Victoria Cirlot
«Si Rosalía anima a que se lea a las místicas, bienvenida sea»
Mitos artúricos, mística femenina… La obra de la medievalista Victoria Cirlot ha renovado la manera en que entendemos la Edad Media. Hija de una figura clave de la vanguardia de posguerra, nos recibe en su casa para hablar del grial, de espadas e incluso de Rosalía y de por qué las santas del siglo XIII le resultan 'sexy' al mundo contemporáneo.
La luz y los libros son protagonistas del apartamento de Victoria Cirlot, en la frontera entre L'Example y el barrio de Gràcia, en Barcelona. ... Todos los balcones están abiertos y por las habitaciones de la casa suena la música de Gurdjieff, un piano orientalizante y meditativo que nos acompañará durante la conversación. «Para trabajar, cada vez necesito música más minimal –explica mientras sirve café–. Ahora, a quienes han sido mis compañeros de siempre, Schönberg, Wagner, Mahler, solo los puedo escuchar sin hacer nada más que eso: escuchar».
Victoria Cirlot (Barcelona, 1955) es catedrática de Filología Románica en la Universidad Pompeu Fabra y ha escrito numerosos libros acerca de novela artúrica, el mito del grial, las autoras místicas y la tradición visionaria de Occidente. En su obra ensayística establece vínculos entre la Edad Media y la modernidad, aunque sus inicios como investigadora los dedicó a algo mucho más mundano: el armamento catalán del Medievo y, en concreto, a la lanza con función de choque.
En su salón cuelga una espada merovingia y, sobre un aparador, se exhiben hachas y espadas cortas de la Edad de Bronce que acaricia con delicadeza. «Es lo que heredé de mi padre. Son de mil años antes de Cristo. Lo que más me fascina de ellas es su pátina verde, su tacto... Siempre quise los bronces. Los amo absolutamente».
«La curiosidad es un principio moderno. En el mundo medieval se aprendía por amor»
Victoria es la hija menor de Juan Eduardo Cirlot (Barcelona, 1916-1973), una figura clave de la vanguardia poética y artística en la inmediata posguerra, y el autor del famoso Diccionario de símbolos, del que Siruela ya ha publicado 28 ediciones (apareció en una de las fotos que Rosalía colgó en Instagram durante la grabación de su último disco, Lux). En estos días, dos nuevos libros de Victoria Cirlot coinciden en las librerías: Imágenes negativas. Las nubes en la tradición mística y en la modernidad (Siruela) y Marginalia, un conjunto de prosas breves y heterogéneas publicado por Vaso Roto.
XLSemanal. ¿Por qué nos ha fascinado y nos sigue fascinando tanto el grial?
Victoria Cirlot. Porque resume toda una idea propia de la cultura europea occidental, que es la de la vida como búsqueda. La novela artúrica construyó una idea que ha perdurado: la del caballero que se interna solo en el bosque.
XL. ¿Y qué busca en el bosque?
V.C. Lo que no puede encontrar, porque si lo hallase de inmediato esa exploración dejaría de tener sentido.
XL. ¿La pérdida de Jerusalén influyó en la creación del ciclo artúrico?
V.C. Claro, porque la pérdida genera siempre una respuesta muy imaginativa en el ser humano. Hoy, nosotros no podemos ni imaginar lo que significó la pérdida del Santo Sepulcro y Jerusalén para Europa en la Edad Media, pero fue algo traumático. El Papa escribió una carta que circuló por todo Occidente en 1180, en la que ya anunciaba que se iba a perder el Santo Sepulcro porque la situación histórica de la monarquía en Jerusalén era muy débil y Saladino estaba cerca. Muy poco después, Chrétien de Troyes publica el primer título del ciclo artúrico, Perceval o el cuento del santo grial. Así que el Santo Sepulcro fue un objeto de búsqueda real en la sociedad del siglo XIII, mientras que el grial fue un objeto de búsqueda en la imaginación literaria.
