La pintora María Moreno, con luz propia
«Había nacido para la pintura», dice su marido, el también artista antonio lópez. pero decidió crear a su ritmo, dando prioridad a su familia. Su obra es escasa y excepcional por «su mirada limpia», que «huía de los alardes», explica lópez. Seis años después de su muerte, el Museo del Realismo de Almería le dedica a María Moreno su primera retrospectiva. Hablamos con sus seres más cercanos.
«Eran unos bichos raros», un grupo de amigos, unidos por unos ideales, que se conocieron en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando ... en los años cincuenta y formaron matrimonios entre ellos. Lo integraban los hermanos escultores Francisco López, casado con la pintora Isabel Quintanilla, y Julio, con la artista Esperanza Parada; la pareja de pintores Lucio Muñoz y Amalia Avia, y Antonio López, casado con María Moreno, la artista más enigmática del grupo.
Lo que los hacía 'raros', como los describe Íñigo Navarro, galerista de María Moreno, era que todos ellos (menos Lucio Muñoz) eran pintores realistas en un momento en el que sus colegas –Chillida, Saura o Millares– tenían puesta la mirada en la nueva vorágine de la abstracción y el informalismo. Fue esa excepcionalidad, que estuvieran haciendo algo diferente de lo que dictaba la vanguardia, lo que los convirtió en un grupo tan unido.
María Moreno (Mari) y Antonio López se conocieron en 1954 cuando Antonio asistía al último curso en la Escuela de Bellas Artes y Mari empezaba el primero. «Me enteré de que a Mari le gustaba el ballet y daba clases en un sitio conocido de Madrid, y fui a verla bailar con sus mallas negras. Pero sabía poco de ella, porque no hablaba mucho y no reclamaba tu atención», cuenta Antonio sobre los primeros encuentros con su mujer.
Se casaron en 1961: Mari con 28 años y Antonio con 25. Antes de la boda, ella ayudaba a su madre en el taller de costura. Le gustaba coser e incluso se hacía su propia ropa. «Mi madre estaba mucho en su mundo. No iba de gran organizadora ni te criticaba, no se ponía en primera fila, pero siempre te ayudaba con su presencia. Era generosa y tenía un tipo de valentía muy inteligente», cuenta su hija María.
A Antonio López le cuesta hablar de su mujer, fallecida en 2020 después de más de una década de enfermedad causada por una demencia. Recuerda con alegría la primera vez que descubrió su pintura, al viajar de recién casados a un pueblo de Alicante, Guardamar del Segura, para pintar el mar. «Cuando la vi, pensé: '¡Pero si esta mujer pinta mejor que yo!'», cuenta riéndose.
Es casi un milagro que en la exposición se puedan ver los dos primeros cuadros que pintaron juntos frente a esa playa con unas chozas en Alicante. Fue María López quien localizó el cuadro de su madre en una colección en Alemania y lo intercambiaron por una obra de Antonio.
«El mío está pintado muy habilidoso, pero el de ella tiene un brillo y una simplicidad verdaderamente emocionante. Me emocionó ver cómo lo hacía y me sigue emocionando ahora», relata Antonio.
«Cuando la vi pintar, pensé: '¡Si esta mujer pinta mejor que yo!'», dice Antonio riéndose. Pero «no tenía ambición, en el buen sentido»
Ya era hora de que la obra de María, dispersa por distintas colecciones, se reuniese en una exposición. «Sí, desde luego –afirma María López–. Mi madre no tuvo una galería fija y su obra se exponía sobre todo en las colectivas. Pero hizo una mítica exposición con Claude Bernard en París en 1992. El famoso galerista se enamoró de su obra y le compró la exposición entera. Le propuso hacer una segunda, pero yo creo que no estaba preparada, que pensaba que tenía que pintar por pintar para llenar la exposición. Y ella pintaba cuando lo veía claro. Podía haber pintado mucho más, pero se ocupaba de sus padres, de mi hermana y de mí, de mi padre… Tenía otras prioridades personales, sentimentales o afectivas».
María Moreno, dice su familia, no quiso tener una verdadera carrera como pintora. «Para ella, el amor era lo más importante de todo. Lo primero era la gente que quería, antes que su trabajo como pintora», dice Antonio López. «Era una mujer sin ambición en el buen sentido, que tenía un fondo religioso muy profundo. Próximo a lo mágico. Era algo muy singular de ella».
Antonio López es el que más rápido despegó de aquel grupo de pintores realistas, aunque, como él mismo afirma, «Mari tuvo desde muy pronto adoradores». Es a partir de 1970 cuando Antonio empieza una carrera internacional sin igual, al ser fichado por Marlborough, la galería más importante de la época.
