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PATENTE DE CORSO

El tatuaje que no me hice

Arturo Pérez-Reverte

Presidiarios, marinos, putas y legionarios: ésos eran hace mucho tiempo –en mi infancia y juventud lo seguían siendo– quienes llevaban tatuajes. Hasta muy avanzado el ... siglo XX, la piel tatuada fue seña de identidad casi exclusiva de grupos sociales definidos y marginales, situados fuera del ámbito de la llamada sociedad respetable. Ningún caballero, ninguna señora, nadie entre las entonces llamadas personas de bien, independientemente de su fortuna o posición social, se tatuaba nada. Ésa era una práctica exclusiva de aventureros o de gentuza. Si en una bronca de bar veías a un fulano con un emblema del Tercio en el antebrazo, un Madre, nací para hacerte sufrir en el pecho o unos puntos azules en el dorso de una mano, más valía mantenerte a distancia cuando llegara el navajazo. El tatuaje era aviso de peligro en unos usuarios y misterio aventurero en otros. En mi niñez entre marinos escuché muchas historias contadas por hombres con tatuajes; y Paco el Piloto, que tanto influyó en mi juventud, tenía uno en un antebrazo: azul, casi emborronado por el Mediterráneo y la vida. Una mujer empuñando el timón de un barco.

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