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Patente de corso

Como quien mira a Dios

Arturo Pérez-Reverte

Arturo Pérez-Reverte

Llovía con saña bíblica y el agua lo inundaba todo: bajos, sótanos, garajes, habitaciones. Comprobó que la calle era un torrente que arrastraba cuanto hallaba a su paso, infiltrándose por las puertas antes de arrancarlas, rompiendo las ventanas. Nada podía detener aquello. Entre el repiqueteo furioso de la lluvia en los tejados y balcones llegaban los gritos de quienes eran arrastrados por la riada, o subidos a coches y árboles reclamaban auxilio. De quienes golpeaban aterrados las puertas de las casas, suplicando las abrieran, hasta que sus golpes cesaban y los gritos se alejaban calle abajo, torrente abajo.

La Naturaleza, pensó, mataba como suele hacerlo: ciega, ecuánime en su injusticia, desprovista de bondad o maldad, ajena a razones, a sentimientos

Todo ocurría con rapidez, en pocos minutos. Ni las casas resistían. Algunas se desplomaban y eran arrastradas por los embates del temporal. El agua color ... de tierra corría con furia invadiéndolo todo. La Naturaleza, pensó fugazmente, mataba como suele hacerlo: ciega, ecuánime en su injusticia, desprovista de bondad o maldad, ajena a razones, a moral, a sentimientos. Indiferente en su frío horror al valor o la cobardía, al carácter, a la condición de los seres a los que aniquilaba. Se cumplían las antiguas reglas del universo, y eso incluía periódicas sacudidas de horror y desastre. Aquélla era sólo una más. Otra de ellas.

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