Mi hermosa lavandería
Pistolas de agua
Una de las escenas de la película 12 monos, de Terry Gilliam, que se me quedó grabada fue esa en la que Bruce Willis –deambulando por las calles de una Nueva York en ruinas, invadida por la maleza– encuentra un oso y otros animales salvajes que vuelven a ocupar los territorios que los humanos les arrebatamos. Durante la pandemia, y aún ahora, son cada vez más numerosas las apariciones de animales en grandes centros urbanos, como si hubieran decidido de una vez que la presencia humana sobra. Osos deambulando por las calles de Italia. Pumas merodeando ciudades de California. Las cabras apoderándose de ciudades de Gales. Jabalíes, mapaches, topos en parques urbanos de Barcelona, Madrid, París.
Ahora, un estudio masivo de datos de seguimiento por GPS de osos, ciervos, elefantes, jirafas y unos 40 mamíferos terrestres más en todo el mundo ... confirma que muchos animales deambulaban más lejos y parecían actuar más a gusto sin humanos alrededor durante la crisis de la covid. Ahora, a esto se añade el cambio climático, que está forzando a especies periféricas a dejar su hábitat e invadir el nuestro: los murciélagos invaden las farolas; las cigüeñas, los basureros; y las ratas… todo lo demás.
Viendo la cinta de las maletas en los controles de seguridad de los aeropuertos compruebas que no hay más plagas porque Dios no quiere
La última plaga urbana son los chinches, que poblaban las novelas de Zola y parecían algo del pasado, y ahí están moviéndose a sus anchas por camas de hotel, butacas de cines, asientos de trenes y metros no sólo en París, sino en Londres y Nueva York. Y ya han llegado a España: la empresa antiplagas Anticimex habla de un aumento del 70 por ciento del número de chinches en nuestro país. Basta ver la cinta por la que pasan las maletas en los controles de seguridad de los aeropuertos para darse cuenta de que si no hay más plagas es porque Dios no quiere. Y, hablando de aeropuertos, el Marco Polo de Venecia, hace unas semanas, se vio obligado a cerrar brevemente después de que un número inusualmente grande de gaviotas 'invadieran' la pista, lo que provocó retrasos o desvíos de vuelos. Para ahuyentarlas, se utilizaron varias herramientas, incluido un halcón y un disuasorio acústico, según Save, la empresa gestora del aeropuerto. El halcón fue atacado por varias gaviotas a la vez y huyó. El disuasorio tampoco consiguió ahuyentarlas.
«Cuando se descubrió el problema, se iniciaron las actividades habituales necesarias para garantizar la plena seguridad de los pasajeros y operadores», afirmó la compañía, subrayando que los elementos disuasorios utilizados «respetan la fauna garantizando al mismo tiempo la seguridad». Supongo que al halcón le hicieron un seminario para que asustara a las gaviotas, sin lastimarlas, y le salió el tiro por la culata porque se dio a la fuga.
En uno de los vuelos desviados, que regresaba a Venecia desde Roma, viajaba el presidente de la región del Véneto, Luca Zaia. El vuelo dio vueltas durante unos 25 minutos antes de ser desviado a Trieste, según informa la prensa italiana. Zaia dijo que unas 200 gaviotas habían bloqueado la pista. Otros testigos hablan de hasta 500.
En un incidente el año pasado, una gaviota le arrebató un helado a una turista mientras caminaba por la plaza de San Marcos. Aunque la escena resultó entretenida para los espectadores, algunos hoteleros se sintieron tan frustrados que equiparon a sus huéspedes con pistolas de agua. Las gaviotas se acostumbraron tanto a ellas que en plena canícula de este año casi reclamaban el chorro vivificante de las pistolas de agua y protestaban cuando los turistas no las rociaban con ellas…