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PATENTE DE CORSO

Recogiendo el guante

Arturo Pérez-Reverte

En Casa Lucio, como de costumbre, Javier Marías despacha su filete empanado mientras yo me ocupo de mi solomillo poco hecho y abierto en dos. ... Un corto sorbo de vino, yo, de cerveza, él, y tranquila conversación según el viejo ritual. Añejos códigos de amistad. Lo veo bien, relajado, con la única impaciencia de salir afuera para fumar al fin uno de sus imprescindibles cigarrillos. Hablamos de Berta Isla –su última y espléndida novela–, de campañas de promoción, del ineludible cine del Oeste, de algún librero ingrato y quizá miserable. Estamos a gusto allí, los dos, en nuestro rincón habitual. En nuestra mesa de siempre. Una señora atractiva está sentada cerca, y yo comento, guasón, que voy a escribir otro artículo sobre señoras atractivas: «Estábamos Javier Marías y yo…». Al oír eso, Javier se atraganta con la cerveza. «Ni se te ocurra –dice al recobrar el aliento–. No están los tiempos para eso, y todavía no me he recuperado del último».

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