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Pequeñas infamias

Siembra vientos

Carmen Posadas

Carmen Posadas

Cada vez estoy más convencida de que nosotros, felices terrícolas hijos y nietos de la Guerra Fría, hemos sido víctimas de un feliz espejismo. Fue tal el trauma de la Segunda Guerra Mundial, y la consecuente amenaza nuclear, que el mundo occidental comprendió que había que aprender de errores pasados para no repetirlos. Y no solo eso. Comprendió, además, que para evitar futuros horrores era necesario sentar unas bases comunes, crear una serie de organismos y acordar leyes internacionales y contrapesos que propiciaran no solo la paz, sino también un pragmático ten con ten con respecto a sus antagonistas.

¿De verdad Trump, saltándose todas las leyes y a espaldas de sus hasta ahora aliados, va a regalarle a Putin buena parte de Ucrania?

Amparados por este deseo general de hacer buena letra –y en el marco de un mundo bipolar, es decir, conscientes de que cualquier ardor guerrero ... que enfrentara a los dos bloques supondría el aniquilamiento general–, vivimos durante lustros una de las etapas más florecientes y pacíficas que recuerda la historia. Eran tiempos de pactar, no de confrontar; de sumar, no de restar; de pensar en grande, no de ser ombliguista, proteccionista o nacionalista. Las líneas rojas no se traspasaban, las leyes se respetaban y a ningún mandatario de un país avanzado se le ocurría conculcarlas. Hacerlo era solo cosa de los sátrapas, mandatarios de países atrasados y/o repúblicas bananeras.

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