Estaba sin blanca y no encontraba trabajo, y vio en la Bolsa una posibilidad de salir adelante. Pidió un préstamo, apostó fuerte. La experiencia de Alexander Hurst es la de millones de 'millennials' que han encontrado en las inversiones 'on-line' una alternativa a la falta de trabajo, de vivienda, de futuro... Y la desesperación —unida a la adicción al algoritmo— acaba haciéndolos caer en un pozo aún peor. Él mismo nos lo cuenta.
Jim Armitage
Viernes, 27 de febrero 2026, 10:27
Tenía 29 años y su visa de periodista freelance había expirado; así que tuvo que dejar su trabajo en la emisora France 24 y ... sobrevivir trampeando. «Nunca me había sentido tan inestable económicamente», recuerda el norteamericano Alexander Hurst. «Apenas podía pagar el alquiler». Volver a Estados Unidos no entraba en sus planes, así que en enero de 2020 abrió en su teléfono una aplicación de corretaje de Bolsa llamada Robinhood e hizo sus primeras operaciones. Apenas un año después, su capital superaba el millón de dólares. Se sentía «infalible, mi vida, por fin, iba a cambiar. Un escalofrío de calma y seguridad me recorría de pies a cabeza».
Y, efectivamente, su vida cambió, pero no en el sentido que él esperaba. En poco más de un año lo había perdido todo y debía 100.000 dólares.
Aunque Alexander tenía un máster en Relaciones Internacionales por la London School of Economics, no tenía la preparación para actuar como corredor de Bolsa. Pero, cuando empezó, tenía algo mucho mejor que conocimientos: un soplo. En febrero de 2020, un amigo francés que vivía en Birmania le advirtió que la covid-19 era mucho peor de lo que los europeos creían y que se iban a cerrar fronteras. Esto le dio a Hurst su primera idea de inversión. Pidió un préstamo de 12.500 euros a un banco y empezó a apostar contra las acciones de las operadoras de cruceros, pensando que se desplomarían si la intuición de su amigo sobre las inminentes prohibiciones de viaje era cierta. Empezó con «unos cientos de euros –dice–, luego 1000 euros más, después miles».
Tal como había anunciado su amigo, Europa y Estados Unidos entraron en confinamiento, las acciones de los cruceros se desplomaron y sus ganancias se dispararon. «Para abril tenía 100.000 euros –recuerda–. Fue una locura. Una sensación de '¡guau, puedo hacerlo y no es tan difícil!'». Podría haberlo vendido todo, pero siguió invirtiendo. «El trading se convirtió en mi pasión –dice–. Me metía todos los días. En una época de confinamiento y de aburrimiento total era mi vía de escape. Me sentía bien, ¡y estaba ganando! Me sentía un genio. Las cantidades de dinero crecían tan rápido como mi nivel de ansiedad».
Hurst se enriqueció tan rápido porque apostaba en un tipo de operación de alto riesgo llamada 'opciones': básicamente, apuestas sobre futuras subidas y bajadas del precio de una acción. Estas opciones son tan volátiles que solo las utilizan profesionales formados en la gestión de riesgos. Aplicaciones como Robinhood abrieron este peligroso mundo al público general, añadiendo gráficos y funciones que, según Alexader, lo hacían parecer un videojuego. «Podías ganar fácilmente un 20 por ciento en un día. A medida que mis apuestas aumentaran, ¡eso podría significar 100.000 dólares!».
Por supuesto, había días en que fallaba el tiro, pero eso, lejos de desanimarlo, lo impulsaba a seguir. «Es horrible perder tanto dinero en una tarde, pero la montaña rusa emocional se volvió adictiva». Tanto que, incluso cuando sus apuestas salían bien, se enfurecía al enterarse de las oportunidades ganadoras que había dejado pasar. Le molestaba pensar en todo el dinero adicional que «podría» haber ganado. Esta mentalidad lo llevó a una espiral: empezó a comprar opciones sobre «todo» lo que se le ponía por delante, intentando no perderse ninguna oportunidad, a veces realizando 20 o 30 operaciones simultáneas. Pasaba constantemente de Robinhood a WallStreetBets, un chat de Reddit para traders aficionados. «Mi personalidad empezó a cambiar. Empecé a hablar como un experto en finanzas». Y, aunque tuvo varias relaciones, su constante distracción irritaba a las mujeres con las que salía. «La Bolsa se apoderó mi vida».
