Historia íntima de una familia rota
Historia íntima de una familia rota
Viernes, 23 de Enero 2026, 10:48h
Tiempo de lectura: 7 min
Cuando era niño, Nick sufría rabietas incontrolables y su padre tenía que abrazarlo con fuerza para que se calmara. Era el mediano de tres hermanos y nunca le faltó cariño familiar. De hecho, algunos amigos lo veían como «un niño mimado» y pensaban que sus pataletas –que se prolongaron hasta los 12 o los 13 años– se toleraban en exceso. Para sus padres, Nick era solo un niño difícil que necesitaba una atención especial.
A los 14 años, Nick empezó a consumir drogas. Sus padres se enteraron cuando un amigo de su hijo acabó en el hospital después de tomar Percocet (un cóctel de oxicodona, paracetamol y Xanax). Años después, Nick reconocería que ya entonces no solo se colocaba con medicamentos –habituales en los botiquines de las grandes mansiones de Hollywood–, también robaba dinero en casa. En una ocasión, les quitó 200 dólares a sus padres para pagar a una prostituta y perder la virginidad.
El día que Nick cumplió 15 años, Rob y Michele lo enviaron a rehabilitación. Pero aquello no funcionó. En el centro compartía habitación con un heroinómano que se pasó cuatro meses contándole las maravillas de inyectarse, algo que «se me quedó grabado», dice Nick. Aunque salió aparentemente recuperado, no había cumplido aún los 17 cuando compró heroína por primera vez. Para cuando cumplió los 19 ya había estado en rehabilitación 18 veces. Poco después acabó viviendo en la calle. «No era divertido –contó en 2016–. Pero tenía que hacerlo si quería vivir a mi manera, sin asistir a terapias de desintoxicación».
A veces, cuando parecía estar mejor, sus padres le permitían quedarse en la casa de invitados de su mansión, en el exclusivo barrio de Brentwood, en Los Ángeles. En 2018, Nick relató en un pódcast que, en una ocasión, destrozó parte de la propiedad familiar cuando sus padres lo amenazaron con echarlo si no dejaba las drogas. «Creo que iba colocado de cocaína y de algo más; llevaba días sin dormir –contó–. Empecé a golpear cosas… Lo rompí todo».
Rob Reiner nunca ocultó el problema de su hijo. En una ocasión explicó en The New Yorker su decepción con los programas de rehabilitación. «Psiquiatras expertos, con diplomas en la pared, nos dijeron que fuéramos firmes, que mandáramos a Nick lejos. Iba en contra de todos mis instintos, pero asumí ese papel, a pesar de que Nick insistía: 'Estos programas no me funcionan'. Deberíamos haber escuchado a nuestro hijo, pero nos decían que mentía, que nos engañaba».
Aunque ningún terapeuta consideró que Nick tuviera otro problema más allá de la adicción, Rob estaba convencido de que había algo más: un trastorno mental. Llegó a preguntarse si podía tratarse de esquizofrenia, pero nadie parecía contemplarlo seriamente; y, en el fondo, los propios Reiner tampoco. En su casa seguían pesando que el cariño y el apoyo familiar eran el mejor bálsamo para su situación.
El matrimonio de Rob y Michele no podía ser más ejemplar. La pareja se conoció mientras Reiner dirigía Cuando Harry conoció a Sally, y fue Michele quien convirtió la película en un clásico y no en una rareza de cine independiente. El director, enamorado, modificó su sombrío final original, agregando el mítico discurso de la escena de la fiesta de Nochevieja: «Vine aquí esta noche porque, cuando te das cuenta de que quieres pasar el resto de tu vida con alguien, quieres que el resto de tu vida comience lo antes posible». Michele, fotógrafa, hija de supervivientes del holocausto y activista comprometida, pronto se incorporó a la productora de Reiner y empezó a trabajar codo con codo con él.
