Es de las astronautas más veteranas y una de las únicas cuatro mujeres afroamericanas que han viajado al espacio. A los 57 años, en su próxima misión, pasará seis meses orbitando la Tierra y trabajando a bordo de la Estación Espacial Internacional, que ella ayudó a construir. Nos cuenta lo que ha aprendido en sus tres décadas en la NASA.
Christoph Otto
Viernes, 6 de septiembre 2024, 11:19
La vida de un astronauta en la Estación Espacial Internacional no es sencilla. No solo tienen que hacer frente a la ausencia de gravedad, sino a incontables desafíos logísticos y técnicos. El ejemplo más reciente de esta complejidad es el de Butch Wilmore y Suni Williams: la NASA comunicó en junio que su viaje previsto de diez días –debían volver a mediados de ese mismo junio– va a prolongarse hasta febrero de 2025. La razón: los problemas de la Starliner, la nave de Boeing que están probando y que no les permite regresar. Esta situación ha retrasado la siguiente misión (prevista para agosto, viajarán el 24 de septiembre), en la que entre el equipo de cuatro astronautas que volará a la Estación Internacional estará Stephanie Wilson, a quien no parece intimidar el desafío. Ella misma nos lo cuenta.
La decisión de ser astronauta la tomé pronto. En secundaria, cuando tenía 14 años, como parte de un curso de orientación, tuve la oportunidad de ... entrevistar a un profesor de astronomía. Me fascinó su trabajo. «Eso es exactamente lo que yo quiero hacer», pensé entonces. Además, ya de niña me encantaba la tecnología. Tenía curiosidad por saber cómo funcionaban las cosas y cómo se construían. Enseguida tuve claro que estudiaría Ingeniería, lo hice en la Universidad de Harvard, orientada hacia el espacio.
Inmediatamente después de graduarme, empecé a trabajar para Martin Marietta Astronautics, ahora Lockheed Martin, que construye satélites y cohetes, entre otras cosas. Después trabajé en la NASA, formé parte del equipo de la nave espacial Galileo. En algún momento quise ir yo misma al espacio. Así que me presenté a la NASA como astronauta y me aceptaron en mi segunda solicitud, en 1996.
Hay situaciones en el espacio que nos causan miedo. Pero nos preparamos bien para esas situaciones. Realizamos muchos simulacros que ayudan a que los procedimientos se conviertan en rutinarios. Por supuesto, los astronautas nos emocionamos el día del lanzamiento o antes de un paseo espacial. Sigue habiendo cierto riesgo. Yo diría que no estamos asustados ni ansiosos, pero somos conscientes de que va a ocurrir algo importante y de que puede salir mal.
No basta con intentar hacer algo. He aprendido que hay que perseverar para hacer realidad un sueño. Llegar a la meta puede llevar tiempo. Pasaron diez años desde que entré en la NASA hasta mi primer vuelo. Si me hubiera rendido antes, todo habría sido en vano. Mi perseverancia se vio recompensada con tres vuelos en el programa del transbordador espacial. Formé parte de las tripulaciones que construyeron la Estación Espacial Internacional. Y ahora tengo la oportunidad de vivir a bordo de la Estación Espacial Internacional durante ocho meses e investigar en los laboratorios que ayudé a construir. Y sin perseverancia no habría formado parte del programa Artemis, que prevé enviar pronto astronautas de vuelta a la Luna.
Lo que aprendí en el espacio es que debemos unir fuerzas para preservar nuestra Tierra y lo importante que es que la veamos como lo que es, una entidad única. Desde el espacio no hay fronteras. Desde esa perspectiva vemos que la Tierra está muy unificada, sin discordia ni división. Tenemos que darnos cuenta de que estamos aquí juntos, todos en el mismo barco. Tenemos una sola Tierra y debemos hacer todo lo posible para vivir en armonía en ella.
Muchas de las cosas que estamos desarrollando en el espacio mejoran nuestras vidas aquí en la Tierra: en medicina, semiconductores, ordenadores, teléfonos móviles, aviación... Todo esto ha progresado enormemente gracias a las misiones espaciales.
La primera vez que ves la Tierra desde el espacio es sobrecogedor: serena y emociona al mismo tiempo. Mi primer vuelo era el segundo tras la catástrofe del Columbia. Tuvimos que realizar muchas pruebas para garantizar que el transbordador espacial pudiera volver a ser autorizado, mucha tensión. Solo tuve la oportunidad de mirar por la ventana a mitad de la misión. Pero entonces tuvimos tiempo para saborear el momento. La Tierra es muy hermosa. Impresionante.
Me embriagaron los colores. Por supuesto, había visto fotos antes de mi vuelo. Pero los colores no son tan vivos como cuando los ves con tus propios ojos. Me emocionaron los momentos en que sobrevolé mi ciudad natal. Pensé en mi familia y en la gente a la que quiero. Para mí lo más importante es la familia y mi religión. Soy una persona de fe.
¿Vida extraterrestre? No creo que eso sea un peligro per se, es decir, un peligro inmediato. Pero creo que hay otras vidas en el universo. Espero que los 'visitantes' vengan a nosotros en paz y que los encuentros entre las diferentes formas de vida sean armoniosos.
Hay otros peligros que temo más que los alienígenas, por ejemplo, el impacto de un asteroide. Sabemos lo que les ocurrió a los dinosaurios tras ese incidente. Así que el motivo de preocupación está justificado. Pero hay muchos otros peligros para la Tierra que están en la misma Tierra. Por eso tenemos que seguir explorando el universo.
Ha llegado el momento de continuar el trabajo que hicimos durante las misiones Apolo. Nos gustaría establecer una base lunar y tener allí un puesto humano permanente. Esto nos ayudará en el camino a Marte a comprender mejor la infraestructura y el apoyo necesarios para la tripulación.
Apoyo incondicionalmente a la primera mujer que irá a la Luna, Christina Koch, con la que formé parte del proyecto Artemis. Será para ella un gran honor y una gran responsabilidad. Hay muchas mujeres que nos han precedido haciendo un trabajo clave para los viajes espaciales, en cuyos hombros nos apoyamos y que nos han allanado el camino.
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