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PATENTE DE CORSO

Un tipo duro

Arturo Pérez-Reverte

Una planta de oncología de un hospital no es el lugar más divertido del mundo. Sin embargo, el renacuajo está ahí, en su camilla, y ... las enfermeras y auxiliares sonríen, y a veces hasta sueltan una carcajada. También ríen otros pacientes. No pueden evitarlo. Leo tiene cuatro años y sobre el pijama lleva puesto un traje de espadachín, con capa, sombrero y espada de plástico. Una vez más, otro día de los pocos que hasta hoy ha vivido, el enano aguanta estoicamente las siete horas periódicas de quimio y radioterapia mientras espera -su familia y los médicos, en realidad, son quienes lo esperan- encontrar a un donante con una médula compatible. El crío no para en la camilla. Blande en alto la espada una y otra vez tirando ágiles estocadas al aire. Luchando contra enemigos imaginarios, o no tanto. Batiéndose contra el cáncer. Y a cada momento, como un mantra, una y otra vez, repite algo que -es demasiado joven para haberlo leído- alguien, un familiar, una enfermera, ha debido decirle: «No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente».

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