A mediados de 2020 apenas dormía por la noche. «Me levantaba de la cama, revisaba WallStreetBets en mi teléfono mientras preparaba café y luego encendía mi ordenador, donde el navegador estaba repleto de pestañas con ideas de inversión».
¿En qué gastó todo ese dinero? ¿Rolex? ¿Coches deportivos? ¿Vacaciones de lujo? Aunque parezca mentira, en nada.
A medida que se acercaba al millón de dólares, empezó a buscar un piso, pero nunca cerraba la operación porque siempre creía que algo más grande y mejor estaba a la vuelta de la esquina. «Empiezas buscando un piso de 50 metros cuadrados por 450.000 euros, pero ganas más dinero y pronto te encuentras viendo uno de 130 metros con terraza en la azotea, y piensas: 'Ahora está fuera de tu alcance, pero dentro de un mes ya no'».
Su último pelotazo llegó gracias al extraordinario aumento del valor de GameStop, una importante cadena estadounidense de videojuegos. La compañía se había convertido en el objetivo de grandes inversores que apostaban a que el precio de sus acciones caería. Estas apuestas, conocidas como 'ventas en corto', tenían sentido: el modelo de negocio físico de GameStop estaba en declive, ya que la mayoría de la gente descargaba ahora sus juegos en línea.
Las ventas en corto funcionan así: un inversor toma prestadas acciones de un accionista actual y las vende inmediatamente, esperando que cuando llegue el momento de devolverlas pueda recomprarlas más baratas en el mercado y quedarse con la diferencia. Sin embargo, si el valor de la empresa sube, en lugar de bajar, ese inversor tendrá que comprar las acciones a un precio más alto, asumiendo pérdidas. Y si las acciones suben mucho, su jefe, banco o corredor acabará poniéndose nervioso y le exigirá que las compre inmediatamente, antes de que las pérdidas se descontrolen.
Alguien en la sala de chat de WallStreetBets detectó que GameStop era una de las acciones con mayor número de posiciones cortas del planeta. La comunidad en línea dedujo que, si suficientes personas compraban acciones, el precio subiría. Convirtieron GameStop en lo que se conoce como una 'acción meme', donde las subidas de valor son impulsadas por las redes sociales y el revuelo en las salas de chat. Cuanto más subían las acciones, más se veían obligados estos grandes inversores a comprarlas para limitar sus pérdidas, lo que impulsaba aún más su valor.
Días después, la fortuna de Alexander superó el millón de dólares, alcanzó brevemente 1,6 millones y se asentó en 1,2 millones al cierre del mercado. Llevaba semanas bromeando con un amigo sobre comprar una isla en la Polinesia Francesa que habían visto en venta por 890.000 dólares. De pronto, ya no era broma. «¡Amigo, la isla! –le escribió–. ¡Podría comprarla de verdad!».
Pero todo se vino abajo apenas un mes después. Era finales de febrero de 2021 y Hurst estaba en Estados Unidos visitando a sus padres. Las acciones de GameStop se habían desplomado, pero eso no era lo peor. Su verdadero problema estaba en las tecnologías verdes. Había apostado grandes sumas por empresas de energía renovable y coches eléctricos, pensando con lógica que la presidencia de Joe Biden traería importantes beneficios fiscales e inversiones públicas para este sector. Hasta ese momento, la estrategia había funcionado.
La jugada más arriesgada de Hurst estaba en una empresa llamada SPAC (una compañía fantasma creada solo para comprar otras empresas), que planeaba adquirir Lucid, un fabricante de coches eléctricos. Un frío día de febrero, todo explotó. En cuestión de momentos había perdido 200.000 de los 300.000 dólares apostados en esa única operación.
