miriam, Esther, Silvia y las demás víctimas. Una súplica acompañada de un ensordecedor y multitudinario grito que impidan tamaña vileza. A trabajar.
Francisco Javier Sáenz Martínez. Lasarte-Oria
• Viajar este verano
Se nos dijo que el día 26 de junio dejaría de ser obligatoria la mascarilla en espacios exteriores siempre que se respetara la distancia de seguridad. Con mi familia, desde esa fecha, hemos hecho dos viajes: uno a Ibiza y otro por Cantabria y Asturias. La mascarilla no se ha alejado de nosotros o, dicho de otro modo, no hemos hecho ninguna actividad fuera o en interiores sin contar con ella. El sentido común, igual que el de muchos españoles que hemos encontrado haciendo turismo nacional, nos decía que las fluctuaciones de la pandemia con sus famosas variantes –alfa (la detectada en Reino Unido), beta (la de Sudáfrica) y delta (la de la India)– podían hacer estragos en un momento en que, según el psicólogo Francisco Javier Sánchez, una parte de la población busca desahogo en los viajes compulsivos. Hace poco oíamos hablar del síndrome de la cabaña y ahora surge un comportamiento opuesto, tal vez transitorios ambos. Si de algo estoy segura es de que hemos de recuperar la normalidad en nuestro día a día teniendo en cuenta que quizá la solución está cada vez más cerca, pero que ahora nos toca vivir en un mundo de mascarillas. Y ya que hablo de viajar, espero que estas vacaciones nos permitan a todos conectar con esa parte que nos va a servir de empuje para volver a nuestras rutinas con energías renovadas.
Gema Abad Ballarín. Reus (Tarragona)
• Al humo de las velas
Hace ya tiempo, me acuerdo, en un pueblo de la España rural, conocí a una señora muy peculiar. Se llamaba María. Vivía, como se puede decir, al humo de las velas. En su casa, una vivienda humilde, no tenía luz y, para su quehacer diario, utilizaba unas velas y su pequeña estufa, donde preparaba su comida. Cuando llegó la luz a ese pueblo, María seguía igual en su día a día. Yo le preguntaba por qué no utilizaba las nuevas posibilidades y ella me contestaba que su vida era muy sencilla y que con lo que tenía ya le bastaba. Además, decía, para qué gastar más si no mejoraba su vida. Yo quería convencerla de que la luz era un bien importante; pero ella no lo veía así. Ahora, en 2021, sigo pensando lo mismo (que es un bien necesario para nosotros), pero no deben de pensar lo mismo los dueños de tal imperio. No tenemos más que ver los beneficios que han tenido de más de mil quinientos millones solo en el primer trimestre. Igual tenía razón esta señora que, al final, no es un bien para todos y solo lo es para los que puedan pagarlo, y aunque no hemos vivido como María, es posible que algunos terminemos viviendo como esto no cambie, al humo de las velas…
José Manuel Candal Calvo. Huarte (Navarra)
• La generación perdida
Imparto Inglés en Secundaria, y este año los alumnos y las alumnas de cuarto de la ESO y de Ciclos Formativos han sido la generación perdida. The lost generation fue un grupo de escritores americanos con un espíritu desorientado y errante que se sentían así por la época que les había tocado vivir. Hemingway o Fitzgerald, entre otros, fueron supervivientes de la guerra y la crisis económica de 1929. Podríamos trasladar esa época, casi un siglo después, a otra sociedad tocada por la pandemia y otra crisis económica. Mis alumnos y alumnas son supervivientes de una pandemia que ha hecho mella en ellos. Como esos escritores, la mayoría ha sido un grupo desilusionado, apático, incluso las mascarillas potenciaban aún más las pocas ganas de hablar, de comunicarse y de aprender. ¿Se imaginan intentando mantener una comunicación con ellos? ¿Y en inglés? Pero lo más sorprendente es que, como muchos aprobaron el año pasado por la pandemia, pasaron a un cuarto de la ESO sin las competencias necesarias, por lo que muchos de ellos han visto el cielo abierto y se han parapetado en un pupitre en el que lo único que hacían era calentar el asiento, esperando a que la providencia los volviera a aprobar sin dar un palo al agua. Muchos repiten; otros han pasado de curso con dos materias, en las que una es Matemáticas, Lengua o Inglés. Sigamos 'pasando la mano' a una generación, perdida en sus móviles y sus redes sociales, perdidos de verdad en un sistema que los 'ayuda' a estar cada vez más desconectados de la realidad.
Cristina Aparicio Izquierdo. Sevilla
Y de postre, suicidio
Tengo 21 años y sé lo que es el suicidio. Tengo historias para contar y no podríais dormir por las noches pensando si vuestro hijo va a ser el siguiente. De los casos que conozco, ninguno se suicidó porque estuviesen en una situación imposible, tenían una depresión que yo creo que ni ellos sabían y ninguno de fuera pudo solucionar. Lo siento, pero no es normal ser tan joven y estar deprimido, no lo deberíamos ver normal, deberíamos evitar esa situación. O desde luego que se pueda salir de la depresión y no acaben en suicidio. Los políticos siempre se llenan la boca hablando de salud mental, pero yo no veo medidas, solo más noticias de otra persona de mi edad o, peor aún, menor que yo que se ha suicidado. Solo pido concienciación y medidas eficaces, de verdad, de las que funcionen, para que nadie más reciba una de esas llamadas diciendo que alguien más se ha suicidado.
Ana Marín Vázquez. Correo electrónico
Por qué la he premiado… Por la sencillez y la nitidez de la llamada de socorro que contiene: no es normal.