Viernes, 07 de Marzo 2025, 06:56h
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Cada vez estoy más convencida de que nosotros, felices terrícolas hijos y nietos de la Guerra Fría, hemos sido víctimas de un feliz espejismo. Fue tal el trauma de la Segunda Guerra Mundial, y la consecuente amenaza nuclear, que el mundo occidental comprendió que había que aprender de errores pasados para no repetirlos. Y no solo eso. Comprendió, además, que para evitar futuros horrores era necesario sentar unas bases comunes, crear una serie de organismos y acordar leyes internacionales y contrapesos que propiciaran no solo la paz, sino también un pragmático ten con ten con respecto a sus antagonistas.
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