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Animales de compañía

Paz y guerra

Juan Manuel de Prada

Juan Manuel de Prada

Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios», afirma Jesús en el Sermón de la Montaña; pero en otra ocasión dirá que no ha venido «a traer la paz, sino la espada». ¿En qué quedamos, pues? Y, por si fuera poco, en la noche que iba a ser entregado, Jesús dirige a sus discípulos una frase muy enigmática: «La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como os la da el mundo». ¿Por qué esa distinción tan neta entre la paz que nos deja y la paz que da el mundo?

Si analizamos conjuntamente esas tres frases evangélicas, parece fuera de toda duda que Jesús aboga por una paz que no es sinónimo de la mera ... ausencia de conflictos, sino más bien una paz fundada en la justicia y en la caridad entre hermanos; e incluso podría concluirse que, allí donde no se trabaja por esa paz, podría incluso ser preferible la espada. Lo que resulta por completo incuestionable es que Cristo nunca condenó la guerra (aunque, desde luego, tampoco la aprobó), sino que la dio como un hecho existente; y también resulta incuestionable que no consideró que su misión fuese erradicar las guerras (ni la esclavitud, ni el dinero, ni otras muchas calamidades que imperaban en el mundo que le tocó en suerte vivir), del mismo modo que tampoco lo era erradicar la enfermedad o la muerte. A cambio, Jesús nos da una serie de indicaciones para crear un reino de justicia y caridad en el que los hombres pueden llegar a ser hermanos y todos ellos hijos de Dios. Así que el pensamiento cristiano nunca ha condenado la guerra ni el oficio de las armas cuando se utilizan para restablecer la justicia, a diferencia de las ideologías pacifistas, que con frecuencia pretenden instaurar una paz sin justicia, rechazando todo conflicto porque lo consideran una amenaza al bienestar alcanzado. Este pacifismo puede alcanzar una expresión todavía más inicua, cuando no sólo pretende instaurar una paz sin justicia, sino que aspira a que la injusticia sea el fundamento de una paz pérfida. De ahí que Escrutopo, el taimado demonio urdido por C. S. Lewis, le recuerde a su sobrino Orugario que fomente la paz, antes que la guerra: «En la paz –le explica–, podemos hacer que muchos de ellos ignoren por completo el bien y el mal; en peligro, la cuestión se les plantea de tal forma en la que ni siquiera nosotros podemos cegarles».

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