La vida masoquista de la marquesa de Sade
El marqués de Sade fue encarcelado varias veces por flagelar y sodomizar a mujeres. Su esposa, con la que tuvo tres hijos, lo defendió, protegió y cuidó durante 27 años, aun cuando una de sus amantes fue su propia hermana. Un nuevo libro analiza la perversa relación del sádico marqués y su devota esposa.
La chica le pareció fea y sosa cuando se la presentaron. Le gustó más su hermana pequeña, Anne Prospére, de 12 años entonces. Pero Alphonse ... Donatien François de Sade accedió a casarse con la 'fea'. Por conveniencia. Los Sade eran aristócratas de pedigrí, pero no tenían dinero, mientras que los Montreuil eran solo 'nobles de toga' —los blasones eran nuevos—aunque tenían posición y fortuna. El padre de la novia, Claude Renée Cordier de Launay de Montreuil, era presidente del Tribunal de Impuestos de París. Y los Montreuil, además, tenían dinero, gracias al comercio con la India y sus negocios manufactureros en Orleans.
Su mujer pasaba hambre para enviarle ropa, libros y las mejores viandas a la cárcel. Le proporcionaba todo lo que pedía. Él correspondía «con las cartas más sádicas», según su biógrafa
A Sade le convenía ese matrimonio: su familia se asfixiaba en deudas y a él le gustaban los excesos. Hizo buena boda: durante 27 años (de 1763 a 1790) su mujer, Renée-Pélagie Cordier de Launay de Montreuil, perdonó sus infidelidades; justificó sus delitos y perversidades; sufragó sus deudas; malvivió para que él engordara con las mejores viandas mientras estuvo en prisión; lo ayudó a fugarse; soportó sus insultos, abusos y humillaciones hasta límites intolerables… O era masoquista o no se entiende su comportamiento.
¿Participó también de las orgías en las que Sade flagelaba, sodomizaba y golpeaba a jóvenes prostitutas y sirvientas? Margaret Crosland, autora de Marquesa de Sade (Gatopardo Ediciones), cree que las presenció aunque no participó.
Que lo encubrió y ayudó hasta lo incomprensible, de eso no hay dudas. Vivió esta mujer una transformación mental digna de estudio psiquiátrico. Según Margaret Crosland, parte de la explicación de su sumisión y total devoción amorosa se debe a que antes de casarse con Sade fue la modosa hija de una madre dominante y muy controladora, y ponerse del lado de su marido era una manera de plantarle cara a su madre.
Al principio, los Montreuil estaban felices con su yerno. Esa boda daba lustre a la familia y a madame Montreuil eso le importaba mucho. A Renée la habían educado para ser una mujer decente y una buena esposa. De niña se formó en un convento. Aprendió rezo, recato, modales, baile, canto y teatro. Su juventud transcurrió en un ambiente estricto, bajo la vigilancia de aquella madre autoritaria. La imaginamos bordando y yéndose temprano a la cama.
Era bajita, morena, de ojos grises «y andares masculinos», dice Crosland. No era lo que buscaba Sade, pero él poco aportaba aparte de la sangre azul: «No tenía más que un título y una pésima reputación», según la biógrafa de la marquesa de Sade.
Sus padres no se habían ocupado de él cuando era niño. Como era díscolo y difícil pasó de mano en mano. Lo malcriaron sus tías y doncellas. Se forjó así un tirano narcisista, buscador del dolor ajeno (dio nombre al sadismo) y un eficaz seductor, con un sorprendente atractivo para las mujeres: muchas lo protegieron a lo largo de su tempestuosa vida.
Tras casarse, Sade quedó encantado con los cuidados de los Montreuil. Le daban incluso lástima: «Lo siento mucho por ellos porque hacen una pésima adquisición», dijo. Por primera vez conocía la vida familiar. Y la disfrutó: en el castillo de los Montreuil, en Normandía, se dedicó a dormir, leer, cazar ciervos, comer...
Pero pronto comenzaron sus escapadas. En octubre –cinco meses después de la boda– lo detienen por encerrar y flagelar a Jeanne Testard, prostituta de 20 años. Inmediatamente, Renée y su madre activan sus agendas de contactos para liberarlo. Arranca la perversa relación de sumisión y maltrato entre Sade y su mujer: su matrimonio duró 27 años, pero no convivieron mucho (aunque les dio tiempo a tener tres hijos) porque Sade estuvo preso 14 años, 13 de ellos seguidos.
Su mujer estuvo ayudándolo, escribiéndole, sosteniéndolo... queriéndolo hasta 1790, cuando Sade quedó en libertad gracias al revolcón legal de la Revolución francesa. También volvieron a encarcelarlo después –estuvo preso en Francia durante la monarquía, la República y el Imperio, en total pasó otros más de 20 años de su vida entre rejas–, pero entonces fue por sus libros obscenos. Renée, además, ya se había separado de él.
Madre e hija enfrentadas
El comportamiento de la marquesa de Sade es extraño. Le consintió todo durante 27 años y luego lo dejó para siempre. También su madre vivió un cambio en su relación con Sade. Durante los primeros años del matrimonio, madame de Montreuil excusa y encubre al marqués. Pero se convierte en su enemiga cuando Sade se fuga con Anne Prospére, la hermana pequeña de su mujer. A la suegra de Sade le parece imperdonable porque esa relación escandalosa dificulta que la chica se case con un buen partido.
A partir del enredo con su hija pequeña, madame Montreuil se convierte en enemiga y perseguidora de Sade, lo que la enfrenta a su propia hija, que se erige en fiel escudera de su marido. «Renée había empezado a amar a su marido con ese amor perfecto que no conoce el miedo», según Margaret Crosland. El escritor Yukio Mishima, que escribe en 1965 la obra Madame de Sade, imagina así la extrema veneración de esta mujer: «Si mi marido es un monstruo de inmoralidad, yo tengo que ser un monstruo de devoción».