XL. ¿Convertirse en medievalista tuvo que ver con su padre?
V.C. Sí, con él y con todo lo que he vivido en casa. Cuando mi padre muere, yo solo tengo 18 años, y haber dedicado mi vida al estudio tiene que ver con su ausencia, porque para mí ha sido una manera de recuperarlo. Podría haber elegido estudiar su obra, pero preferí hacer mi propio recorrido y allá donde voy acabo encontrando puntos de convergencia no premeditados con lo que él vio, leyó o escribió.
XL. ¿Por ejemplo?
V.C. Desde que me acerqué a Hildegarda de Bingen (mística, compositora y filósofa alemana del siglo XII), uno de mis temas de estudio ha sido la experiencia visionaria. Me intrigaba saber: «¿Cómo se puede provocar una visión? ¿Cómo se alimenta?». Que en el fondo es la misma pregunta que se hacían Max Ernst y los surrealistas: «¿Cómo forzar la inspiración?». Investigando, me topé con las lecciones de Leonardo da Vinci. Él cuenta que sus discípulos le preguntan: «Maestro, ¿qué debemos pintar?». Y lo que Leonardo les contesta es: «Debéis colocaros delante de un muro y mirar atentamente las grietas. De ahí nacerán las auténticas escenas». Años después leí en el catálogo de una exposición de Tàpies un artículo donde mi padre escribía sobre el muro de Leonardo. Para mí, ahí aparece claramente un lugar de encuentro entre nosotros que me lo trae de vuelta.
XL. ¿Cuál es el principal malentendido que seguimos teniendo acerca de la Edad Media?
V.C. Hay tantas cosas que no entendemos… El pasado siempre te sitúa en eso que llamamos 'alteridad radical'. A mí me parece importante que el objeto de estudio lo restituyas en su mundo, pero también te ha de interesar por cómo interactúa con el tuyo. Lo contrario no es más que una erudición hueca. La única cuestión importante, lo dice Gadamer, es preguntar bien.
XL. Decía en una conferencia que en nuestra época la curiosidad tiene prestigio, pero que en la Edad Media no se consideraba una forma legítima de acercarse al conocimiento. ¿Por qué?
V.C. Porque no era suficiente. La curiosidad es un principio moderno. Hay algo que me intriga, quiero saber qué pasa. Necesito saber lo que hay más allá y por eso transgredo un límite. Esa curiosidad es la que lleva a Ulises a naufragar y acabar en el infierno de Dante.
«La pérdida siempre genera una respuesta imaginativa: en la Europa del siglo XII el trauma de la pérdida de Jerusalén dio lugar a la novela artúrica»
XL. Pero Dante también quiere conocer, por eso precisamente se adentra en el Infierno.
V.C. Sí, pero no baja al infierno por curiosidad, sino por amor a Beatrice. En el canto quinto se encuentra con Ulises, que está en el infierno porque ha vuelto a salir de Ítaca para ir al fin del mundo, que son las columnas de Hércules, o sea, Gibraltar, 'solo' por curiosidad. En la modernidad, por curiosidad se crea la criatura en Frankenstein, seguimos investigando porque queremos saber qué pasará con la IA y después de la IA también... Es legítimo y es inevitable. En el mundo medieval, sin embargo, se establece un vínculo muy potente entre amor y conocimiento. Se debe aprender por amor porque estamos ante un mundo cristiano en donde lo que prevalece, sobre todo, es el mensaje del Nuevo Testamento. Dios es amor, lo dice Juan. O «volentat ama co que l'enteniment enten» ('la voluntad ama lo que el entendimiento comprende'), que decía Ramon Llull.
XL. ¿Cuándo se banaliza el amor?
V.C. Como vivimos en una sociedad que se dedica a banalizarlo todo, es difícil decir cuándo. Yo creo que uno de los grandes problemas de nuestro mundo es que hay mucha confusión. Hemos construido técnicas magníficas para llegar a la información. A veces es falsa, pero parece que da igual. En general podemos llegar al conocimiento a toda prisa, pero es un conocimiento sin orden. Y eso genera una gran confusión.