Tras pasar por el enésimo centro de rehabilitación, en 2015 los Reiner creyeron haber encontrado otra vía para ayudar a su hijo: respaldar su deseo de trabajar como guionista. Nick había escrito con su amigo Matt Elisofon –a quien conoció en rehabilitación– un libreto en el que ambos volcaban distintos fragmentos de su vida. Rob transformó ese material en Being Charlie, la historia de un chico adicto y su padre, una celebridad. La película no funcionó, pero Rob sostuvo que el proyecto los había acercado aún más. Nick, en cambio, no parecía compartir esa lectura. En un vídeo promocional de la película en el que aparecen los dos –y que hoy resulta doloroso ver–, Nick apenas habla. Y, cuando lo hace, su voz suena monótona y acusatoria: afirma que el guion nació como un «piloto para una comedia» que su padre despreció. Rob lo interrumpe, conciliador: «Simplemente sentí que podía profundizar más». Nick no se mueve un milímetro: «Sí, bueno… en realidad fue más bien: 'Tío, esto es una basura'».
Un par de años después, Nick reconocería que durante aquella gira de promoción no estaba sobrio. «Tienes que hacer lo que ellos quieren, vender todo el rollo padre-hijo –dijo–. Es repugnante». Sus palabras mostraban resentimiento, pero nadie podía imaginar cuánto.
Los acontecimientos del 13 y 14 de diciembre pasados parecen sacados de una macabra película de David Lynch. Iba a ser un fin de semana estupendo. El viernes, Rob y Michele cenaron con la productora Maria Shriver, ex de Schwarzenegger. El sábado era la fiesta de Navidad del comediante Conan O'Brien, a la que siempre acuden grandes estrellas de Hollywood. El domingo había cena con Barack y Michelle Obama.
La pareja llegó a la fiesta de O'Brien acompañada de Nick. Estaban preocupados por él. Su hijo se había mudado otra vez a su casa de huéspedes. Nick llevaba sudadera con capucha entre una multitud de corbatas y vestidos de cóctel y se dedicó a molestar a los invitados. Cuando empezó a alzar la voz y a discutir con su padre, los tres Reiner abandonaron precipitadamente la fiesta.
Esa madrugada, Rob y Michele fueron apuñalados hasta la muerte. Nick se registró en un hotel cercano, en Santa Mónica, alrededor de las cuatro de la mañana. Cuando a la mañana siguiente el personal de limpieza entró en la habitación, encontró la ducha y la cama manchadas de sangre y la ventana cubierta con sábanas. Los cuerpos de los Reiner no fueron hallados hasta la tarde por su hija Romy, que no dudó en señalar a su hermano como sospechoso. «Es peligroso», dijo a la Policía.
Nick fue arrestado la noche siguiente mientras compraba un refresco en una gasolinera a 24 kilómetros de la ciudad. Las cámaras de seguridad lo muestran levantando las manos antes de ser esposado. Ingresado bajo vigilancia por riesgo de suicidio en el Centro Correccional Twin Towers, Nick ha permanecido allí desde entonces, recluido en la unidad de salud mental.
Ahora se ha sabido que, unas semanas antes, Nick había empezado a recibir tratamiento para la esquizofrenia; en su primera comparecencia ante un tribunal vestía un chaleco antisuicidio y no llevaba pantalones ni camisa. En esa primera audiencia, celebrada el 7 de enero, su prestigioso abogado, Alan Jackson, se retiró inesperadamente, dejando al acusado asistido solo por un abogado de oficio. La audiencia tuvo que posponerse hasta el 23 de febrero. Reiner se enfrenta a una cadena perpetua o la pena de muerte.
Expertos legales creen que es muy difícil que alegar locura resulte exculpatorio en el Estado de California. «Hay que demostrar que el acusado desconoce la naturaleza y consecuencias de sus actos», explican los letrados consultados por la revista People, y «los jurados casi siempre rechazan esta línea de defensa». Además, la forma en que Rob y Michele murieron «sugiere un objetivo consciente de matar» y las acciones posteriores de Nick, como registrarse en un hotel, «muestran un nivel suficiente de consciencia». En cualquier caso, nadie sabe lo que pasó por su cabeza el 14 de diciembre; lo único que cabe plantearse ahora, comentan, es qué habría pasado si se hubiera abordado su problema como un severo trastorno de la personalidad y no solo como una adicción. Pero esa hipótesis ya no sirve para los Reiner, que durante años se aferraron a la idea –como sugiere Being Charlie– de que la situación de su hijo acabaría siendo controlable, de que aún había margen para la redención.