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Reinos de humo

Bonito o salmón

Benjamín Lana

Salgo de una pescadería con un cogote y una rodaja de bonito del norte (Thunnus alalunga). El inicio de la costera en el Cantábrico equivale al comienzo del verano para los que somos aborígenes de sus costas. El cuerpo demanda tomate y bonito tanto como algunos días de sol y fiestas populares.

Camino a casa feliz por la calidad del pescado y por lo bajo del precio, 9 euros el kilo por un ejemplar que fue capturado por una flota de bajura, con un método tan selectivo y sostenible como una caña y que me ofrece carnes sanas, sabrosas, plenas de omega 3 y bajas en grasas. Camino feliz, pero turbado. Al lado de mi querido Alalunga veo un ejemplar mediano de salmón que se vende por rodajas. El precio por kilo es más del doble: 19,90 euros.

Camino feliz, pero turbado. Al lado de mi querido 'Alalunga' veo un ejemplar mediano de salmón que se vende por rodajas y a más del doble de precio

Más arriba, en el expositor, tienen lomos seleccionados del salmónido a casi 40 euros. ¿Cómo puede la gente pagar el doble o cuatro veces más por comer pescado alimentado con piensos, medicado para evitarle enfermedades y a reventar de grasa acumulada a fuerza de comer mucho y nadar poco allá en su jaula natal?

No entraré a discutir sobre los valores nutricionales de uno y otro. La potentísima industria del salmón bien se ocupa de inundar las webs con información a su favor, mientras el pequeño túnido no tiene quien le escriba, pero peor no es. El precio de la carne naranja sube como la espuma. Lo justifican el piojo de mar que tanto lo ataca, el encarecimiento de los piensos y el hábito de consumo ya creado en millones de consumidores dispuestos a pagar hasta tres veces más que hace cinco años. Yo me quedo con mi sostenible bonito del norte. Disfruto, me alimento bien y, además, protejo la pesca artesanal.

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