Animales de compañía
Efectos son del amor
Juan Manuel de Prada
Llega la Navidad y, como ocurre todos los años, llega para todo quisque, sin discriminación ni acepción de personas, como un maná que cae sobre todos, incluso sobre quienes lo rechazan. Y sobre quienes rechazan la Navidad cae todavía con mayor ímpetu, pues en estos días también ellos quedan misteriosamente tocados por los dones y gracias que la Navidad trae consigo, aunque sea para negarlos, para estuprarlos, para denigrarlos obscenamente. Del mismo modo que Cernuda llamaba a los insultos y vituperios «formas amargas del elogio», hay «formas amargas» de celebrar la Navidad.
Resulta, en verdad, muy difícil, aun entre los más remisos u hostiles, sustraerse a la celebración que cada año renueva el Hecho más trascendental y ... significativo de la historia humana, el hecho que dividió en dos vertientes el paso del hombre por la Tierra. El recuerdo de aquel Hecho, su temblor y su misterio, está en el aire que respiramos, está en las miradas que dirigimos a nuestros vecinos, está en las palabras que les dedicamos, está en nuestras manos, más ansiosas de llenarse con una carne amiga, más ansiosas de ‘encarnar’ sentimientos que nos remueven hasta las raíces más secretas del alma y que en otras épocas del año no nos atrevemos a expresar con igual efusión. Nadie respira, nadie mira ni habla ni abraza en Navidad como lo hace el resto del año.
Nadie respira, nadie mira ni habla ni abraza en Navidad como lo hace el resto del año
También en estas fechas parece que nuestro espíritu tiene otras hechuras, otra forma de entender y atender las cosas, más aliviada y amorosa, más reposada y humilde. Es como si, de repente, nos hubiésemos vuelto todos más propensos a actuar con sencillez, desligados de ese orgullo y esa vana suficiencia que a nadie esperan porque todo lo cifran en sí mismos. En el recodo más recóndito del alma más sombría se guarda una vaga reminiscencia de la felicidad perdida que ese Niño envuelto entre pañales aviva, aunque sea a regañadientes, moviéndonos a la piedad. Y es que en el meollo de la Navidad se agazapa la nostalgia de la misericordia, la necesidad que toda persona tiene de esperanza y reconciliación. Y es que el corazón humano, aunque haya recibido muchos desgarrones y magulladuras, clama incesantemente en busca de amor; suplica eternamente porque llegue su sanación, la luz que espante los miedos y las zozobras.
Esa luz navideña parece introducir un lapso de paz en nuestros espíritus convulsos, una suspensión de las hostilidades que los agitan, una invocación a la concordia y el entendimiento. La Navidad llega para todos con la repetida ilusión del que espera una solución, un desenlace feliz a sus quebrantos, o siquiera un descanso en la brega cotidiana que le permita tomar aliento para seguir afrontándolos. La Navidad, para creyentes e incrédulos, llega como un alto en el camino, propicio no sólo para las expansiones emotivas y las celebraciones familiares, sino también para encontrar caminos nuevos que nos permitan salir de las confusiones aparentemente inextricables en las que permanecemos atrapados, propicio para la recapitulación de los errores pasados y la asunción de las responsabilidades que nos permitirán afrontar el futuro –siempre erizado de peligros y sorpresas– en mejor disposición.
Este año la Navidad nos llega con un trasfondo general de dolor y zozobra. Hay guerras lejanas que siembran la muerte incluso en estos días que conmemoran la Vida; y hay guerras más próximas, íntimas incluso, que se infiltran en la conciencia y libran allí una batalla atroz, hasta dejarla calcinada. Y, al socaire de esas guerras, medran quienes conocen el arte de prosperar infligiendo daños morales y materiales a los pueblos, empobreciéndolos y a la vez enviscándolos, haciendo cada vez más difícil y frágil su convivencia, mientras ellos se unen y hacen cada vez más fuertes en torno a su designio maligno (aunque simulen estar divididos en banderías). Este año más que nunca, debemos rezar (también los ateos, pues no hay oración más grata a Dios que la oración del ateo, según nos explica Bloy) para que la Navidad en verdad llegue a todos, para que su luz se abra paso en las almas más hoscas y arrasadas, reavivando en ellas la nostalgia de la misericordia, la necesidad que toda persona tiene de esperanza y de reconciliación. Para que la Navidad, en fin, se convierta en esa tregua que necesitan los corazones magullados, para que la Vida que hoy celebramos derrame su luz sobre los cementerios donde la muerte alcanza densidad de hormiguero. Es tanto como rezar por un milagro; pero los milagros existen, y Lope nos enseña que los milagros «efectos son del amor, / de su infinito poder».
Feliz y sacra Navidad a las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan.