Jorge Liñares, afectado por parálisis cerebral: «Es muy duro el no poder decidir por uno mismo, piensas ''¿qué hago yo en este mundo?''»

ENFERMEDADES

Jorge Liñares, que tiene parálisis cerebral, en una de las salas de las instalaciones de Aspace en A Coruña.
Jorge Liñares, que tiene parálisis cerebral, en una de las salas de las instalaciones de Aspace en A Coruña. CESAR QUIAN

Tras 48 años conviviendo con una discapacidad, reclama empoderarse y recuerda cómo su condición era vivida como una vergüenza por algunos familiares

06 oct 2022 . Actualizado a las 19:56 h.

Desde más allá de la valla, entre los barrotes, se ve a dos personas que pasean por la explanada. La mascarilla impide apreciar si están hablando o solo deambulan, aunque se intuye una conversación. Van sin prisa; se diría que ese paseo forma parte de una rutina casi diaria. Él, con ropa de trabajo, camina con las manos en los bolsillos, ella avanza sobre una silla de ruedas. Su paseo sigue, pero hay que cambiar de escena porque Jorge Liñares nos espera. 

El recibidor del centro de día de Aspace (Asociación de Padres de Personas con Parálisis Cerebral) de A Coruña recoge abundante luz del exterior. Tras un cristal, un usuario asume las labores de conserjería y nos saluda. Al parecer, el puesto se va rotando entre todos. Hoy le toca a Eliseo. Un enorme mural con el lema «juntos por fin» en letras rojas y retratos de todas las personas que pasan aquí su tiempo a diario preside el hall. Es de papel y recuerda los peores momentos de la pandemia, cuando no había movilidad entre municipios, pero tampoco entre los distintos edificios de estas enormes instalaciones (dos módulos de residencias, centro de día y un colegio). En el poco tiempo que tarda Jorge en aparecer, le da tiempo a surgir a Dani. Nos pregunta si somos Marcos —no, no somos—, que qué hacemos allí y se sorprende porque pensaba que Lois era un nombre de mujer. Se marcha como vino, despidiéndose, y Jorge irrumpe. Camisa de cuadros y pantalón gris, algo de estrabismo y gafas gruesas de cristal oscuro. Tiende la mano para saludar, pero sin apretar demasiado. «Encantado de que estés hoy aquí, la verdad que para nosotros el Día Mundial de la parálisis cerebral es un día grande». Unas correas sujetan sus piernas a la silla de ruedas.

Jorge nació en 1974 con una lesión que le produjo una incapacidad de por vida. Lleva 48 años viviendo con parálisis cerebral, su afectación no es tan grave como la de muchos de sus compañeros, por lo que ejerce la portavocía por aquellos que no pueden comunicarse con tanta facilidad. Por él y por todos sus compañeros. Se desenvuelve bien en la conversación ligera. Nos guía por una rampa y, finalizadas las cordialidades pertinentes, se enciende la grabadora. El 6 de octubre, Día Mundial de la Parálisis Cerebral, se asume como un día de reivindicación. ¿Pero qué quiere reivindicar? «Que estamos aquí, que existimos, que podemos decidir muchas cosas. No nos dejaban decidir», se arranca.

Irónicamente, empieza hablando de suerte. Dos de cada mil niños nacen con parálisis cerebral y él dice que tiene suerte. «Soy afortunado por tener una hermana muy, muy buena. No tengo problema de ningún tipo para salir de paseo, tengo mi grupo de amigos y cuando quiero salir, pues me voy a la calle con ellos a tomar algo, al cine o a lo que sea. Pero hay gente que, por desgracia, no puede». 

Lo de Jorge Liñares son casi cinco décadas de análisis social, de ver cómo se comporta una persona ante la parálisis cerebral. Se trata de una condición que no es nueva, siempre ha estado ahí, pero ante la que es común apartar la vista. No tanto por desinterés o falta de empatía como por la escasez de herramientas para abordar una conversación. Quizás por el preconcepto erróneo de asociar inequívocamente parálisis cerebral a discapacidad intelectual. «Alguna gente es reacia, no preguntan porque temen si te sentará bien o si te sentará mal. Siempre digo que nosotros somos personas, aunque tengamos una discapacidad, somos personas. ¿Con grandes necesidades de apoyo? Sí, pero la sociedad no tiene por qué estar asustada de nosotros. Creo que cada uno tiene sus limitaciones, pero eso no quiere decir que no se tengan capacidades». Una situación se repite entre tema y tema. De manera natural, Liñares habla de él, de sus compañeros y de «la gente de la calle», una distinción artificial. Aún quedan muros.