Penúltimo escándalo de la ex duquesa
Penúltimo escándalo de la ex duquesa
Jueves, 27 de Noviembre 2025, 12:52h
Tiempo de lectura: 9 min
Sé que te sientes terriblemente decepcionado conmigo. Y debo disculparme humildemente contigo y con tu corazón. Siempre has sido un amigo fiel, generoso y extraordinario para mí y mi familia. Te pido disculpas por no responder a tu correo ni ponerme en contacto contigo».
Así comenzaba el e-mail que Sarah Ferguson envió en abril de 2011 al empresario Jeffrey Epstein, tres años después de que este fuera condenado por solicitar los servicios de una menor para la prostitución. Este mensaje, filtrado recientemente por el Congreso de Estados Unidos, ha revelado la estrecha relación que la duquesa mantuvo durante años con el depredador sexual. La amistad de Andrés con Epstein ya era conocida porque había llegado a los tribunales: el hermano del rey de Gran Bretaña fue demandado en 2020 por Virginia Giuffre, una de las 'chicas de Epstein', por abusar sexualmente de ella cuando tenía 17 años. Aunque las partes llegaron a un acuerdo extrajudicial, al duque de York el escándalo le ha costado sus títulos nobiliarios. Ahora es Ferguson y su intensa y larga relación con el pederasta lo que está arrastrando a la familia real a la vergüenza nacional.
El 16 de enero de 2010, cuando Epstein estaba bajo arresto domiciliario (tras un trato con la Fiscalía, la condena a 18 meses de cárcel quedó reducida a 3 meses, más 13 de arresto domiciliario), Ferguson le escribió: «¿Hay alguna posibilidad de que te pueda pedir prestados 50.000 o 100.000 dólares para ayudarme con las pequeñas facturas que me están sobrepasando?». En julio le volvió a contactar: «Amigo mío, ¿se me permite ir a visitar Little Saint James (la isla privada de Epstein en las islas Vírgenes donde fueron abusadas decenas de chicas)? ¿O no está disponible para los que estamos en bancarrota?».
Se desconoce si Epstein llegó a invitar a Ferguson a su isla, pero sí le prestó dinero. En marzo de 2011, los medios británicos revelaron que la duquesa había aceptado 15.000 libras del empresario. Para contener el escándalo, Ferguson concedió una entrevista en la que calificó su relación con el pederasta como «un gigantesco error de juicio», y añadió: «Aborrezco la pedofilia y cualquier abuso sexual de menores».
Pues bien, ahora se ha conocido un nuevo correo, enviado un mes después de esas declaraciones, en el que Ferguson pide perdón a Epstein precisamente por esa 'negación' de su amistad: «Estuve en cama, paralizada de miedo –se justifica Ferguson ante el multimillonario–. Me aconsejaron no tener nada que ver contigo y no hablarte ni escribirte. Y que si lo hacía te causaría más problemas a ti, al duque y a mí misma. Estaba rota y perdida. Así que, por favor, entiéndeme. No quería herir a Andrés una vez más. Estaba dominada por el miedo. Lo siento».
Según consta en el e-mail de respuesta, Epstein la perdonó, pero no parece que los británicos vayan a hacerlo, y eso que ya le han perdonado muchas cosas. De momento, las organizaciones benéficas a las que pertenecía la han apartado y su último libro infantil ha sido retirado de la venta. Sarah ha manifestado su sorpresa por esta reacción.
A lo largo de su vida, Sarah Ferguson ha promocionado de todo: licuadoras, planchas de pelo, tés, marcas de dietas y porcelanas. Llegó a cobrar 120.000 euros por inaugurar un centro comercial en Viena. En 2011, mientras se carteaba con Epstein, participó en un reality estadounidense por 300.000 dólares donde se presentaba como una madre soltera con dificultades económicas... Y es que en la vida de Sarah, como detalla The Sunday Times, el dinero siempre sale más rápido de lo que entra. Según la biografía de los duques de York escrita por Andrew Lownie, en una hora gastó 25.000 libras en los almacenes Bloomingdale's y 14.000 en un mes en una tienda de vinos; su equipo de personal incluía cocinero, chófer, doncella, mayordomo, niñera, tres secretarias, un asistente, dos jardineros, un arreglista floral y un paseador de perros. Todo ello siendo ya la exmujer del duque de York.
Llegó el momento en el que los números rojos eran tan abultados que, según Lownie, sus acreedores empezaron a demandarla, desde un artista que pintó un retrato de sus hijas hasta los fabricantes de la moldura de plata con la que lo enmarcó. Debía 65.000 libras a un entrenador personal, 500 al quiosquero...
El dinero ha sido siempre su talón de Aquiles, incluso recién casada con Andrés, cuando la prensa se 'enamoró' de ella. «Puede que Diana salga mejor en las fotos, pero Fergie es más divertida», escribían. Sin embargo, pronto empezaron a darse informaciones... menos simpáticas. Una de ellas, que presagiaba lo que vendría después, reveló que en un vuelo desde Nueva York había facturado 51 maletas con compras que superaban los 40.000 euros.
