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El bloc del cartero

Edulcorantes

Lorenzo Silva

Las nuevas ediciones 'edulcoradas' de las obras del autor britÔnico Roald Dahl han puesto sobre la mesa el debate sobre si la literatura escrita en otras épocas debe adaptarse o no a la sensibilidad de esta, y quién decide el alcance de la adaptación. En realidad, no hablamos de toda la literatura: nadie plantea reescribir los clÔsicos que estÔn en el dominio público, entre los que hay inconveniencias mucho mayores que las que puedan contener los textos de Dahl. Lo que se retoca es la obra de un autor que aún tiene derechos vivos, que da negocio a editores y herederos y que es de prescripción para jóvenes lectores. QuizÔ se trata de llegar mejor a un mercado emergente, el que gestionan prescriptores melindrosos y/o perezosos. Como anota una lectora, los niños no necesitan edulcorantes, sino que leamos con ellos.

titulosecundario titular="Las cartas de los lectores

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Lo harƔn bien

Cuando estamos sin pulir por los pequeños y no tan pequeños golpes de la vida, cuando vivimos ... la etapa de la mÔs tierna infancia, todo es posible. Esta posibilidad abarca lo bueno y lo malo. Todo estÔ por suceder y eso provoca una exaltación jubilosa y un temor profundo. Con ambos convive el niño, juntando pequeñas piezas que lo ayuden a encontrar un sentido a sí mismo y a la inmensidad que lo acoge y lo inquieta. Las fantasías relatadas por los mayores eran útiles al niño, pues ponían en palabras sus temores, le alumbraban la salida y le proporcionaban la seguridad de que los demÔs participaban de su ser. Luego esas historias se recogieron en libros que siguieron cumpliendo su misión. Recuerdo cuentos terribles, como cuando la sirenita, muda y rechazada, volvía al mar andando, transformÔndose en espuma. O aquel príncipe feliz, estatua olvidada por todos salvo por la golondrina que se queda junto a él para morir de frío a sus pies. El cervatillo sin madre en el temible bosque, hasta que descubre que no estÔ solo. O aquella cerillera que fue quemando los fósforos que no vendía, en un intento inútil por calentarse. Eran historias de amor y muerte, de crueldad y valor, que encauzaban nuestros sentimientos desbocados. Nos hablaban de otros mundos tan distintos, con sus princesas y dragones, y tan iguales al nuestro, pues sus dudas eran idénticas: hasta dónde llega el amor, cómo vivir siendo invisible, si es la lealtad un compromiso inquebrantable, si hay bondad en el mundo y dónde se encuentra, las preguntas eternas. Le toca al niño buscar las respuestas. De nada valdrÔ repetirle soluciones de otros. Estamos ahí para leer con ellos el cuento, no para masticÔrselo ni para edulcorarlo. Lo harÔn bien.

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