Animales de compañía

La muerte de la literatura

Viernes, 17 de mayo 2024, 09:54

Siempre me ha provocado una mezcla de perplejidad y desasosiego esa gente que confunde al autor de un libro con sus personajes, considerando que los juicios o los gustos que expresa una criatura de ficción son los mismos que cultiva o profesa su creador. Desde luego, un escritor siempre pone algo de sí mismo en sus ficciones; y, por lo tanto, cualquier personaje suyo tiene cierta 'contaminación' de su propia persona. Pero esa 'contaminación' muy frecuentemente resulta nimia o anecdótica; y, junto a esa leve 'contaminación', conviven en los personajes de ficción muchos ingredientes que nada tienen que ver con su creador: a veces son ingredientes puramente inventados, otras veces tomados de las mil y una personas que el escritor se ha cruzado en su vida; casi siempre muy mezclados, y de procedencias muy diversas.

No lo siento tanto por mí como por el oficio al que he dedicado mi vida

La identificación del escritor con sus personajes es querencia muy habitual de ciertos lectores un tanto primarios, o bien ansiosos de conocer las intimidades de ... los escritores que idolatran o detestan (por lo que entienden un poco paranoicamente que toda ficción es una autobiografía encubierta). Mucho más maligna y practicada alevosamente por algunos zoilos de la crítica literaria es la identificación del escritor con el narrador de sus novelas cuando el narrador resulta ser un resentido, un malvado o un criminal. Se trataría, para entendernos, de identificar –pongamos por caso– a Camilo José Cela con Pascual Duarte, a Vladimir Nabokov con Humbert Humbert o a Bret Easton Ellis con Patrick Bateman. Por supuesto, el crítico literario que propone esta identificación lo hace por mala fe, pues conoce perfectamente las leyes de la ficción (como el eunuco, sabe cómo se hace, aunque no pueda hacerlo). Y no se le escapa que, si se suprime la distancia que existe entre el autor y la voz narradora, estamos –simple y llanamente– suprimiendo la razón de ser de la ficción. De esta aberrante confusión se derivan dos consecuencias que hacen el mundo irrespirable, muy lúcidamente avizoradas por Santiago Alba Rico en una reflexión reciente titulada Ficciones y monstruos: la primera es de naturaleza nihilista y consiste en confundir la realidad con la ficción, tratando la realidad como si fuese una fantasía o un entretenimiento (de tal modo que nada nos conmueva ni espante); la segunda fomenta el fanatismo puritano, al confundir la ficción con la realidad, y nos incita a exigir al escritor que también en sus ficciones se contenga y reprima, que su imaginación no se permita ninguna osadía inconveniente o políticamente incorrecta. Ambas aberraciones postulan una abolición de la inteligencia; y son el acta de defunción de la literatura.

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Escritor y premio Planeta en 1997

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