Mi hermosa lavandería
Una cara en el café
El taxista bromea cuando desciende de su auto para cargar mi monstruosa maleta naranja. «¿Viaja ligero, eh?».
Me empiezo a justificar con que voy a ... cuatro países diferentes con cuatro climas diferentes mientras pienso que por qué tengo que justificarme, pero la cara grande y la expresión afable del taxista me llevan a ello.
«Ah, si no me riñera mi mujer, me iba con usted…».
«Pues véngase, hombre, de momento vamos a la estación Príncipe».
«¿Va a Ventimiglia?».
«Sí».
Dentro del taxi hace calor y huele a ambientador de pino. Dejamos atrás las callecitas de casas pintadas de verde y ocre de Boccadasse camino del centro de Génova.
El taxista comenta que no ve la hora de que un robot le quite el trabajo. Yo no digo nada porque pienso que el día que otro haga mi trabajo por mí me voy a aburrir a lo grande
En la radio habla el mayor experto italiano en robótica, que cuenta los últimos avances chinos fabricando androides. El entrevistador insiste en que el profesor se moje previendo el año en que todos los hogares tendrán ayuda doméstica en forma de robots.
«¿Será dentro de diez, quince o veinte años? ¿Los consideraremos parte de la familia? ¿Qué pasará cuando no quieran obedecer? ¿Es cierto que a finales de año China pondrá a la venta miles de robots a menos de 6000 euros que nos conocerán mejor que nosotros mismos?».
El experto intenta derivar la conversación a terrenos menos concretos y el locutor suena decepcionado.
«Las manos son el principal problema, todavía no se ha conseguido un modelo de manos que responda y sea capaz de hacer lo que hacen las manos humanas».
Al locutor lo de las manos no le interesa y pasa a preguntarle al hombre –al que sabe también gran aficionado al fútbol– por su opinión en los últimos fichajes del Napoli.
Casi me da ganas de reír: esta es la Italia que me deja siempre perpleja, la que mezcla los asuntos éticos más complejos con las desventuras de los fichajes del Calcio.
El taxista, que me ha dicho que se jubila el año que viene, comenta que no ve la hora de que un robot le quite el trabajo. Que es un trabajo agotador y que mejor que sean las máquinas las que aguanten diez horas diarias al volante, los atascos, las motos, las bicicletas, los conductores que no saben conducir…
Yo no digo nada porque pienso que el día que otro haga mi trabajo por mí me voy a aburrir a lo grande.
Ahora dan las noticias y el tono solemne de la presentadora me pone en guardia. Una mujer se ha arrojado al vacío con sus tres hijos la pasada madrugada. El más pequeño, de cuatro meses; la mayor, de diez años. Sufría depresión posparto. A la una de la mañana los despertó, les puso sus mejores ropas y se tiró con ellos desde la terraza de su casa. El taxista dice: «Porca miseria».
Llegamos a la estación. Desciende en silencio la maleta naranja. Me siento a tomar un cortado en el bar de la estación. En la espuma de la leche el barista ha dibujado una carita sonriente y, mirándola, se me empiezan a caer unas lágrimas saladas y perfectamente inútiles.