Bill Ackman, un millonario de estilo agresivo en los negocios y la esfera pública, aspira a controlar la industria de la música... Con la ayuda de Donald Trump.
Bill Ackman se ha ganado estos días un buen espacio en los titulares. El multimillonario estadounidense que intenta hacerse con el control de Universal Music ... Group, la mayor discográfica del planeta, no tiene el poder ni las astronómicas fortunas de los tecnoligarcas –9.300 millones de dólares le otorga Forbes, modestos frente los 830.000 millones de Elon Musk–, pero su propensión a entrar en público y de forma agresiva en el cuerpo a cuerpo con sus rivales, sumada a la osadía de sus acciones financieras le han valido el apodo del 'inversor activista' y ser considerado como una de las figuras más influyentes en Wall Street.
La operación para adquirir Universal Music Group situaría el valor de esta compañía en 55.800 millones. De entrada, el fondo de Ackman, Pershing Square Capital Management, con participaciones en Google, Amazon, Hertz, Procter & Gamble o Uber, entre otras, pagaría 9400 millones en efectivo por la compañía que tiene los derechos de artistas como Bad Bunny, Taylor Swift, Lady Gaga, Eminem, Rihanna, Ariana Grande... Pese a estar registrado como votante del Partido Demócrata, los últimos movimientos financieros y mediáticos de Ackman, nacido hace 59 años en la pequeña localidad neoyorquina de Chappaqua, le han acercado en tiempos recientes al entorno de Donald Trump.
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Se posicionó primero, a través de X, donde lo siguen más de dos millones de usuarios, contra la «cultura corporativa progresista» para añadir más tarde que, con Biden, la libertad de expresión estaba en peligro. Su gran salto mediático, sin embargo, se produjo en defensa de Benjamin Netanyahu, apoyando la destrucción de la Franja de Gaza y acusando a sus críticos del primer ministro israelí de antisemitismo. En esa misma línea filotrumpista, exigió a la dirección de Harvard, donde el propio Ackman estudió, la publicación de los nombres de estudiantes que habían firmado cartas propalestinas «para no contratarlos nunca». Fue, de hecho, uno de los más activos en el acoso y derribo a Claudine Gay, la presidenta de esa universidad, hija de inmigrantes haitianos, que acabó dimitiendo.
Con idéntico ardor defendió a Neri Oxman, su esposa, arquitecta y profesora del prestigioso MIT Media Lab, del Instituto de Tecnología de Massachusetts, tras ser acusada de copiar o parafrasear sin la correspondiente atribución decenas de partes de textos ajenos en sus artículos académicos. Oxman reconoció el plagio y dimitió, pero el caso supuso un punto de inflexión en la comunión de Ackman con Trump al disparar contra los medios, las élites sesgadas y las instituciones académicas «injustas». Al fin y al cabo, al igual que Trump, Ackman encarna esa idea tan repetida por el patriotismo estadounidense del individuo que cree que puede moldear la realidad a través de la voluntad, el análisis y la persistencia.
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