Pero la sangría no se detuvo ahí. Los inversores advirtieron algo aterrador: si Lucid estaba sobrevalorada, quizá todas las empresas de tecnología verde también lo estaban. El pánico se extendió. En minutos, las acciones de casi todo el sector se desplomaban mientras Hurst observaba su teléfono con horror. «Me quedé mirando una pantalla roja. Mi mundo se desmoronaba. Sentí un escalofrío», dice. De repente, se dio cuenta de las apuestas descabelladas que había estado haciendo. «¡Tenía un millón de dólares en opciones de compra en una empresa de energía solar! ¿En qué estaba pensando?».
Cuando el valor de su cartera se desplomó 700.000 dólares, salió de casa de sus padres y se tumbó en un montón de nieve, intentando apaciguar su angustia. «Estaba furioso, sudando», explica. Su cuerpo le decía que renunciara, al igual que sus amigos, pero Hurst pidió prestado más dinero para apostar a que sus acciones de energía solar se recuperarían. «Una parte de mí sabía que (los altos precios) eran insostenibles –confiesa–, pero me engañé».
Pasó los meses siguientes en un frenesí comprando y vendiendo todo lo que se le ocurría para recuperarse. Estaba frenético. No podía descansar porque «quería hacer cien operaciones al día. La ansiedad por el dinero siempre estaba en mi mente».
El tiro de gracia llegó en mayo de 2022. Una de sus primeras y más sólidas inversiones –una empresa de investigación con células madre llamada Athersys– admitió que sus ensayos para un tratamiento contra el ictus habían fracasado. Lo que quedaba de sus ganancias se esfumó. «Todo había terminado», dice.
Sin embargo, en lugar de una devastación absoluta, sintió lo contrario. «Una sensación de paz –escribe–. Como si los últimos dos años hubieran sido una carrera frenética hacia algo, y ahora sentía alivio al pensar que podía detenerme y respirar simplemente».
Luego vino la vergüenza. «No quería admitir que había perdido todo ese dinero en unas semanas, lo insensato que había sido. Me sentí como un irresponsable. Al ascender, crees que todo se debe a tu habilidad. Al caer, no hay nadie a quien culpar. Simplemente has sido estúpido».
Además de las pérdidas, Hurst, que ahora tiene 35 años, terminó debiendo a la Hacienda estadounidense unos 100.000 dólares. Desde entonces ha reducido sus deudas a 12.000 dólares.
Pero ¿por qué tanta gente de su edad se deja llevar por riesgos tan grandes? Hurst, que ahora cuenta su caso el libro Generation desperation, afirma que él y otros millennials han actuado movidos por la desesperación y la frustración ante la difícil situación de su generación. Al igual que él, afirma, la mayoría de ellos no lograron ser contratados por grandes empresas que ofrecen buenos salarios. Y quienes consiguieron trabajo en banca, consultoría o despachos de abogados a menudo consideran que sus puestos carecían de significado social. «Puedes conseguir un trabajo como gestor de redes sociales en una gran empresa –cuenta Hurst–, ¿pero es esa tu pasión?». El trading ofrecía una alternativa emocionante.
Además, explica, «los millennials se enfrentan a unos costes de vivienda desorbitados. Puede que tu generación tuviera trabajos de mierda, pero era concebible que pudieras pagar el alquiler o incluso comprar una casa algún día con ese trabajo de mierda». Con los precios de las viviendas tan altos, ahorrar para la entrada de una hipoteca no tiene sentido, afirma. Para personas en su situación puede parecer que la mejor esperanza de tener una casa es asumir grandes riesgos en la Bolsa o en bitcoins (paradójicamente, nunca invirtió en criptomonedas porque era «demasiado arriesgado»).
Los millennials solo han conocido un mundo en «eterna crisis –añade–. La crisis financiera se convirtió en la crisis del euro, luego en la crisis inmobiliaria, la crisis climática, la crisis de la democracia en general, la crisis de la soledad masculina; y, finalmente, en una pandemia». Como resultado, su generación sufre una profunda ansiedad e inseguridad financiera. Quedarse en casa y apostar, mientras se hacen chistes tontos al respecto en Reddit, parecía la opción más atractiva.
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