Animales de compañía

Impostura y sucedáneo religioso

Viernes, 12 de diciembre 2025, 10:20

Afirmaba Valéry que la política, tal como la entiende el hombre moderno, es «el arte de consultar a las gentes acerca de lo que nada entienden y de impedirles que se ocupen de aquello que les concierne». Pruebas de esta evidencia las tenemos en esta fase terminal de la Historia a porrillo: así, por ejemplo, votamos a tal o cual político porque consideramos que es una persona capaz de combatir el cambio climático, sin importarnos que sea incapaz de impedir el ascenso desorbitado del precio de los huevos; o bien lo votamos porque consideramos que puede conseguir mágicamente que cambiemos de sexo de la noche a la mañana, pero paradójicamente no puede conseguir que nos atienda un médico cuando tenemos que operarnos de un tumor. Desde luego, para considerar que un gobernante incapaz de impedir que los precios de los alimentos básicos se disparen o para procurarnos asistencia médica elemental es, en cambio, capaz de impedir que los hielos antárticos se derritan, o de cambiarnos de sexo sin permiso de nuestros cromosomas, hay que estar completamente enajenado.

A la gente religiosa se la mira hoy con condescendencia y algo de piadoso desprecio

Esa peculiar enajenación se debe a que las ideologías modernas, para la gente que las profesa, son sucedáneos religiosos. A la gente religiosa, en nuestra ... época, se la mira en general con condescendencia, con una suerte –digámoslo así– de piadoso desprecio (cuando no con franca aversión), pues la credulidad suele considerarse un signo de debilidad mental. Pero mucha más credulidad, infinita más, requiere la persona que cree que un político puede conseguir que los cromosomas cambien de bando porque así lo diga el registro civil o de enfriar el agua de los mares mediante un decreto que nos obliga a cambiar las bombillas de las lámparas. Además, la fe religiosa consiste en creer en lo que no vimos y, por lo tanto, no sabemos a ciencia cierta si existe; mientras que la fe de las personas adeptas a tal o cual ideología consiste en creer en aquello que saben a ciencia cierta que no existe. Nadie ha visto a la Santísima Trinidad; pero todavía no he conocido a nadie capaz de probar su inexistencia. En cambio, tenemos multitud de pruebas (algunas apabullantes) de que no existe la separación de poderes; y, sin embargo, la gente sigue creyendo de forma absurda e irrisoria en esta notoria falsedad (a la vez, por cierto, que demanda jueces sometidos a los designios de los políticos de su ideología).

Contenido exclusivo para suscriptores
La Voz
Suscríbete
para seguir leyendo
Lee sin límites toda la información, recibe newsletters exclusivas, accede a descuentos en las mejores marcas y muchas más ventajas

Sobre la firma

Escritor y premio Planeta en 1997

Publicidad

Más de xl semanal

Esta funcionalidad es exclusiva para suscriptores.

Reporta un error en esta noticia

* Campos obligatorios

hoy Impostura y sucedáneo religioso