Animales de compañía
La doctrina del 'shock'
Juan Manuel De Prada
Para Hobbes, el miedo era el cimiento fundacional del Estado moderno. Los hombres en «estado de naturaleza» vivían en una guerra constante, o siquiera en ... un clima de recelos y desconfianzas; y el temor a sufrir violencias les lleva a firmar un «contrato social», eligiendo un soberano que tenga el monopolio de la violencia y pueda establecer mediante leyes un orden que ni siquiera tiene por qué ser justo, con tal de que permita cierta convivencia. Desde luego, detrás de esta tesis subyace una visión antropológica funesta, aparte de falsa; y una teoría política hórrida, que sin embargo es la que ha imperado durante la modernidad. De este modo, los gobernantes malignos pueden llegar a ser percibidos como mesías salvadores; o, en el peor de los casos, como un mal necesario que hay que conllevar, para evitar males mayores. En cierto modo, podría decirse que el miedo es la argamasa sobre la que se funda la política moderna.
En este sentido, no debe extrañarnos que lo que Naomi Klein llamó «la doctrina del shock» se haya impuesto como mecanismo cada vez más habitual de actuación política. Se trata de aprovechar los desastres naturales, las guerras, los atentados, las crisis económicas, etcétera, para imponer reformas drásticas que, en condiciones normales, serían terriblemente impopulares. Aprovechar tales desgracias o, llegado el caso, 'crearlas' artificialmente; si no en el sentido pleno de la palabra –mediante acciones de 'falsa bandera', fraudes y simulacros, etcétera–, al menos amplificándolas hasta la estridencia. Para lograr este embeleco, los medios de adoctrinamiento de masas se convierten en propagadores del miedo colectivo, construyendo una 'percepción hiperbólica' del peligro, un clima amenazante que suscita miedo entre las masas. Así, acongojadas por el miedo a las calamidades que los medios de adoctrinamiento amplifican, las masas sufren tal impacto traumático, tal desorientación y pánico, que se vuelven maleables como figuras de plastilina y confían su salvación a gobernantes que, entretanto, han estudiado la manera de 'modelarlas'.
Podría decirse que el miedo es la argamasa sobre la que se funda la política moderna
A nadie se le escapa –a nadie que no haya renegado de la nefasta manía de pensar– que la agitación del miedo social se ha aplicado de forma recurrente en los países europeos durante las últimas décadas. Resulta evidente que las cajas de ahorro fueron desmanteladas utilizando esta técnica: el miedo al colapso financiero (y a la pérdida de los ahorros) fue la excusa idónea para destruir instituciones sociales con un arraigo secular. También se utilizó esta técnica para perpetrar, ante el miedo al 'rescate financiero', aquella reforma exprés del artículo 135 del bodrio constitucional, que antepuso el pago de la deuda pública sobre cualquier otro gasto. Y poco después, la destrucción de empleo provocada por la crisis financiera sirvió para impulsar una reforma laboral que, con la excusa de 'flexibilizar el empleo', dejó a los trabajadores sin protección ante un despido. Más recientemente, la plaga coronavírica justificó todo tipo de abusos (algunos en verdad desquiciados y fundados en la más pura irracionalidad), propios de un estado policial, que ahora no recordaremos para no llorar; y facilitó el desvío de cantidades ingentes de dinero a la industria farmacéutica, en colusión con las élites gobernantes. Y en estos momentos, resulta evidente que la guerra de Ucrania es un nuevo catalizador para la 'doctrina del shock', creando en las masas un miedo cerval que nuestros gobernantes utilizan para inflar bestialmente el presupuesto militar, desviando los recursos financieros públicos a la industria armamentística. 'La doctrina del shock' altera tan eficazmente las percepciones que hay gobernantes –como los españoles, sin ir más lejos– que pueden permitirse el lujo de hacer postureo antibelicista mientras triplican el gasto militar. Y no tardaremos en comprobar cómo los miedos desencadenados por los incendios forestales o las invasiones bárbaras sufridas este verano serán convenientemente utilizados, siguiendo el manual de instrucciones de la 'doctrina del shock'.
En una de sus obras más divulgadas, Psicología de las masas y análisis del yo, Freud señalaba que el pánico rompe los lazos afectivos que mantienen unida a una comunidad. Cuando se consigue inocular el miedo en una sociedad, desaparece la solidaridad, se rompen los compromisos, se anula el pensamiento crítico y se aceptan las humillaciones más indignas. Es entonces, ante esa sensación colectiva de desamparo y vulnerabilidad, cuando el gobernante hace de las suyas, sabiendo que enfrente sólo tiene gurruños de carne temblona y dócil.