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Animales de compañía

Escribir a mano

Juan Manuel de Prada

Leo en ABC un sabroso reportaje de Bruno Pardo Porto sobre la agonía de la escritura a mano, que es la agonía de la civilización y de la intransferible verdad humana, aunque no nos atrevamos a reconocerlo. Escribir a mano es, desde luego, recomendable para tener una caligrafía más cuidada o artística (la caligrafía de quien nunca escribe a mano es infaliblemente calamitosa, entre cuneiforme y simiesca). Escribir a mano ayuda también a asimilar mejor la ortografía; aunque, ciertamente, las máquinas llevan ahora incorporado un diccionario en sus tripas de silicio o coltán que aminora la munición de faltas de ortografía de los zoquetes (pero no tanto como los zoquetes se piensan, pues la inteligencia de las máquinas siempre es inerte, y no penetra en los entresijos más secretos de la lengua, de los que sólo tiene la llave el escritor auténtico). Y, además, llegará el día (ya está a la vuelta de la esquina) en que las máquinas nos evitarán también que los zoquetes escriban, escribiendo en su lugar, suplantándolos y silenciándolos para siempre (y en la mayoría de los casos no se notará la diferencia, porque esos hombres ágrafos tendrán el pensamiento lorito y mazorral que sus rabadanes sistémicos les inspiren, que es el mismo de las máquinas). Así, igual que la gente se ha olvidado ya de calcular, porque tiene una máquina que se lo hace, se olvidará mañana de esa tarea tan deprimente de la escritura, que terminará pareciendo una afición de dinosaurios pedantes como yo.

Tengo la mano hecha un cristo, pero esas deformaciones de los dedos son la herida de guerra que más me honra

Pero escribir a mano significa algo más, mucho más. Azorín se vanagloriaba hace ya casi un siglo de escribir con máquina y exhortaba a todo ... quisque para que siguiera su ejemplo, seguro de que, en apenas veinte años, todos teclearían. Y auguraba también que, cuando nadie escribiese a mano, la literatura continuaría «en el mismo nivel», dando «obras magníficas». Así ha sido, al parecer; y hoy se publican miles de obras tan magníficas como las de Azorín; es decir, atildaditas y pelmazas, tópicas y cautas, bienquedas y sumisas a lo que exige el espíritu de la época. Cuesta mucho imaginar, por ejemplo, a Valle escribiendo con máquina (y no sólo por manco, sino por cómo marida las palabras y las hace procrear); en cambio, a Azorín uno se lo imagina sin esfuerzo viniendo al mundo con una máquina de escribir bajo el brazo, y escribiendo desde antes del destete al ritmo tartamudo que le marca el teclado.

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