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PATENTE DE CORSO

El lugar que vende nostalgias

Arturo Pérez-Reverte

Viajar a Buenos Aires tiene para mí algo de peregrinaje: una especie de trayecto a cierta memoria imaginada que, como todo en la vida, tiene ... sus razones. Mi padre, que en su juventud era delgado y elegante, peinado hacia atrás y con fino bigote al estilo de la época –se parecía muchísimo al actor David Niven–, era un excelente bailarín de tangos, pericia necesaria en aquel tiempo para comerse una buena rosca, o dos. Y es el caso que Gardel y esta ciudad estuvieron muy presentes en la parte frívola de su vida, y siguieron estándolo años después. Cuando yo era niño lo oía canturrear tangos al afeitarse o cuando estaba de buen humor; y si hoy conozco la letra y música de una veintena es por habérselos escuchado docenas de veces a él: Silencio, El tapado de armiño, La cumparsita, Chorra, Mano a mano, Tomo y obligo, y sobre todo una obra maestra entre todos los tangos que en el mundo han sido, Cambalache, con esa frase perfecta, precisa y genial: Cuando estén secas las pilas / de todos los timbres / que vos apretás.

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