Mi hermosa lavandería
La era de la desfachatez
Isabel Coixet
Hay palabras que no viajan bien. 'Desfachatez' es una de ellas. Los ingleses tienen impudence, que suena a institutriz victoriana escandalizada, y shamelessness, ... que al menos conserva en la raíz la vergüenza perdida. Los franceses dicen culot casi con una sonrisa, y quien creció cerca del yiddish dice chutzpah, que se pronuncia con algo peligrosamente parecido a la admiración. Otras lenguas medio celebran lo que la nuestra condena sin paliativos: 'desfachatez' viene de quedarse sin fachada, sin la cara que uno enseña al mundo. Sospecho que la palabra existe exactamente allí donde más falta hace.
Vivimos en la era de la desfachatez. El poder y todos sus satélites han perdido la vergüenza y, lo que es más grave, han descubierto que exhibirla rinde. Lo que hace veinte años se escondía detrás de abogados y silencios y «sin comentarios» ahora se muestra en horario de máxima audiencia, con buena luz y maquillaje.
Lo que me quita el sueño ya no es la desfachatez de ellos. Es la velocidad a la que nos estamos acostumbrando nosotros a todo este sindiós
El pasado 7 de julio, la Corte de Apelación de París confirmó que Marine Le Pen desvió millones de euros del Parlamento Europeo y la condenó a un año de prisión firme bajo brazalete electrónico. Esa misma noche, a las ocho, peinada e impecable en el plató de TF1, anunció su candidatura a la presidencia de la República. Entre la sentencia y la candidatura pasaron unas siete horas. Anunció también que recurrirá en casación para poder hacer campaña «sin brazalete electrónico». La culpa la deja para los jueces; a ella le preocupa el vestuario. A sus seguidores todo les da igual.
Al otro lado del Atlántico, un jurado declaró a Donald Trump responsable de abusar sexualmente de la escritora E. Jean Carroll y de difamarla llamándola mentirosa, y lo condenó no una sino cuatro veces a pagarle varios millones de dólares. El juez precisó que, en el lenguaje que hablamos los que no somos juristas, aquello se llama 'violación'. Trump sigue repitiendo que ella miente. Lo hace entre proclamas de haber ganado la guerra de Irán y haber devuelto a su país un prestigio mundial que cualquiera que viaje con pasaporte y periódicos puede comprobar que se evapora.
En España no necesitamos importar nada. La presidenta de la Comunidad de Madrid libra su cruzada por los derechos del «concebido no nacido» mientras la sanidad pública madrileña se desangra en listas de espera y sigue sin encontrar en su agenda un hueco para las 7291 personas mayores que murieron en las residencias sin ser trasladadas a un hospital, tal como se cuenta en 7291, el documental de Juanjo Castro que se puede ver en RTVE Play. De aquello, nos dice, no hay nada que revisar. Lo concebido, sí; lo vivido, no.
Antes la desfachatez tenía un coste. Un político o un millonario sorprendido en la mentira dimitía o se retiraba, o al menos fingía un rubor, y aquel teatro de la vergüenza, con todo lo que tenía de hipócrita, sostenía algo: la idea compartida de que había cosas que no se podían hacer a plena luz. Hoy la sentencia es un trampolín; el escándalo, un escaparate; y el desasosiego del ciudadano no cotiza en ninguna parte.
A mí lo que me quita el sueño ya no es la desfachatez de ellos. Es la velocidad a la que nos estamos acostumbrando nosotros a todo este sindiós.