Los salvajes años 60 en Hollywood: cuando hasta Harrison Ford era camello…
Pendenciero, promiscuo, encantador y el alma de la fiesta. Así era el Harrison Ford de la década de los 60, que ahora recupera un libro con jugosas anécdotas. Un buscavidas que sobrevivía entre pequeños papeles, trabajos de carpintería y la hierba a domicilio.
Ya sabíamos que Harrison Ford se había ganado la vida como carpintero (construyó, por ejemplo, el porche de la escritora Joan Didion) antes de convertirse ... en estrella de cine, pero un libro reciente (Didion y Babitz, de Lili Anolik) nos ha dejado jugosas anécdotas sobre los años 60 que dan una idea de lo salvaje que llegó a ser Han Solo antes de embarcarse en una relación estable con Chewbacca.
«Yo ni sabía que él era actor —cuenta en sus páginas la escritora y artista visual Eve Babitz—. Me arrastraron a ver La guerra de las galaxias una mañana. Estaba ahí sentada y de repente apareció Harry y grité: '¡Pero si es el que me vende la hierba!'».
Ford llegó a Los Ángeles en 1964, con 22 años, acompañado de su esposa Mary Marquard, con la que se acababa de casar (se divorciarían en 1979), y se hizo carpintero, en primer lugar, para hacer arreglos en su propia casa. Pero como necesitaba el dinero, y se le daba especialmente bien, se convirtió también en el carpintero de alguna gente que conocía. Y como él era aspirante a actor y entonces Hollywood era un pañuelo, resultó que muchos de ellos eran famosos.
Ford, que alternaba los encargos de carpintero con el trapicheo, solía llevar su 'producto' en la funda de un contrabajo, vivía en un tipi en la granja de unos amigos para los que construyó un corral en concepto de alquiler, aunque los fines de semana acudía fielmente al hogar para estar con su mujer y sus hijos.
Entre sus clientes estaban los miembros de The Mamas and the Papas y Jim Morrison (a quien proporcionaba ambos servicios: carpintería y drogas). Babitz cuenta en sus testimonios que Joan Didion y su marido, John Dunne, «dejaban que Harrison hiciera lo que quisiera en lo que respecta a la carpintería». «Así que tuvieron que esperar años a que acabara el balcón o el porche o lo que fuera porque él siempre andaba por ahí tirado fumando hierba —recuerda—. El único que comprendió cómo había que tratarlo para que hiciera su trabajo fue Fred Ross».
¿Y quién era Fred Ross? Otro secundario de aquel nuevo Hollywood autoral, (el de Moteros tranquilos, toros salvajes: Scorsese, Spielberg, Friedkin, De Palma…) y también novio intermitente de Babitz, que iba a ser el director de reparto de American Graffiti (1973), la primera oportunidad de Ford, y posteriormente el asesor de casting de La guerra de las galaxias (1977). «Fred se compró una casa en Laurel Canyon que se caía a trozos, había que renovarla entera. Así que hizo que Harrison acabara todas las tareas que le encargó y solo entonces convirtió a Harrison en una estrella del cine».
Anécdota a anécdota, la periodista Lili Anolik nos ofrece en Didion y Babitz (Random House) un burbujeante retrato de una época y una ciudad (Los Ángeles), pero también de un Harrison Ford casi tan pendenciero, promiscuo y encantador como el propio Han Solo (pero con barba y el pelo largo), que nos recuerda (sobre todo) al actual de 84 en su mirada pícara.
Incluso acerca de la capacidad sexual del actor Babitz se queda a gusto en su explícito testimonio: «Lo que tenía Harrison es que podía follar con unas nueve personas al día...». Y una de ellas era la propia escritora, que nunca dejó de ser su amiga hasta el fin de sus días y que recibió su ayuda en sus días más difíciles.
En 1997, Babitz sufrió enormes quemaduras por todo su cuerpo en un terrible (y estúpido) accidente con un cigarrillo y un vestido sintético inflamable que le dejó secuelas hasta su muerte. La escritora, en horas precarias y sin seguro médico, tuvo que apoyarse en sus viejos amigos y Harrison Ford fue uno de los más generosos.
La hermana de Babitz, Mirandi, le contó a la escritora postrada en la cama de hospital que Harry acababa de mandar un cheque de 50.000 dólares. A lo que Babitz, con su socarronería habitual, le contestó que no le extrañaba, pues habría sido en concepto de «mamadas» de aquel salvaje L.A. de su juventud, en donde «una nunca sabe si le ha llegado la inspiración o solo ha sido la cocaína».