Te contamos cómo funciona el fondo que posee el 1,5 por ciento de todas las acciones que cotizan en bolsa en el mundo.
Noruega es el país más rico del mundo, aunque en Suiza tienen mejores sueldos y en Singapur disfrutan de mayor poder adquisitivo. Pero los noruegos son los que más ganan trabajando menos, según The Economist. Tienen más vacaciones, mejor conciliación, jornadas más cortas. ¿Cómo lo hacen? La respuesta es fácil: tienen petróleo. Pero esa es solo la mitad de la historia. Porque Venezuela también lo tiene. Y solo hay que ver las noticias. Arabia Saudí es una dictadura. En Nigeria, la riqueza se la quedan cuatro. ¿Y qué decir de Irán, Irak y Rusia?
Noruega hizo algo tan 'noruego' que nadie lo ha imitado. Creó un fondo soberano para repartir el dinero del petróleo entre todos sus habitantes, incluidos los que aún no han nacido. Ese fondo vale ahora 2,1 billones de dólares y es el más grande del mundo. Posee el 1,5 por ciento de todas las acciones que cotizan en Bolsa a nivel global. Solo en España tiene participaciones en 134 compañías por valor de 53.000 millones de euros. Están en tu empresa, en la mía, en el edificio de enfrente.
Ese fondo tiene una importancia inmensa por dos razones. La primera es su volumen brutal. La segunda es su manera de invertir: no mete dinero en compañías que usan trabajo infantil o destrozan el medioambiente. Es capitalismo con conciencia, el sueño húmedo de la socialdemo-cracia nórdica. El principio del fondo es simple: no gastas el dinero del petróleo, lo inviertes. Los noruegos temieron que si se lo gastaban conforme iba entrando en las arcas del Estado destruirían su propia economía. La inflación se dispararía, las otras industrias no podrían competir y acabarían dependiendo de un solo recurso que algún día se agotará. Por eso, los ingresos petroleros van directamente al fondo. Cada año, el Gobierno noruego solo puede gastar el 3 por ciento de los rendimientos del fondo. Nada más. El resto se queda ahí, creciendo, para las siguientes generaciones. Ese dinero financia parte de los hospitales, pensiones, carreteras, educación. Y es un colchón financiero para cuando el petróleo se acabe.
Al principio el fondo invertía de forma conservadora en otros fondos y en bonos del Estado. Pero luego empezó a invertir en acciones de empresas cotizadas. Y entonces los noruegos le exigieron legitimidad: si iban a ser accionistas de compañías en todo el mundo tenían que ser socialmente responsables. Así que en 2004 crearon el Consejo de Ética del fondo. El Consejo decide en qué empresas invertir y en cuáles no. Noruega sigue vendiendo petróleo y gas al mundo (dos millones de barriles diarios), con lo que contribuye al cambio climático, pero su fondo rechaza invertir en compañías carboníferas o que talan selvas tropicales. ¿Contradictorio? La activista Greta Thunberg no se corta y habla de «hipocresía». Pero los noruegos prefieren gestionar esa tensión de forma transparente antes que ignorarla. No planean dejar de exportar petróleo a corto plazo, pero sí tienen una estrategia para descarbonizar la producción y electrificar la economía… Eso sí, pagada con petrodólares.
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El Consejo ha excluido a más de 200 empresas: fabricantes de minas antipersona, productores de tabaco, compañías mineras que arrasan comu-nidades indígenas, tecnológicas chinas que desarrollan vigilancia masiva. Durante dos décadas, el Consejo fue el guardián moral del fondo. Y funcionó porque tenía respaldo político unánime. Hasta que dejó de tenerlo.
En agosto de 2025, el Consejo recomendó excluir a Caterpillar, el gigante estadounidense de maquinaria pesada. La razón: sus excavadoras estaban siendo usadas por Israel para demoler casas palestinas en Gaza y Cisjordania. El fondo vendió sus acciones. Y entonces empezó el terremoto. La Administración Trump se enfureció. Washington amagó con represalias. Pero la cosa no quedó ahí.
Francesca Albanese, relatora especial de la ONU sobre territorios palestinos ocupados, publicó un informe en el que señalaba a grandes tecnológicas estadounidenses: Microsoft, Amazon, Alphabet, Palantir. Todas proporcionaban infraestructura en la nube, inteligencia artificial y tecnología de vigilancia al Gobierno israelí. El Consejo de Ética dejó entrever que investigaría de oficio. Silicon Valley entró en pánico. El fondo tiene participaciones gigantescas en los gigantes tecnológicos. Y Washington no iba a permitir que un fondo europeo los pusiera en un compromiso. Pero el movimiento también alarmó al Gobierno noruego. Si el Consejo las excluía, el fondo tendría que vender hasta 230.000 millones de dólares en acciones tecnológicas. Eso pondría en riesgo los rendimientos que financian una cuarta parte del presupuesto público. El 4 de noviembre de 2025, el Parlamento noruego votó suspender el trabajo del Consejo de Ética. Algo inaudito.
El ministro de Finanzas Jens Stoltenberg, exsecretario general de la OTAN, exigió una revisión de las directrices éticas del fondo, que pasará dos años en el limbo mientras un comité gubernamental redacta nuevas reglas. La razón oficial según Stoltenberg: «El mundo ha cambiado». Y puso como ejemplo una paradoja: Noruega compra aviones F-35 a Lockheed Martin, pero el fondo no puede invertir en Lockheed Martin porque fabrica armas nucleares. Stoltenberg defendió la decisión con una frase reveladora: «Tenemos que encontrar un equilibrio entre los principios que el fondo debe defender y su capacidad de seguir funcionando». En otras palabras: la ética es importante, pero la rentabilidad lo es más.
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