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Animales de compañía

Un poco de realismo

Juan Manuel de Prada

Juan Manuel de Prada

Cuando Descartes dijo, inflado de soberbia ególatra, aquello de «¡Pienso, luego existo!», lo que en realidad quería decir es: «¡Pienso, luego las cosas existen!». Y, desde entonces, a los hombres les dio por la locura de creer que su mente crea las cosas. Pero lo cierto es que las cosas existen independientemente de que nosotros las pensemos e independientemente de lo que nosotros pensemos sobre ellas; y todas las mentiras salidas de nuestra mente (no olvidemos que ‘mente’ y ‘mentira’ tienen la misma etimología) no cambian la realidad. Pero el pecado más característico de nuestro tiempo es la negación de la realidad, la convicción de que las cosas no existen en sí mismas, sino tan sólo como proyección de nuestra mente, de nuestra subjetividad.

Todas las mentiras salidas de nuestra mente (no olvidemos que ‘mente’ y ‘mentira’ tienen la misma etimología) no cambian la realidad

Sobre este postulado demente, el idealismo pudo afirmar impunemente que el mundo se forma y reforma mediante ‘ideas’. Así nacieron las ideologías, estructuras de pensamiento ( ... o, en su versión más degenerada, meras colecciones de consignas para masas cretinizadas) que niegan la realidad de las cosas y pretenden moldearla a su antojo, hasta instaurar un paraíso en la Tierra. Pero la realidad es tozuda y no se inmuta ante los delirios humanos, sino que se queda en su sitio, dejando que los hombres se extravíen, como el padre de la parábola del hijo pródigo se queda en casa, dejando que su hijo se despeñe por el barranco. En la parábola evangélica, sin embargo, el hijo terminaba rectificando el error y regresaba a la casa paterna, después de alimentarse con las algarrobas de los cerdos. Las ideologías, en cambio, han logrado modelar personas menos humildes que el hijo pródigo de la parábola; personas fanatizadas que, después de darse de bruces contra la tozuda realidad, en lugar de arrepentirse, se siguen dando coscorrones contra ella, en su afán desquiciado de abrirle un boquete desde el que se pueda contemplar ese quimérico paraíso en la Tierra que su ideología les promete.

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