¿En qué se parecían su manera de pintar y la de Mari? «Yo he sido mucho más especulativo que Mari. Me he apoyado y he usado el arte de los demás, como lo hicieron Picasso o Dalí. Me he apoyado en artistas que me han emocionado muchísimo, hasta conseguir apartar todo ese contagio. Mari no tuvo esa lucha, no tuvo esas tentaciones, no se apoyó en esas miradas para hacer su trabajo. Fue, en ese sentido, una persona más fiel a su propia forma de trabajo. Eso es un milagro. La conquista del mundo real como lugar desde donde salen todas las cosas. A mí me ha costado años. En Mari, no hay nada de eso. Es una pintura absolutamente limpia, una virtud enorme en el arte. Es como podía ser la pintura prehistórica».
Íñigo Navarro dirige la galería que fundó su padre, Leandro Navarro, a finales de los setenta, y tanto él como su padre forjaron una gran amistad con el matrimonio y su hija María, al ser galeristas de María Moreno.
«Era una pareja muy unida. Ella seguía a Antonio con una pasión y un entusiasmo increíbles; creía en él más que en nadie. Era impresionante cómo hablaba de él, con qué profundidad analizaba sus logros, su obra. Y a la inversa también. Es muy emocionante oír a Antonio hablar de Mari. Siempre decía que había algo casi enigmático en su obra que era imposible de definir».
Y es que María Moreno encontró un lenguaje muy particular. La diferencia radica, según los expertos, en que era una pintura muy pura, una obra a la que solamente se puede llegar, según Navarro, «estando muy en paz y teniendo una mirada muy limpia». Como la de Mari, «sin más ambición que hacer una gran obra», explica su hija.
María Moreno produjo poca obra. Y, además, «desaparecía enseguida del mercado: acababa en manos de Antonio, que tenía obsesión por comprarla toda», explica su galerista
También resalta eso su viudo: «Era muy fiel a sus sentimientos como pintora. Hay mucho arte muy bueno que está basado en el alarde, en hacer algo para conquistar y seducir a los demás. Yo mismo lo busco, pero a ella eso no le preocupaba», apostilla.
¿Artistas a la sombra de sus maridos?
María Moreno, al igual que sus amigas Amalia Avia, Isabel Quintanilla y Esperanza Parada, creó una obra de gran calidad, y María López refuta que se hable de ellas como «artistas silenciadas», «a la sombra de sus maridos». «En el caso de mi madre no se ajusta a la realidad. Parece que ahora es un descubrimiento, cuando ella y la mayoría de esas artistas han tenido todo el éxito y reconocimiento en vida. Es verdad que las mujeres no lo tuvieron fácil, pero ¿quién lo tiene fácil en el mundo del arte?», se pregunta.
«Mari tuvo la dificultad añadida de ser la mujer de un artista tan grande como Antonio. Pero siempre tuvo muchos seguidores, apasionados de su obra. Tener un cuadro de María Moreno era un privilegio y siempre hemos vendido a buenas colecciones –afirma Íñigo Navarro, su galerista–. Recuerdo venderlos en la época por cuatro o cinco millones de pesetas. Todo lo de ella se vendía y lo sigo vendiendo. He rescatado hace poco unos dibujos suyos en Alemania y no me han durado nada».
Sin embargo, la singular carrera de María Moreno hizo que tuviera una producción muy escasa y, además, ese pequeño cuerpo de obra en el mercado desaparecía enseguida porque acababa en manos de Antonio, que «tenía obsesión por comprar toda su obra», añade Navarro.
María sufrió en los últimos años un deterioro lento: la demencia empezó a aparecer unos doce años antes de su muerte. «Esta enfermedad empieza sin saber lo que es –explica su hija–; no sabes si son despistes o está deprimida... Al principio ella era consciente de lo que le estaba pasando y era durísimo».
«No se quejaba nunca, pero notabas que lo pasaba muy mal –apostilla Antonio–, a veces la veía con una cara muy atormentada, sobre todo cuando empezó a notar que algo pasaba. Luego entró en un espacio que estaba como fuera del mundo». Y añade: «Yo tengo 90 años y, aunque tengo mis hijas, mis nietos y mi trabajo, no me ha quedado prácticamente ningún amigo. Y también ha desaparecido esa amistad de pareja que tenía con ella. Y eso no tiene recambio. Tengo gente más joven que yo que me ayuda, pero no es igual. Me falta lo que te da una persona a la que amas. Si la quieres de verdad, la amistad no se acaba nunca; deseas estar con esa persona pase lo que pase».
Ahora, ante la exposición de María Moreno, Antonio insiste con firmeza en que no se debe exagerar a la hora de describirla. «Los españoles tendemos a exagerar para que la gente lo entienda mejor. La vamos a traicionar si exageramos».