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Animales de compañía

Torrente

Juan Manuel de Prada

En el café donde solía acudir este verano me tropecé sobre un velador con un puñado de libros expósitos que, al parecer, un cliente que estaba mudándose de casa había dejado allí, por si alguien deseaba proveerse de lecturas estivales. Eran, casi todos ellos, libros horrendos que habían disfrutado de un éxito multitudinario hace algunas décadas; y que, como suele ocurrir con este tipo de libros, a nadie interesaban ya (acabó el verano y la mayoría seguían expuestos en el velador, como perrillos sin amo). Pero entre la morralla había una novela de Gonzalo Torrente Ballester, La isla de los jacintos cortados, que leí con mucho gusto allá en la juventud, mientras estudiaba (o hacía como que estudiaba) en Salamanca. Y, al verlo, volvió a mí el recuerdo de aquel gran escritor a quien solía visitar, en su piso de la Gran Vía salmantina, en las postrimerías de su vida.

Lo recuerdo, lacónico y algo desesperanzado, como un minotauro bondadoso consumido en los laberintos ingratos de la literatura

Recuerdo a Torrente Ballester, con las piernas cobijadas debajo de una manta de cuadros y la voz anciana, casi milenaria, degustando las palabras como si ... fuesen caramelos masticables, entreteniéndolas en los labios e impregnándolas con la saliva del escepticismo y la ironía. Lo recuerdo interrumpiendo la conversación, allá por el mediodía, para pedirle a su mujer que nos anestesiara el hambre con un refrigerio escueto, apenas un vaso de vino que le servía para asear las arterias coronarias (había tenido que dimitir de los wiskis, que eran su gasolina intelectual, por prescripción médica) y unos taquitos de queso que comía sin atisbo de gula, con una resignada parsimonia que se parecía al desdén. Torrente miraba sin ver, atrincherado de dioptrías que le infundían una especie de lucidez introspectiva, como si el profuso caudal de su imaginación se hubiese refugiado en esos territorios laberínticos donde anida la memoria. Se quejaba (pero lo hacía sin estridencias, con una indecisa amargura) de haber perdido con la vejez su capacidad fabuladora; pero todavía seguía dictando sus libros a su mujer y luego proponiendo rectificaciones sobre el mecanoscrito que ella pacientemente le leía, en la penumbra de aquel cuarto donde la vida parecía suspenderse de un hilo.

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