Comenzó a fotografiar a los 13 años. Casi siempre, a sí misma. A los 23, en 1981, se tiró por la ventana de su apartamento en Nueva York. Desde entonces, su leyenda y el valor de su obra no dejan de crecer.
Lourdes Gómez
Domingo, 29 de septiembre 2019, 11:32
Entre 1975 y 1979 estudió en una prestigiosa escuela de diseño americana y pasó un año en Roma. Experimentó con el surrealismo, y sus imágenes ... eran siempre introspectivas. Pero entonces era una magnífica estudiante, entusiasta, excéntrica y alegre, tal y como contaban sus compañeros.
Quienes la conocieron cuentan que se pasaba el día buscando temas y escenarios para sus tomas y siempre encontraba soluciones inteligentes e ingeniosas. Pese a su juventud, sus creaciones, según los críticos, son excepcionalmente maduras.
Acabados sus estudios, se instaló en Nueva York, pero no consiguió trabajo donde quería y eso, junto con una ruptura sentimental, la habría llevado a la depresión. Intentó suicidarse en 1980 y, pese a recibir ayuda psicológica, terminó quitándose la vida en enero de 1981.
Con el paso del tiempo, Woodman se ha convertido en una de las fotógrafas contemporáneas más estudiadas e influyentes. Dejó un legado de 10.000 negativos y 800 fotos impresas, de las que solo se conoce una cuarta parte.
Su padre le regaló su primera cámara cuando era adolescente. Con ella comenzó a retratarse en su casa en Boulder, en Colorado, y en Antella, un pueblo italiano donde su familia veraneaba. En España la Fundación Canal de Madrid organizó hace cinco años la mayor exposición sobre Woodman, con 102 fotografías y 6 cortometrajes, titulada Francesca Woodman, on being an angel.
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