Animales de compañía

Fascistas

Jueves, 27 de noviembre 2025, 12:50

Hasta ahora todas las filiaciones y calificaciones políticas se hacían desde el discernimiento del propio interesado y se conjugaban en primera persona. Se aseveraba con orgullo o resignación: «Yo soy conservador», o socialista, o liberal, o comunista, o lo que fuera… Pero desde hace algún tiempo ha surgido una calificación nueva que no se conjuga en primera persona, sino en segunda o tercera. «Fulanito es un fascista», se dice; o bien, imprecatoriamente: «¡Eres un fascista!». Ya no se trata de una declaración que hace el interesado, sino una suerte de diagnóstico que nos llega desde fuera, como si nos dijeran: «Fulanito tiene cáncer» o «Usted es diabético». Uno estaba en Babia, desprevenido, y entonces llega alguien que, sin analizarnos la sangre ni hacernos una biopsia, sin tomarnos la temperatura ni olernos siquiera el aliento, dictamina infaliblemente que somos fascistas, sin comerlo ni beberlo.

Nadie sabe si figura entre los numerarios de esta adscripción política

El fascismo es la primera idea política que se asigna como un cargo honorífico, sin intervención del candidato, que no tiene que postularse ni hacer ... méritos para la atribución. Además, como el fascismo no es un partido político, ni una organización civil, ni nada concreto y reconocible, no hay por dónde agarrarlo, ni por dónde trazar la línea divisoria y hamletiana entre el 'ser o no ser'. Uno piensa que el fascismo se asocia, pongamos por caso, con la exaltación del Estado y entonces se convierte en un apóstol del municipalismo y el principio de subsidiariedad; o bien, tras descubrir que el fascismo se caracteriza por la glorificación del militarismo, se vuelve acérrimo detractor de la OTAN. Pero da lo mismo; porque, aunque uno se mueva de sitio, el diagnóstico de fascista nos persigue doquiera vayamos, como la nubecita borrascosa y relampagueante perseguía a cierto personaje del tebeo, apareciendo siempre sobre su cabeza. Además, como no hay unas listas –ni cerradas ni abiertas– donde figure el elenco de los fascistas, ni un boletín de inscripción, nadie sabe si figura entre los numerarios de esta adscripción política. No hay que pagar cuota, no hay que afiliarse ni suscribirse a ninguna publicación, como hacen los conservadores o los progresistas, los socialistas o los liberales. Ni siquiera puede uno apuntarse a una manifestación o acto de protesta; tampoco a un ciclo de conferencias o un festival lírico. No hay modo de saber si uno es fascista o no; todo depende de lo que un señor de Cuenca al que no conocemos de nada o la vecinita drogata que pone la música a toda pastilla piensen de nosotros.

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Escritor y premio Planeta en 1997

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