EL BLOC DEL CARTERO
Volcán
La vida se ha empeñado en los últimos tiempos en obsequiarnos con persuasivos atisbos de nuestra insignificancia. Primero fue la pandemia, que nos redujo a la condición de prisioneros encogidos ante una amenaza invisible. Luego el temporal Filomena, que volvió a privarnos de la libertad ambulatoria por la imposibilidad de transitar por las calles y carreteras borradas por la nieve. Antes y después vinieron los sucesivos episodios de DANA, término que amenaza con hacerse tan habitual que habrá que plantearse dejar de escribirlo como unas siglas para adoptarlo como nombre común. Y por si faltaba algo, rugió el volcán, cuya lava se lleva los hogares de las gentes de La Palma como quien quita casas del Monopoly. Casi parece que alguien nos estuviera queriendo decir algo.
Cartas de los lectores
• La trágica belleza
Dicen que Plinio el Viejo murió por la inhalación de gases en la erupción del Vesubio; que este militar, escritor y científico romano no dudó ... en aproximarse a ese grandioso fenómeno natural y así unió su destino al de Pompeya y Herculano. La muerte no permite rectificaciones, y nunca sabremos si se habría arrepentido de su acción. La que sí aparenta estar arrepentida es la ministra de Turismo por haber calificado el volcán de «espectáculo maravilloso». Rápidamente, los políticos se han aprestado a afearle su actitud. Sin embargo, mientras no haya víctimas mortales, el tener la casa sobre un volcán no es muy distinto a que esté en el trazado del AVE o en el vaso de un pantano. La expropiación forzosa ha demolido más hogares, en nuestro país, que cualquier desastre natural. Todo es cuestión de dinero y para eso, suponemos, habrá visitado la isla el presidente del Gobierno. Para eso y para contemplar la sobrecogedora y única belleza de una erupción volcánica.
Juan Manuel López Vallina. Correo electrónico
• Perdón por ser de cristal
Parece que ahora los jóvenes somos la 'generación de cristal' por ser «demasiado frágiles», por «molestarnos por todo» y «llorar». Así que aprovecho para pediros disculpas por quejarme si mis amigas ganan menos que mis amigos; por llorar ante la posibilidad de recibir una paliza al grito de «maricón»; por protestar porque me parezca mal que mis amigos racializados sufran discriminación; por salir a la calle al ver que cuatro de cada diez chavales no encontramos trabajo; o porque, si lo encontramos, no nos llega para un alquiler. Si no acobardarse ante las injusticias es ser 'frágil', si luchar por lo que uno cree es 'molestarse por todo' y si querer una vida digna es ser un 'llorón', pido perdón, en nombre de toda mi generación.
Aitor Eiguren Gonzalez. Bilbao (Bizkaia)
• Vuelve la otra pandemia
La de las drogas. La de los jóvenes empinando el codo en un botellón infernal de un pueblo o ciudad cualquiera. Ya han perdido el miedo al coronavirus, si es que lo han tenido. Y ahora van de cabeza al fango de las drogas. Empiezan con el alcohol, con el coma etílico de los jueves de madrugada, que los deja tirados en un callejón cuya única salida –si tienen suerte– es el hospital más cercano. Una vez repuestos, en lugar de dar un paso atrás, algunos pasarán, por desgracia, a la siguiente fase, a algo más fuerte, para acabar esnifando un gramo de cualquier mierda que les habrá vendido un camello cualquiera. Drogados hasta las cejas porque sí, y con conocimiento de causa. Ya no pueden decir que consumen por ignorancia; ya no vale. Y el que no se entera es porque no quiere y se niega a reconocer que el consumo de drogas le lleva camino de la dependencia y, más tarde o más temprano, con alguna que otra caída y recaída en su calvario, a la muerte. Y allí, enterrado, en un cementerio cualquiera, charlará con otros muertos que habrán corrido su misma suerte y les contará su historia, la misma historia, con alguna que otra personal pincelada, que los otros le contarán a él. Juntos llegarán a la misma conclusión: los jóvenes no deben drogarse.
Xiana del Cabo. Correo electrónico
Late, corazón
Casi medio siglo después de escrita, una carta de amor de un soldado a su novia, y que nunca llegó a su destino, ha sido hallada en una planta de reciclaje por una operaria cautivada por las muestras de cariño del joven. A quien ha vivido en tiempos lejanos la experiencia de la 'mili' y del efecto lenitivo de la carta enviada a la novia y de la respuesta gozosamente recibida tras la impaciente espera, le abruma la melancolía del recuerdo y le conmueven esas palabras de amor que acabaron en un basurero, tal vez para desdicha, quién sabe, del militar y su chica. La carta perdida y hallada admite, creo, una lectura metafórica y 'antidantesca', como humilde negación del «perded toda esperanza, vosotros los que entráis aquí», esa desoladora advertencia que el genio florentino situó en la antesala del infierno. También en el desconsuelo, el caos, el sinsentido de lo basuriento de la vida puede manifestarse de modo sorprendente la amorosa esperanza que quedó oculta en la caja de Pandora. Y nos atreveremos a balbucir, con Machado, aquello de «late, corazón... No todo se lo ha tragado la tierra».
Javier Poch Zatarain. San Sebastián (Guipúzcoa)
Por qué la he premiado… Porque solo ese latido nos defiende y nos permite triunfar incluso de nuestras derrotas