Animales de compañía
¿Qué libertad de expresión?
Hace algún tiempo, se montó una pequeña zapatiesta cuando algunas celebridades aseveraron que en su juventud había mucha más libertad que en nuestros días. Estos debates me repatean un poco; pues el concepto de libertad es, como señalaba Castellani, asquerosamente ambiguo, tan ambiguo que dos personas pueden utilizarlo en una conversación refiriéndose a cuestiones totalmente diversas y fingir que hablan de lo mismo.
Esta 'libertad de expresión' que nuestra época permite descarta la libertad de acción
Reparemos, por ejemplo, en la llamada 'libertad de expresión', tan encumbrada por los loritos sistémicos. Para la gente más primaria, 'libertad de expresión' significa, casi ... siempre, libertad para despotricar y proferir vituperios desgañitados. De esta libertad, desde luego, se puede disfrutar opíparamente en nuestra época; se puede disfrutar tanto que, sin temor a exagerar, podríamos afirmar que el sometimiento de las masas se sustenta sobre el ejercicio de esta forma tóxica de 'libertad de expresión'. ¿Acaso la 'demogresca' reinante no se funda precisamente en esta libertad vociferante y denigratoria? La gente sometida, según el negociado ideológico al que pertenezca, puede vituperar muy libremente a sus 'bichas' de cabecera: políticos, artistas, 'intelectuales', curas, jamonas televisivas, etcétera. Es una 'libertad de expresión' extraordinariamente rentable para el mantenimiento del tinglado: la gente sometida se desfoga a la vez que se envilece, vomita su rabia y después se queda suave como una malva, perfectamente aliviada y lista para enrabietarse otra vez, como el zampón bulímico se queda aliviado y listo para seguir zampando después de vomitar. Tan rentable resulta esta 'libertad de expresión' degradada que los poderes establecidos la facilitan, promueven e incentivan. Así debe entenderse, por ejemplo, la facilidad con que se autorizan todo tipo de manifestaciones inútiles donde los manifestantes gritan improperios hasta quedarse afónicos. Y también se prueba la rentabilidad de esta 'libertad de expresión' en la proliferación de redes sociales donde la gente sometida puede desahogarse tan visceral como inútilmente.
En un ensayo reciente y dilucidador titulado Antropofobia (Pre-Textos), Ignacio Castro Rey repara en la naturaleza de esta forma degradada de 'libertad de expresión' vigente en nuestros días, que define como el «desahogo onanista propio de animales enjaulados». Se trata, en efecto, de una 'libertad de expresión' estéril, completamente irrelevante, un placebo que sólo sirve para mantener a la gente sometida en una suerte de cautiverio mental, sin posibilidad alguna de intervenir en la realidad. Para consumar este cautiverio oprobioso, la tecnología ha desempeñado un papel medular, una suerte de 'confinamiento' voluntario que, a la vez que aísla a las personas en su burbuja virtual, les infunde un espejismo de acción colectiva. La tecnología permite que las personas sometidas hallen inmediata satisfacción, pues sus protestas y despotriques (su 'libertad de expresión') obtienen un espejismo de relevancia pública y hallan inmediato aplauso entre personas igualmente sometidas que también protestan o despotrican por las mismas razones; y de este modo los poderes establecidos se aseguran que esas personas sometidas se halaguen entre sí, cada vez más encerradas en un gueto complaciente, en un bucle euforizante de likes y retuiteos, cada vez más pasivas (pero creyendo que con sus protestas y despotriques virtuales están cambiando el mundo), cada vez más incapacitadas para la acción. En realidad, podría decirse que esta 'libertad de expresión' que nuestra época permite descarta por completo la libertad de acción, salvo que sea una acción puramente teatral o de postureo; nunca una verdadera acción política.
Y, mientras la pobre gente sometida disfruta de esta forma degradada de 'libertad de expresión', se impone un autoritarismo blando que impide el derecho a la información sobre los más variopintos asuntos o lo filtra y sesga a su conveniencia, que declara discrecionalmente los debates que deben ocupar a la llamada 'opinión pública' y convierte –también discrecionalmente– otros debates en tabúes impronunciables, que elabora 'relatos' y 'versiones oficiales' (intoxicaciones y bulos, en realidad) de obligado consumo, que estigmatiza cualquier forma de disidencia verdaderamente enojosa y señala como réprobos a los disidentes.
Nunca como en nuestra época hubo tanta 'libertad de expresión' degradada; nunca hubo tan poca verdadera. Pues libertad de expresión, en el sentido genuino y recto de la palabra, no es otra cosa sino capacidad para proclamar la verdad. Y no hay cosa tan perseguida y silenciada en nuestra época como la verdad de las cosas.