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Animales de compañía

¿Qué libertad de expresión?

Juan Manuel de Prada

Hace algún tiempo, se montó una pequeña zapatiesta cuando algunas celebridades aseveraron que en su juventud había mucha más libertad que en nuestros días. Estos debates me repatean un poco; pues el concepto de libertad es, como señalaba Castellani, asquerosamente ambiguo, tan ambiguo que dos personas pueden utilizarlo en una conversación refiriéndose a cuestiones totalmente diversas y fingir que hablan de lo mismo.

Esta 'libertad de expresión' que nuestra época permite descarta la libertad de acción

Reparemos, por ejemplo, en la llamada 'libertad de expresión', tan encumbrada por los loritos sistémicos. Para la gente más primaria, 'libertad de expresión' significa, casi ... siempre, libertad para despotricar y proferir vituperios desgañitados. De esta libertad, desde luego, se puede disfrutar opíparamente en nuestra época; se puede disfrutar tanto que, sin temor a exagerar, podríamos afirmar que el sometimiento de las masas se sustenta sobre el ejercicio de esta forma tóxica de 'libertad de expresión'. ¿Acaso la 'demogresca' reinante no se funda precisamente en esta libertad vociferante y denigratoria? La gente sometida, según el negociado ideológico al que pertenezca, puede vituperar muy libremente a sus 'bichas' de cabecera: políticos, artistas, 'intelectuales', curas, jamonas televisivas, etcétera. Es una 'libertad de expresión' extraordinariamente rentable para el mantenimiento del tinglado: la gente sometida se desfoga a la vez que se envilece, vomita su rabia y después se queda suave como una malva, perfectamente aliviada y lista para enrabietarse otra vez, como el zampón bulímico se queda aliviado y listo para seguir zampando después de vomitar. Tan rentable resulta esta 'libertad de expresión' degradada que los poderes establecidos la facilitan, promueven e incentivan. Así debe entenderse, por ejemplo, la facilidad con que se autorizan todo tipo de manifestaciones inútiles donde los manifestantes gritan improperios hasta quedarse afónicos. Y también se prueba la rentabilidad de esta 'libertad de expresión' en la proliferación de redes sociales donde la gente sometida puede desahogarse tan visceral como inútilmente.

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