XL. ¿Cuál es la diferencia entre una visión y una alucinación?
V.C. Según Ernst Benz, la diferencia es que la alucinación no deja huellas, y la visión sí. Afecta directamente en la orientación de la vida y repercute sensiblemente en la creatividad del individuo que tiene la visión.
XL. ¿Y por qué hay más místicas que místicos?
V.C. Para mí, la explicación más convincente es la que dio el padre Giovanni Pozzi, quien consideró que en el siglo XIII había una crisis religiosa. Y esa crisis lo que exige es que el conocimiento de Dios no sea únicamente una cuestión teológica, sino que provenga de la experiencia. Y esto fue algo que recayó en las mujeres.
XL. Pero ¿por qué sobre ellas?
V.C. Porque las mujeres eran indoctas, iletradas, como ellas mismas dicen, aunque muchas en realidad sí habían estudiado (Hildegarda sin duda y otras también), pero las había analfabetas, como Ángela de Foligno. Nunca sabremos qué hacía Hildegarda en su celda con sus tablillas de cera mientras tenía las visiones, si escribir o dibujar. Pero es un hecho que muchos hombres se sintieron fascinados ante la experiencia de Dios de aquellas mujeres y las animaron a que escribieran sobre lo que estaban viendo y viviendo.
XL. No a todas las animaron. Santa Teresa tuvo que lidiar con sus confesores para poder hacer las cosas a su manera.
V.C. Sí, Teresa lidió muchísimo. La estrategia de Hildegarda para que la dejaran hacer lo que quería era la enfermedad. Hildegarda empezó en una celdita al lado del monasterio masculino. Pero la celda se fue llenando de monjas y, cuando ya vivían con ella 19, dijo: «Nosotras nos vamos». Las autoridades le contestaron que ni hablar y ella se puso catatónica hasta que le hicieron caso. Está claro que las mujeres han tenido que desarrollar estrategias muy variadas para poder sobrevivir en una cultura patriarcal.
XL. Sin embargo, algunas interpretaciones en el siglo XX hablan de que aquellas visiones o experiencias físicas eran más bien ataques de histeria…
V.C. Eso son precisamente proyecciones de algo que no se entiende. El mundo medieval poseía una idea de realidad muy distinta a la que se forja a partir del siglo XIX, que proclama que la única realidad existente es la material. En las pacientes consideradas histéricas que trató Charcot en el hospital de la Salpêtrière (siglo XIX) hay descoyuntamiento de miembros y en la iconografía de las místicas también. Por eso se han establecido paralelismos, pero las histéricas no escriben libros acerca de sus experiencias porque no tienen ninguna.
XL. La hermana de Rosalía, que es una gran aliada de la artista en todo lo que hace, acudió a uno de sus cursos sobre literatura medieval mística. ¿Le ha gustado la elaboración de la mística que ha hecho la artista en su disco Lux y en el concierto?
V.C. Es un espectáculo muy bien montado y Rosalía es una performer absoluta, pero yo no veo liturgia en el concierto, sino elementos dispersos de la tradición cristiana muy bien trabajados. Y eso me gusta, porque creo que las obras adquieren sentido en el diálogo con la tradición. Su disco no me parece místico, pero si Lux funciona como un estímulo para que la gente se interese por los textos de Hildegarda de Bingen o de Juliana de Norwich, bienvenido sea.
Heridas y herencias de vida, no de muerte
Victoria Cirlot recuerda el despacho de su padre, el poeta Juan Eduardo Cirlot (fotografiado por Leopoldo Pomés, en 1958), lleno de cuadros y de espadas, «siempre con las puntas hacia arriba, porque eran símbolos de vida, no de muerte. Él tenía lo que en psicología llaman 'pasión objetual' —explica la medievalista—. Es decir, para mi padre el objeto era una necesidad real y su despacho, un lugar donde los objetos vivían. Por ejemplo, cuando tenía que hacer un artículo de un pintor, necesitaba tener un cuadro suyo y se lo decía tranquilamente: 'Saura, mándame algo porque, si no, no te escribo nada'».