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Animales de compañía

Un mundo sin perdón

Juan Manuel de Prada

Juan Manuel de Prada

En una convocatoria electoral reciente, causó repudio que diversas personas que habían perpetrado delitos sangrientos concurriesen como candidatos. En aquel repudio, sin embargo, asomaba la desenfocada ‘ética’ de nuestra época; pues se pretendía que aquellas personas eran «indignas» por el mero hecho de haber perpetrado tales delitos. La indignidad de aquellas personas nada tenía que ver, en realidad, con los delitos sangrientos que hubiesen podido cometer en el pasado, sino con su adhesión vigente a tales crímenes. Que personas que cometieron crímenes en el pasado concurran a unas elecciones puede, incluso, resultar muy aleccionador, si esas personas antes han abjurado de ellos. Pues nada hay tan edificante como un criminal arrepentido; nada merece tanto respeto como una persona que reconoce sus faltas y muestra un sincero propósito de enmienda.

Recientemente, otro candidato valenciano que había cometido veinte años atrás un delito mucho más leve –proferir injurias y amenazas contra su mujer– ha sido excluido ... de un pacto de gobierno. Tal desvarío ‘ético’ ha sido impuesto como condición inexcusable por uno de los partidos firmantes del pacto; ha sido aceptado sin demasiada resistencia por el partido al que pertenecía el candidato; y todo ello ha ocurrido ante la estólida aprobación de la sociedad española, que ha extraviado por completo las categorías morales. Como nos enseña don Quijote, no puede haber auténtico sentido de la justicia allí donde no se tiene en cuenta «la depravada naturaleza nuestra»; y tratar como un apestado a alguien que hace veinte años injurió o amenazó (con amenazas nunca cumplidas, por cierto) a su mujer nos parece una crasa aberración moral. No sólo porque ese hombre haya cumplido la condena que, en su día, un tribunal le asignó, saldando su deuda; sino, sobre todo, porque ninguna persona puede ser estigmatizada por los errores que cometió veinte años atrás, si se ha separado de ellos.

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