El descanso altera nuestro cerebro… Para bien. Sobre todo si sabemos cómo estimularlo. Cuatro claves para convertir las vacaciones en algo inolvidable.
El economista conductual Dan Ariely afirma que un viaje se compone de tres etapas: las semanas o meses de anticipación, el viaje en sí mismo ... y la nostalgia que se experimenta durante años. Para disfrutar al máximo, hay que tener en cuenta las tres. La anticipación estimula una de las regiones cerebrales de procesamiento de recompensas llamada 'núcleo accumbens'. Y es que la dopamina, el neurotransmisor del placer, no solo se libera cuando hacemos algo divertido, sino cuando esperamos hacerlo. Por eso somos más felices el viernes que el domingo.
El psicólogo Daniel Kahneman ha demostrado que juzgamos nuestras experiencias por lo que sucedió en los momentos destacados y al final. Es un atajo mental para ahorrar energía. En lugar de recordar todo con detalle, editamos nuestro propio resumen. Y el hecho de que esta recapitulación sea positiva o negativa depende de los momentos culminantes y finales. Por eso conviene terminar las vacaciones con un broche especial, como una cena de despedida o una caminata panorámica.
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Los entornos novedosos mejoran la función de las regiones cerebrales asociadas con el aprendizaje y la memoria, la creatividad y el pensamiento crítico. Y promueven el crecimiento de nuevas células cerebrales, lo que ayuda a postergar la neurodegeneración y el deterioro cognitivo. Las minucias de la vida cotidiana durante un viaje, como, por ejemplo, aprender unas palabras en un idioma diferente, probar una nueva comida o dar un paseo por calles que no conocemos, desencadenan un auténtico festival de sinapsis.
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Una experiencia novedosa, como un bautismo de buceo, bailar salsa o hacer paddle surf, modifica nuestra percepción del tiempo. Los neurocientíficos afirman que cuando nos encontramos con algo estimulante el cerebro se centra en ello. Como resultado, los recuerdos se fijan mejor y el tiempo vuela. Esto sucede porque en nuestro cerebro hay dos relojes: el biológico, que marca los ritmos metabólicos del sueño y la vigilia; y el emocional, que suele llevarle la contraria al ritmo cardíaco: sus 'manecillas' van más rápido con las emociones positivas (menos pulsaciones) y más lento con las negativas, como el miedo o el disgusto, que, sin embargo, aceleran nuestro corazón.
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