Emitía algo especial Sade. Guillaume Apollinaire dijo de él que era «el espíritu más libre que haya existido». Era ateo, contrario a la religión y al poder. En sus novelas Justine o las desgracias de la virtud (1791) y Juliette o las prosperidades del vicio (1797) muestra su idea de que el mundo es amoral y en él prosperan los malvados, mientras que los virtuosos son víctimas. Desprecia al débil y defiende la apatía frente al dolor ajeno. Pero, paradójicamente, según Margaret Crosland, «estuvo toda la vida rodeado de mujeres que ejercieron poder sobre él».
Vende sus joyas para visitarlo
Cuesta creerlo en el caso de Renée: en su abundante correspondencia con Sade se repite el patrón de la amorosa devoción de ella y los desdenes, quejas, protestas e incluso celos de él.
Uno de sus casos más sonados fue el de Rose Keller. A Sade lo apresan en 1768 acusado de haberla flagelado, hacerle cortes con un cuchillo y verter luego cera caliente en ellos. La reacción de Renée fue vender sus joyas para visitarlo en la cárcel. Y pagó a la víctima una jugosa cifra para cerrar el caso. Sade salió de la cárcel y durante muchos años recriminó a su mujer que «había pagado demasiado. [Rose Keller] era una prostituta, ¿por qué todo ese lío par le cul d'une putain?».
Al año siguiente del episodio de Rose Keller, nació el segundo de los hijos de los marqueses de Sade. Todo lo perdonaba Renée. «Si Donatien sufría, ella intervenía», explica Jean Jacques Pauvert, editor y experto en Sade. En 1772, al marqués lo condenan a muerte en Aix-en-Provence in absentia (él había huido a Italia) acusado de sodomizar y envenenar a dos chicas.
Renée pide préstamos, sostiene los gastos del castillo de La Coste, vende la plata, padece el hostigamiento de los acreedores... Y cuando después prenden a Sade se disfraza de hombre para ir a visitarlo, aunque no lo logró. Se desvive por él. Se enfrenta, además, a su madre, perseguidora del marqués. «Se dejaría descuartizar antes que hacer nada que pudiera perjudicarle», dice Crosland.
Niega ser «la directora de los placeres de su marido», explica su biógrafa. Pero sabe de sus desmesuras. En sus idas y venidas a la cárcel el marqués mantuvo sus aficiones: el teatro, la lectura y la escritura, y las sesiones de sexo violento.
Se cree que dejó embarazada a Nanon, el ama de llaves del castillo de La Coste. Y que por eso Renée la despidió y acusó de robo sabiendo que era inocente. Estaba celosa.
Durante los primeros años del matrimonio su suegra también le excusa y encubre, pero se convierte en su enemiga cuando Sade se fuga con la hermana pequeña de su mujer, pues esa relación escandalosa dificulta que la chica se case con un buen partido
Su escudo protector no cubría a las mujeres que acusaban a su marido. «No hay pruebas de que Renée sintiera compasión por las chicas víctimas de los abusos de Sade», afirma Margaret Crosland.
Renée es arrogante y displicente con criados mientras se arrodilla ante Sade, a quien venera de una manera absoluta, desinteresada, «a veces abyecta y rayana en el masoquismo», dice Crosland.
Relega todo por él. A sus hijos los crio la abuela materna. Se olvida de sí misma. Se muda a un frío convento porque está arruinada. Pero se las arregla para enviarle a él abrigo, pomada para las hemorroides, medias, palillos de dientes, jabón, guantes, velas, pantuflas, agua de colonia y comida en abundancia como tuétano de buey, mermelada de albaricoque, jalea de manzana o cerezas. Todo lo que pedía, ella se lo hacía llegar. Incluso se plantea organizar una fuga sufragando de su ya exiguo bolsillo jinetes, carruajes, documentos y sobornos.
A cambio, Sade le correspondía «con las cartas más sádicas», dice la biógrafa de la marquesa. Nunca estaba satisfecho con los envíos, pedía libros, más comida... La martirizaba.
Y a ella todo en él le parecía perfecto. Hasta que empieza el cambio. Progresivo. Hicieron mella en Renée las incesantes acusaciones de traición de Sade, iracundo en sus celos; influyó el que, en 1787, el tribunal de Châtelet de París le diera, por fin, la tutela oficial de sus hijos y de los bienes de Sade. Le afectaron también las convulsiones que vivía Francia. Renée se encuentra sola en París durante el estallido de la Revolución. Ve escenas de violencia, tiene miedo. Decide irse al campo porque cree que allí habrá más comida.
Sade estaba preso en La Bastilla, pero pocos días antes del 14 de julio de 1989 lo trasladaron a Charenton Saint-Maurice, un hospicio para enfermos mentales. Cuando lo liberaron, el 2 de abril de 1790, Renée había pedido el divorcio, legalizado por la Revolución. Lo consiguió. Sade, además, debía devolverle la dote.
No lo vio nunca más. Se retiró al castillo de su familia en Normandía, abandonado pero en pie tras la Revolución. Renée murió en 1810, a los 69 años. Sade no le devolvió ni un franco y se fue con otra más joven, a pesar de su cuerpo deforme. Y lo volvieron a encerrar. El marqués murió en 1814, a los 74 años, obeso y casi ciego, en el asilo psiquiátrico de Charenton. A su lado estaba Marie-Constance Quesnet, su compañera de las últimas dos décadas, que se había internado con él para cuidarlo. Otra Renée.