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Mi hermosa lavandería

Munduruku

Isabel Coixet

Las noticias que suelen difundirse sobre los pueblos indígenas tienden a presentarlos como pobres de la tierra, atrasados, víctimas, gente pintoresca, exótica o, en el ámbito artístico, en piezas de teatro o documentales que hacen hincapié en los aspectos más anecdóticos de su existencia.

Permíteme entonces hablar de los mundurukus de otra manera. No como víctimas fotogénicas de otra especie. Ni siquiera como alegoría de nada.

Se llaman a sí mismos wuy jugu. El nombre 'munduruku' les fue impuesto por sus rivales, los parintintín, y significa 'hormigas rojas', una referencia a la táctica de atacar en masa, de aparecer de pronto en todas partes, imparables.

Cuando el sistema quiere destruirte, no lo llama destrucción. Lo llama futuro, el nombre que le da a lo que le quita a alguien que no tiene acceso a los micrófonos

Su territorio más tradicional son los campos interiores del alto río Tapajós, en la Amazonía brasileña. En el mito de origen, el dios Karosakaybo los creó en la aldea Wakopadi, próxima a las cabeceras del río Krepori.

La riqueza de la cultura munduruku es extraordinaria, incluyendo un repertorio de canciones tradicionales de musicalidad y poesía poco comunes, que versa sobre las relaciones de la vida cotidiana, frutos, animales. Su cosmología presenta narrativas que incluyen el conocimiento de los astros, las constelaciones y de la Vía Láctea, llamada kabikodepu. Tienen, además, un sistema numérico propio: palabras para los números hasta cinco, que sin embargo permiten realizar operaciones aritméticas complejas. Los neurocientíficos occidentales llevan décadas estudiándolos fascinados, porque demuestra que la mente humana puede llegar a los mismos lugares por caminos completamente distintos.

Viven de la agricultura, la pesca, la caza y la recolección de productos silvestres. Cultivan mandioca, bananas, piñas y producen cestas y artesanías. Una economía que no destruye lo que alimenta.

Luego llegó el caucho. Y el oro. Luego, las hidroeléctricas.

La zona alrededor del río Tapajós alberga a muchas comunidades munduruku y es uno de los territorios indígenas más intensamente invadidos, ya que desde hace algunos años atrae a buscadores de oro ilegales. La líder Alessandra Korap Munduruku mostró ante el Congreso brasileño una botella de agua del Tapajós. El agua era de un color que el agua no debería tener. «Esta agua sucia trae muerte y enfermedad a nuestra gente, y nuestros peces están llenos de mercurio», dijo. No lo dijo llorando. Lo dijo con la rabia de alguien que sabe exactamente lo que está pasando y quién lo está permitiendo.

Se ha reportado que niños mundurukus sufren problemas de desarrollo debido al alto nivel de mercurio en sus cuerpos. Niños concretos, con nombres, que crecen en cuerpos contaminados por la codicia de alguien que nunca los va a conocer.

La presa propuesta de Chacorão en el río Tapajós inundaría más de 18.000 hectáreas del territorio indígena munduruku. La presa de São Luiz do Tapajós inundaría aproximadamente el 7 por ciento del territorio Sawré Muybu. Cuando el sistema quiere destruirte, no lo llama destrucción. Lo llama desarrollo. Lo llama progreso. Lo llama generación de energía limpia. Lo llama futuro. El futuro siempre es el nombre que le ponen a lo que le quitan a alguien que no tiene acceso a los micrófonos.

Pero los munduruku no se han resignado a no tener micrófonos. Han aprendido a escribir cartas al gobierno brasileño, a construir movimientos políticos, a viajar a Brasilia y al extranjero para presentar su caso en conferencias de la ONU. En diciembre de 2015, llevaron su voz a la Cumbre del Clima de París, la COP21.

Alessandra Korap Munduruku obtuvo el Goldman Prize, el premio ambiental más importante del mundo, por su batalla para mantener el bosque vivo y el mercurio fuera de los ríos. Ha recibido amenazas de muerte. Sigue en pie.

No son víctimas. Son un pueblo de 14.000 personas que lleva siglos resistiendo, que ha aprendido el idioma del enemigo para devolverle sus argumentos en la cara, que ocupa obras, que lleva botellas de agua turbia a los parlamentos, que educa a sus jóvenes con métodos propios, que canta canciones sobre frutas y animales y la Vía Láctea.

El sistema necesita que los veamos como pobres de la tierra, atrasados, víctimas, gente pintoresca. Porque si los vemos como lo que realmente son –gente que lleva siglos demostrando que se puede vivir de otra manera, que la selva no es un recurso, sino una casa, que el río no es energía potencial, sino vida– entonces empezaremos a hacernos preguntas.

E igual nos unimos a ellos.​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​

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