En 1931 se casó con Carmen García Cobián, un apoyo crucial en su vida: lo acompañó al extranjero y estuvo a su lado hasta que murió, en 1986, siete años antes que él. La fundación que se ocupa de su legado lleva el nombre de los dos.
120 años de un Nobel inolvidable

La curiosa vida de Severo Ochoa fuera del laboratorio: «¡Pero qué has hecho, Severín!»

En 1931 se casó con Carmen García Cobián, un apoyo crucial en su vida: lo acompañó al extranjero y estuvo a su lado hasta que murió, en 1986, siete años antes que él. La fundación que se ocupa de su legado lleva el nombre de los dos.

La esposa de Severo Ochoa le espetó estas palabras cuando el científico apareció en la puerta de casa flanqueado por dos policías. Le acababan de comunicar que era Premio Nobel y se había saltado los límites de velocidad para contárselo a ella a toda prisa. Repasamos la vida y los logros de este investigador genial en el 120 aniversario de su nacimiento.

Viernes, 12 de septiembre 2025, 11:11

Un Cadillac avanza a toda velocidad por las calles de Nueva York. Es 15 de octubre de 1959 y el conductor, un asturiano de 54 años, avanza ajeno a semáforos y límites de velocidad. Tanto corre que una patrulla lo obliga a detenerse. Los agentes se acercan preparados para imponer una multa, pero la tensión se disipa cuando escuchan la explicación: «Me acaban de conceder el Premio Nobel y voy a contárselo a mi mujer».

El menor de siete hermanos. Cuando murió el padre, la familia se fue a vivir a Málaga; y allí Severo Ochoa estudió hasta el bachillerato. En la escuela, la asignatura que más le costaba era Matemáticas; en cambio, se podía pasar varias horas observando y diseccionando lagartijas y otros animales. A la izquierda: Ochoa a sus siete años; a la derecha, a sus 16. Después continuó sus estudios en Madrid.

Severo Ochoa, director del Departamento de Bioquímica de la Universidad de Nueva York, acababa de recibir una llamada desde Estocolmo: la Academia Sueca le otorgaba ... el Nobel de Medicina. Los policías, sorprendidos, no solo lo dejaron marchar, sino que decidieron escoltarlo hasta su casa. Allí lo esperaba su mujer, Carmen García Cobián, que al verlo llegar acompañado de los agentes exclamó: «¡Ay, Severín, pero qué has hecho…!».

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