Sarah Ferguson siempre tuvo gustos caros. Hija de un oficial reconvertido en el entrenador de polo del príncipe Carlos, creció en internados junto con su hermana mayor. A los 13 años, además, sufrió el abandono de su madre, que se marchó a Argentina con otro jugador de polo. Según cuenta Tina Brown en The Palace Papers, «su personalidad irreverente ocultaba el hecho de que siempre se sintió abandonada, poco atractiva e insegura económicamente». Sin embargo, esa situación le brindó una ventaja: contacto con la realeza. «La reina Isabel fue mucho más mi madre que mi propia madre», llegaría a confesar Fergie años después.
A Andrés lo conocía desde niña, pero fue Diana, amiga desde la adolescencia, quien los emparejó. Entrar en la familia real cambió su vida, pero no su personalidad. La pareja tuvo dos hijas –Beatriz, en 1988, y Eugenia, en 1990– que deleitaban a la prensa rosa, pero su imagen no tardó en desmoronarse. Los errores voluntarios o involuntarios con las normas de la realeza eran inquietantes. Sarah llegaba tarde, hacía comentarios inapropiados... En 1991, «la fabulosa Fergie se había convertido en Fergie la gorrona», escribe The Times.
La primera alerta seria para la Casa Real de su peligrosa afición a hacer caja fue la publicación, en 1990, de un reportaje en Hello! de 48 páginas con 70 fotografías en «casa de los York», por el que la pareja recibió 250.000 libras. Ante las críticas, Ferguson dijo que destinaría el dinero a obras de caridad, pero lo cierto es que lo cobró a través de su madre, Susan Barrantes, cómplice de su hija en este tipo de sobresueldos.
Al problema de sus gastos y sus violaciones del protocolo se sumó una infidelidad pública que enfureció a la Casa Real. Como oficial de la Marina, Andrés pasaba meses lejos de Inglaterra y ella, según el libro Ascenso y caída de la Casa de York, aprovechó esas ausencias para mantener una relación con el empresario texano Steve Wyatt, a quien invitaba a Buckingham y a fiestas de los círculos aristocráticos. En una cena, Sarah y Wyatt protagonizaron «una muestra de afecto mutuo que jamás se había visto en un restaurante de tres estrellas». Finalmente, en 1992, tras seis años de matrimonio, Sarah y Andrés se separaron. Y no tanto por las infidelidades como por la cuenta corriente. Según Brown, «Fergie era una gastadora empedernida casada con un tacaño natural que tenía mucho menos dinero del que ella esperaba. Andrés dependía por completo de la generosidad de la reina». Y añade que, en el momento de la separación, Sarah debía cuatro millones de libras a Coutts, el banco privado conocido por gestionar el dinero de la familia real.
Las cosas empeoraron en agosto de 1992 cuando la portada del Daily Mirror mostró a su asesor financiero John Bryan chupándole el pie y besándola delante de la princesa Eugenia. Resultado: en 1996, los York se divorciaron. Pero, según Tina Brown, Ferguson negoció tan mal el divorcio como sus finanzas. Recibió 350.000 libras en efectivo, 1,4 millones en un fideicomiso para sus hijas y 500.000 para comprar una casa. Luego consiguió otras ventajas y préstamos auspiciados por la Casa Real, pero todo ello insuficiente para mantener su tren de vida.
¿Cómo dejar patente su malestar? Pues al estilo de Enrique y Meghan. El mismo año del divorcio publicó Mi historia, sus memorias, que aunque no contaban nada muy escandaloso eran una afrenta a la regla número uno de la familia real: «Nunca quejarse, nunca dar explicaciones».
Lo singular es que, pese a todo, Andrés y Sarah han mantenido buena relación. Prueba de ello es que en 2008, con la excusa de un pequeño incendio en su casa, ella se trasladó a vivir a la residencia del príncipe Andrés, Royal Lodge, y nunca se marchó. El arreglo era lo mejor para sus hijas, explicaron. Y, de hecho, han seguido siendo amigos incluso después de que ella protagonizara un escándalo mayúsculo. En 2010, un periodista del News of the World se hizo pasar por un jeque árabe y la grabó borracha ofreciendo acceso a su exmarido –«lo que tú quieras»– a cambio de medio millón de libras. El supuesto jeque acudió a la cita con una maleta con 40.000 libras como adelanto y Ferguson aceptó el dinero sin dudar. Andrés no pareció ofenderse, claro que para entonces él ya estaba envuelto en el escándalo Epstein y a ella tampoco parecía ofenderle... Siguieron compartiendo techo, y tanto Sarah como sus hijas han apoyado a Andrés incluso cuando las pruebas contra él por su relación con Epstein se volvían escalofriantes.
Ahora, cuando los últimos correos y escándalos han dejado sin título y sin residencia oficial a Andrés –y por extensión a Fergie–, está por verse a dónde irá la exduquesa y con quién. Si será capaz de reinventarse una vez más. De momento ha anunciado que se mudará a Portugal en enero de 2026, a una lujosa residencia en el complejo CostaTerra Golf, que pertenece a su hija Eugenia y a su marido, Jack Brooksbank, un empresario de familia noble y adinerada que llegó a los York como amigo de correrías de Enrique. Todo queda en familia.